Los inmigrantes que llegan a España generalmente lo logran después de enormes esfuerzos, alentados por la esperanza de un futuro mejor para sus hijos.
Sin embargo a veces se encuentran con una realidad dura e inesperada: cuando, mediante grandes sacrificios, pueden traerlos a España, sus hijos adolescentes no se adaptan al nuevo país.
Se quejan de discriminación en el colegio, de que no les gusta el clima, la comida ni el tipo de vida y afirman que prefieren regresar a sus países de origen.
¿Qué hacer con ellos?
Los padres trabajan día y noche para sacarlos adelante, no tienen demasiado tiempo para dedicarles y no entienden por qué han fracasado, de qué se quejan los chicos, cuando lo tienen todo.
Piensan: “Si yo hubiese tenido la suerte de que me trajeran aquí de pequeño ¡cómo lo habría aprovechado! Habría estudiado, hablaría perfectamente catalán, ya me habría integrado por completo… ¿Por qué mis hijos no?”
A veces la crisis de identidad adolescente, agravada por la extranjeridad, incita a estos chicos a integrar pandillas de dudosa reputación.
Los padres tiemblan ante la sola idea de que pudieran verse envueltos en problemas delictivos o, peor aún, ser heridos o muertos en alguna pelea callejera.
Estos temores son compartidos, también, por la sociedad española que los acoge.
Expertos de la policía han advertido sobre la necesidad de integrar a los jóvenes latinoamericanos que llegan a través de los planes de reagrupación familiar, porque si no se les facilita la adaptación cultural y entran en el mundo laboral, pueden terminar nutriendo a conocidas bandas juveniles, como las de “Latin Kings” ó “Ñetas“.
Las revueltas vividas en Francia hace tres años, durante las cuales los hijos de inmigrantes no adaptados se rebelaron con ferocidad, quemando coches y destruyendo todo lo que encontraban a su paso durante semanas todavía están muy frescas en la memoria de los españoles, que han decidido poner todos los medios a su alcance para impedir que algo semejante ocurra algún día en España.
Sin embargo, varios estudios realizados sobre el tema ofrecen resultados muy alentadores: revelan que si bien los hijos de inmigrantes presentan más estrés por tener que adaptarse a dos realidades culturales distintas en poco tiempo, la mitad de ellos siguen estudios secundarios, una cifra muy similar a la de hijos de españoles.
Otro dato importante es que los hijos de inmigrantes son más activos que los hijos de la gente local, habiendo un 37% que trabaja, un 13% que estudia y trabaja a la vez y solamente un 9% en situación de desempleo.
Otros datos curiosos indican que el colectivo marroquí se decide, en su mayoría, por estudios de FP, los dominicanos por los estudios secundarios y la mayoría de los peruanos siguen estudios universitarios superiores.
En general, todos terminan con una mejor preparación que sus padres. De todos ellos, menos de la tercera parte declara haberse sentido discriminado en su nuevo país.
Los padres, entonces, no deberían desalentarse.
La adolescencia nunca ha sido una edad fácil, ni aquí ni en ningún lugar del mundo.
La mejor terapia para su malestar consistirá, seguramente, en dedicarles todo el tiempo posible, en dialogar con ellos, en escucharles, pero también en mantenerse firmes.
Los límites son necesarios para ayudarles a controlar la ansiedad y la inseguridad típicas de la adolescencia.
Amor y firmeza siguen siendo la mejor receta a la hora de criar a los hijos, y lo aconsejo desde mi experiencia de madre.
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Hace unas semanas, el flamante gobierno de Silvio Berlusconi en Italia anunció que endurecería las medidas contra la inmigración ilegal.
Además de los 18 meses de encarcelación para los ’sin papeles’, aprobados hace poco por la Unión Europea, la inmigración ilegal sería, a partir de ahora, considerada un delito en Italia.
Durante el primer Consejo de Ministros realizado en Nápoles, sólo una voz se alzó en desacuerdo: la de Mara Carfagna, Ministra de Igualdad de Oportunidades, que dijo:
“¿Y qué pasará ahora con la asistenta de mi madre?”
Abogada, ex modelo y ex estrella de la televisión, Mara Carfagna sólo había destacado hasta el momento por ser una ‘cara bonita’ y por haber generado una discusión matrimonial entre Silvio Berlusconi y su mujer, al decirle éste a Carfagna fogosamente ante las cámaras: ” Si no estuviera casado, me casaría con usted inmediatamente”…
Otro ministro le contestó a Mara desabridamente: “¿Y qué quieres? ¿Qué legalicemos a todos los cuidadores para que la tuya sea legal?”.
Acabado el Consejo de Ministros parecía que la cosa había terminado ahí.
Pero Mara Carfagna no se rindió.
Poco después pidió públicamente al Gobierno una normativa para los ’sin papeles’ que ejercen tareas de cuidadores y asistentas.
Como lo explica ella misma: “Si no regularizamos a cuidadores y colaboradores domésticos, Italia vivirá un drama socio-asistencial que implicará a las familias con menores, ancianos y discapacitados”.
Se calcula que en ese país trabajan casi 1.800.000 empleados domésticos de origen inmigrante, de los cuales menos de la mitad están dados de alta en Hacienda.
Si el gobierno italiano insiste en convertir en delito la inmigración ilegal, unas 700.000 familias correrían el riesgo, no sólo de perder a sus empleados, sino también de convertirse en cómplices de un crimen penado con entre uno y cuatro años de cárcel.
El partido del ex juez Di Pietro, Italia de los Valores, apostilló sarcásticamente: “Si esto se lleva a la práctica habrá que encarcelar en Italia, entre inmigrantes ilegales y empleadores ilegales, a unos tres millones de personas”.
Ante el llamativo silencio de la Unión Europea frente a esta cuestión, hay muchos ya que se preguntan si la actitud de sensibilidad europea sobre los derechos humanos no es más que puro teatro.
En Estados Unidos pretendieron hacer algo semejante y terminaron con la huelga más importante de su historia, el Día Sin Inmigrantes, en el que todos los inmigrantes hicieron una huelga de brazos caídos durante 24 horas. Algunos, incluso, ya ha comenzado a preparar el ‘Día Sin Inmigrantes’ en toda la Unión Europea.
Por suerte, la ola xenófoba en Italia, dirigida principalmente contra rumanos y gitanos, va remitiendo poco a poco.
Y la nostalgia neo-fascista y los coqueteos con el recuerdo de los tiempos del Duce, van cediendo paso a la sensatez y a la reflexión.
Siguiendo el refrán: ‘Cuando veas las barbas de tu vecino afeitar, pon las tuyas en remojo’, sería prudente que España ya comenzara a tomar posiciones ante el conflicto que se viene.
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El martes 27 de mayo de 2008, a las 19 hs, se ofreció una tertulia en la Biblioteca Francesca Bonnemaison de Barcelona, durante la cual diserté sobre los temas medulares de mi ensayo El vientre cósmico; la mujer en la posmodernidad.
Al terminar mi exposición los asistentes hicieron diversas preguntas y comentarios, que dieron lugar a un fecundo intercambio de ideas .
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En pocas semanas habrá llegado el verano. Y con él las vacaciones. Desgraciadamente, y a pesar de los ruegos de las sociedades protectoras de animales, este año volveremos a ver numerosos perros y gatos abandonados por sus amos. Vagando lastimosamente por las carreteras hasta morir atropellados o refugiándose en algún descampado para perecer de hambre.
Hay familias que regalan un cachorrito a sus hijos por Navidad, como juguete vivo, y seis meses después, ya cansadas de sus travesuras y no sabiendo dónde dejarlos cuando parten de vacaciones, optan por abandonarlos en una cuneta.
La falta de sensibilidad hacia los animales no se detiene ahí.
En España cada año mueren cerca de 650.000 animales utilizados en crueles experimentos. Se les introduce en los ojos productos cosméticos para ver qué efecto producen. Se les aplican líquidos de limpieza abrasivos sobre la piel afeitada. Se les implanta una segunda cabeza. Se les introducen electrodos en el cerebro.
La industria peletera, por su parte, mata despiadadamente a bebés focas apaleándolos y despelleja a los visones y chinchillas en los criaderos cuando están todavía vivos (puedo dar fe, porque ví un vídeo que circulaba por Internet).
Durante las fiestas populares se tortura a los toros de lidia y a los caballos de los rejoneadores, que suelen morir despanzurrados. Hay pueblos donde se tiran cabras desde lo alto de los campanarios y otros en los que se enloquece a vaquillas encendiéndoles antorchas en los cuernos…
Los informativos nos ofrecen, con frecuencia, tristes imágenes de los perros galgos a los que se ahorca colgándolos de los árboles, porque ya no sirven para cazar…
Y ya casi ni quiero entrar en el tema de las condiciones penosas en que viven y mueren los pollos, cerdos, corderos y vacas destinados al consumo humano.
Estas atrocidades ocurren todos los días. Tanto, que estamos casi acostumbrados a verlas. O, tal vez, preferimos mirar para otro lado.
No hace falta ser un amante de los animales para indignarse. Se trata de la más elemental cuestión de justicia y de compasión hacia todos los seres vivos.
Hombres y bestias formamos parte del entretejido de la vida en el planeta.
Los humanos, que estamos un paso más allá en la escala de la evolución de las especies y que estamos dotados de raciocinio, tenemos la obligación moral de proteger a los animales de cualquier sufrimiento inútil.
Reconociéndolo así, el más admirable de todos los santos cristianos, San Francisco de Asís, que los veneraba, llegó a predicar a las avecillas del campo y hasta a pacificar a un lobo feroz, dirigiéndose a él, en términos amables, como “hermano lobo”.
Hace ya 31 años, el 23 de septiembre de 1977, se aprobó en Londres la Declaración Universal de los Derechos del Animal, que fue posteriormente ratificada por la UNESCO y la ONU. Ya va siendo hora de que la pongamos en práctica.
Dice en su comienzo: “Todos los animales nacen iguales ante la vida y tienen los mismos derechos a la existencia”. Y también: “Todo animal tiene derecho al respeto”.
Ya que los animales no tienen voz, nosotros, sus hermanos mayores, debemos alzarla por ellos y plantarnos ante la crueldad.
Jesús dijo una vez: “En verdad, en verdad os digo, que lo que hiciérais a uno de mis hermanos pequeños, a mí me lo hiciéreis”.
Me gusta pensar que se refería a nuestros hermanos los animales.
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El jueves 22 de mayo a las 20:15 hs, se presentó en la Librería Excellence de Barcelona, mi ensayo El vientre cósmico; la mujer en la posmodernidad.
Habló en primer término Ana Zendrera, directora de la Editorial Sirpus, sobre la Colección Techo de Cristal y ésta su primer publicación.
Luego tomé la palabra para explicar los puntos esenciales de mi teoría sobre el resurgimiento de la energía femenina en el siglo XXI.
A continuación, las intervenciones del público culminaron en un debate abierto muy interesante.
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En los próximos días ofreceré dos charlas sobre temas de mi ensayo El vientre cósmico; la mujer en la posmodernidad.
La primera será el jueves 22 de mayo, a las 20:15 hs, en la Librería Excellence, C/Rambla Catalunya, 25, Barcelona.
La segunda el martes 27 de mayo, a las 19 hs, en la Biblioteca Francesca Bonnemaison, C/Sant Pere més Baix, 7, Barcelona.
Ambas serán de entrada libre y finalizarán con un debate abierto.
Les espero.
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Hace unas semanas, el caso de la francesa Chantal Sébire reactualizó el tema de la eutanasia en todo el mundo.
Chantal, quien padecía desde hacía ocho años un cáncer en la cara que la había desfigurado y dejado ciega en medio de terribles dolores, solicitaba a las autoridades francesas que le administraran la eutanasia. De 52 años y madre de tres hijos, Chantal afirmaba: “Me siento literalmente devorada por el dolor”.
Se le denegó la eutanasia y a los pocos días apareció muerta en su domicilio: se había administrado la eutanasia ella misma. Como el gallego Ramón Sampedro Cameán, quien inspiraría más tarde la película “Mar adentro”.
En España, no sólo no está permitida la eutanasia, sino que lo ocurrido en el Hospital Severo Ochoa de Leganés hace tres años ha tenido funestas consecuencias.
Como se recordará, en 2005 el entonces consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Manuel Lamela, dio crédito a una denuncia anónima y sentó en el banquillo al doctor Luis Montes y a algunos de sus compañeros, acusándolos de practicar la eutanasia a 400 enfermos terminales del hospital. En realidad sólo les habían suministrado cuidados paliativos, es decir, sedación contra el dolor.
Algunos compararon a estos médicos compasivos con Josef Mengele, el siniestro médico nazi, mientras que otros se agolparon ante las puertas del juzgado gritando: «Doctor muerte, en la cárcel quiero verte».
Ahora la Audiencia Provincial de Madrid ha sobreseído el caso y ha limpiado el nombre de los médicos.
Pero el daño está hecho. No sólo los acusados han sufrido un calvario largo e injusto sino que, a partir de ese momento, todos los médicos españoles restringieron al mínimo los cuidados paliativos, por temor a que les ocurriera algo parecido.
O sea, que desde hace tres años muchos enfermos terminales en España mueren entre dolores atroces y en medio de una espantosa agonía, sin acceso a los medicamentos que podrían aliviarles y permitirles dejar este mundo serenamente.
Los detractores de la eutanasia la comparan, de manera sesgada, con los exterminios nazis y alegan que su legalización abriría la posibilidad de que se la aplicara a pedido de herederos impacientes o de parientes hartos de una enfermedad demasiado larga. Agregan que la sedación suprime el dolor pero acorta la vida (lo que es cierto).
Sin embargo, el 70 % de los médicos y más del 85 % de los españoles están a favor de los cuidados paliativos. El famoso cardiólogo sudafricano Christian Barnard admitió una vez que, de acuerdo con su hermano, también médico, había practicado la eutanasia a su madre, agonizante de cáncer.
Es respetable que alguien se oponga a la aplicación de la eutanasia, para sí o para algún ser querido, por razones religiosas. Pero no es respetable que pretenda imponer sus creencias a todo el conjunto de la sociedad.
La muerte es parte de la vida. Como tal, cada persona debería poder elegir cuándo y de qué modo quiere morir. Y absolutamente todos deberíamos tener una muerte digna, en paz y sin sufrimiento. Éste es uno de los derechos más elementales de la libertad humana.
Para evitar posibles abusos, habría que regularizar la eutanasia, como ya lo han hecho Holanda, Bélgica y Suiza. De todos ellos el mejor modelo es el holandés, el más claro y mejor regulado y, en la opinión de los expertos, perfectamente extrapolable a España.
La Asociación Federal Derecho a Morir Dignamente describe el problema en estas palabras: “Se muere mal cuando la muerte no es aceptada, se muere mal cuando los que cuidan no están formados en el manejo de las reacciones emocionales que emergen de la comunicación con los pacientes, se muere mal cuando la muerte se deja a lo irracional, al miedo, a la soledad, en una sociedad donde no se sabe morir…”
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El caso del austríaco Josep Fritzl, que mantuvo secuestrada a su hija Elizabeth durante 24 años, violándola sistemáticamente (resultado de lo cual tuvo 7 hijos con ella), ha conmocionado a la sociedad occidental.
En medio de la oleada de espeluznantes detalles que van saliendo a la luz, me sorprendí bastante al saber que la mayor preocupación del gobierno austríaco no era, como yo había supuesto, el saber qué había fallado en los mecanismos sociales para no detectar el caso antes, sino “la posible mala reputación de Austria en el resto del mundo” a raíz de este suceso.
La prohibición del incesto es el tabú social más antiguo de la humanidad.
A la vista están las consecuencias de tal unión: la degeneración de la raza. La pobre Kerstin, la hija mayor de Josep Fritzl y de su hija Elizabeth, padece de unas taras congénitas que la han llevado al estado de coma por ser hija de su madre-hermana y de su padre-abuelo.
Sin embargo, este hecho no es nuevo. Siempre se ha sabido de casos, sobre todo en las zonas rurales y apartadas, de familias incestuosas. Sólo que ahora, cuando se conocen, las noticias dan la vuelta al planeta.
El incesto ha sido llamado “la plaga silenciada”. Es un problema gravísimo en todo el mundo. Las cifras que nos proporcionarían las verdaderas dimensiones de este problema son casi imposibles de obtener, porque la gran mayoría de los casos jamás son conocidos ni llegan a las estadísticas.
Las pocas que hay son cifras aterradoras.
En Estados Unidos, donde según el FBI, cada minuto es violada una mujer, organismos feministas calculan que una de cada cuatro niñas en el rango de 0 a 12 años ha sido víctima de incesto.
En España un 17 % de las mujeres han tenido experiencias de incesto antes de los 15 años (y entre un 2% y un 3% de los casos es incesto padre/hija).
En México, 7 de cada 10 agresiones sexuales son cometidas por conocidos, el 35% de ellas por familiares.
En Costa Rica, el 95% de las embarazadas menores de 15 años son víctimas de incesto.
En Brasil se ha disparado el número de mujeres que denuncian la agresión sexual de los hombres y lo más sorprendente es descubrir lo generalizado que es el incesto en todos los sectores de la sociedad.
Varios organismos calculan que en América Latina sólo se denuncia una cuarta parte de las violaciones sexuales que ocurren. Las que menos se denuncian son las que constituyen incesto.
Padrastros, tíos, abuelos, hermanos mayores y hasta padres, que violan a las niñas de la familia. Familia que muchas veces se hace cómplice del delito, ocultándolo para salvaguardar su reputación ante la sociedad.
Todo abuso sexual es un abuso de poder.
Pero el peor de estos abusos es el incesto, el delito sexual más silenciado en cualquier sociedad del mundo.
Porque “de eso no se habla”.
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No me gustaría parecer alarmista, pero lo sucedido esta semana en Estados Unidos, y luego en Gran Bretaña, podría ser el comienzo de una crisis de alimentos a escala planetaria.
Por primera vez en la historia del país más rico del mundo, Estados Unidos, se ha decidido racionar las ventas de arroz a los consumidores para evitar una súbita escasez del producto.
Esta decisión sin precedentes está causada por múltiples causas:
vastas zonas del planeta se están desertizando, entre ellas, España.
En China, por ejemplo, están desapareciendo los campos de cultivo por la urbanización salvaje que sufren. Los campesinos venden sus granjas para que allí se construyan campos de golf y otros lugares de ocio.
Los precios de los alimentos en todo el mundo han estado subiendo incesantemente en los últimos dos años, impulsados por una sostenida demanda de maíz, la planta cuya fermentación produce etanol, el famoso biocombustible.
Los cultivos transgénicos, tan controvertidos pero que producen toneladas extras de cereales, han alejado, hasta el presente, los malos presagios.
Pero ahora se prevee que, en toda Asia, donde las dos terceras partes de la población se alimentan principalmente de arroz, puede producirse una hambruna que, a su vez, desencadenaría graves disturbios sociales.
Ya en Haití se ha dejado notar con crudeza esta emergencia. El país más pobre de América ha visto cómo los precios de sus alimentos han subido el 50 % en poco tiempo, un aumento imposible de encajar para los habitantes. Hace pocas semanas se produjeron violentas manifestaciones de protesta en las que murieron 6 personas.
Lo dijo hace pocos días un conocido escritor por televisión: “Están muriendo dos niños por minuto en el mundo por hambre o por enfermedades curables. Y, sin embargo, se prefiere alimentar a los coches antes que a los niños. Nuestra civilización está más preocupada por conseguir combustible que porque esos niños mueran de hambre”.
Yo me pregunto: ¿estamos preparados para afrontar una crisis alimentaria de nivel planetario? ¿Tendría algo (o mucho) que ver esta posibilidad con nuestra cultura de derroche y el subsiguiente cambio climático que estamos generando?
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