
Aunque la violencia contra la mujer esté condenada unánimemente en casi todo el mundo siempre existen escépticos que acotan: “¿Y por qué ella aguanta? A lo mejor le gusta que le peguen…”
Tampoco faltan los discretos que apostillan: “En temas de pareja prefiero no meterme…” ¡Como si las palizas cotidianas, las violaciones y las humillaciones fueran algún tipo de sofisticado jueguecillo sexual, un secreto de alcoba que no les concierne!…
Para intentar entender el tenebroso estado mental de las víctimas de la violencia en el hogar se puede establecer un paralelismo con lo que ocurrió con los esclavos negros de las plantaciones sureñas de EE UU al terminar la Guerra de Secesión en 1865: cuando fueron liberados por las fuerzas del Norte la mayoría de ellos prefirió permanecer con sus amos. Allí se sentían seguros, aunque los maltrataran. La libertad les daba miedo…
Erich Frömm describió muy bien este fenómeno en su libro El Miedo a la Libertad, de necesaria lectura. En él describía ese fenómeno psíquico de masas que a veces se produce y que las hace seguir ciegamente a un líder, por loco que éste sea, antes de tomar decisiones por cuenta propia.
La libertad es elección, y ésta entraña riesgo.
Uno es libre de elegir, pero después debe cargar con las consecuencias.
El llamado ‘Síndrome de Estocolmo’, que hace que la víctima sienta por su carcelero un apego que confunde con el amor, es otro ejemplo muy valedero.
¿Qué siente una mujer maltratada?
Fundamentalmente, miedo, un miedo paralizante.
Miedo a su agresor y a los golpes que le esperan si se rebela. Miedo a perder sus hijos. Miedo a no saber sobrevivir económicamente si está sola. Miedo al escándalo. Miedo al ‘qué dirán’, con su lógica consecuencia de desaprobación y desprestigio social.
Y también siente vergüenza, mucha vergüenza.
Vergüenza de sí misma, por creerse culpable de provocar el maltrato. Vergüenza de su situación humillante. Vergüenza ajena por tener a un energúmeno como marido. Vergüenza anticipada por darle un disgusto a su familia, cuando se entere.
La mujer maltratada está encerrada en la peor cárcel, está cubierta por el burka más tupido de todos, el de su propio miedo.
Su verdugo no sólo ha magullado su cuerpo sino que ha enfermado su alma y envenenado su mente.
Kofi Annan, Secretario General de las Naciones Unidas, ha declarado: “La violencia de género es quizás la más vergonzosa violación de los derechos humanos. Mientras continúe, no podemos afirmar que estemos logrando progresos reales hacia la igualdad, el desarrollo y la paz”.
Desde 1999, el 25 de noviembre de cada año la ONU conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
Porque también un 25 de noviembre de 1960 fueron brutalmente asesinadas las tres hermanas Mirabal (Patria, Minerva y María Teresa), tres activistas políticas que luchaban contra la tiranía del dictador Rafael Trujillo en la República Dominicana.
Unos días después de su desaparición los cuerpos de las ‘mariposas inolvidables’ aparecieron destrozados en el fondo de un barranco…
A sus asesinos, como a cualquier cobarde agresor que aproveche de su mayor fuerza física para someter a una víctima, podrían decírsele las palabras que Miguel de Unamuno dedicó a las fuerzas falangistas que lo tenían sitiado en su despacho de director de la Universidad de Salamanca: “Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis, porque tenéis la fuerza bruta; pero no convenceréis, porque no tenéis la razón”.
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Cuando Charles Darwin publicó en 1859 su obra fundamental El origen de las especies, el naturalista inglés marcó, sin lugar a dudas, un antes y un después en el pensamiento científico al inaugurar el evolucionismo que lo ha marcado hasta hoy.
Lo que seguramente Darwin jamás pensó fue que su teoría se vería manipulada y deformada con el fin de justificar atrocidades.
Pocos años más tarde su propio primo, Sir Francis Galton, gestó esa perversa vertiente del evolucionismo llamada Darwinismo Social, que aplicaba las nociones de la selección natural a las razas humanas.
En ella Galton razonaba que las sociedades humanas que buscaban proteger a los desfavorecidos y a los débiles estaban reñidas con la selección natural, que propiciaba la supervivencia de los más aptos.
Así, Sir Francis Galton formuló por primera vez la teoría de la ‘eugenesia’, proponiendo la selección artificial para mejorar la raza humana.
Esta teoría sería aplicada con mucho esmero 60 años después, tanto por el nazismo alemán como por todas las políticas de limpieza étnica y de esterilización de enfermos, pobres y delincuentes en Europa y Estados Unidos.
A fines del siglo XIX el Darwinismo Social le vino como anillo al dedo al naciente neoliberalismo, ya que le permitía justificar sus políticas imperialistas.
En su libro Los holocaustos del fin de la era victoriana Mike Davis cuenta cómo más de 60 millones de personas murieron de hambre durante esa época debido a la desidia de los gobiernos coloniales.
En la India, mientras la hambruna de la década de 1870 causada por una terrible sequía causaba un verdadero genocidio, el virrey Lord Lytton supervisaba una exportación récord a Inglaterra de 6.4 millones de quintales de trigo.
En 1877, también Lord Lytton, conocido por sus extravagancias, encargó “la más colosal y cara comida de la historia del mundo” para más de 10.000 invitados, con el fin de festejar la coronación de la reina Victoria de Inglaterra como Emperatriz de la India.
Los comensales disfrutaron del festín, que duró más de tres días, mientras a las puertas del palacio donde se celebraba el banquete agonizaban multitudes de indios famélicos…
También el colonialismo y la imposición del capitalismo liberal causaron en esa época millones de muertos en China, Brasil, Etiopía, Corea, Vietnam y las Filipinas.
La causa principal se debía a que los imperios obligaban a los campesinos a producir monocultivos de productos para exportar en lugar de otros más diversificados para autoabastecerse, condenándolos así a una muerte segura en caso de catástrofe climática, lo que finalmente sucedió.
Un multimillonario neoliberal, John D. Rockefeller Jr, pontificaba durante la década de 1950: “El crecimiento de un gran negocio es simplemente la supervivencia del más apto… La rosa American Beauty sólo puede alcanzar el máximo de su hermosura y el perfume que nos encantan, si sacrificamos otros capullos que crecen en su alrededor. Esto no es una tendencia malsana del mundo de los negocios. Es, meramente, el resultado de una combinación de una ley de la naturaleza con una ley de Dios.”
Durante la década de 1970 el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano ya afirmaba en su libro Las venas abiertas de América Latina que esta región del mundo había sido saqueada sucesivamente por España, Portugal e Inglaterra.
Por esas fechas, justamente, Henry Kissinger afirmaba rotundamente: “Controla el petróleo y controlarás las naciones, controla los alimentos y controlarás a los pueblos”.
Y en su siniestro informe NSSM 200, apodado también ‘Informe Kissinger’, se preguntaba: “¿Debe ser el alimento considerado como un instrumento de poder nacional? Todo tipo de ayuda debe ajustarse a aquellos países que acepten las condiciones de reducir la tasa de natalidad y de buscar la estabilidad política.”
Para agregar terroríficamente: “Los expertos recomiendan que la política norteamericana, tanto interior como exterior, busque como objetivo la eliminación de unos 2.400 millones de seres humanos en los años venideros”.
Sin palabras…
Se teme que dentro de diez años se produzca una hambruna global de proporciones incalculables que puede saldarse no sólo con millones de muertos sino también con migraciones masivas descontroladas y una violencia enloquecida, la de los que no tienen nada que perder.
Las mujeres, que desde el principio de los tiempos hemos sido las madres nutricias del planeta, deberíamos unir nuestros esfuerzos para impedirlo, ahora que todavía estamos a tiempo.
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Nos sonríen desde esas viejas fotografías descoloridas por el tiempo, imágenes que guardamos durante años en un cajón y que un día, porque sí, decidimos enmarcar y ubicar sobre las repisas del dormitorio.
Ahí, entre libros, cajitas, papeles de trámites impostergables, siguen sonriendo.
De vez en cuando, en medio de algún día agotador, mientras pulsamos las teclas de la calculadora haciendo frenéticos cálculos matemáticos o nos ponemos el móvil al oído, alzamos distraídamente los ojos y los vemos.
Sonriendo.
¿Dónde están?
Recordamos con cierta culpa que hace mucho pero muchísimo tiempo que no vamos al cementerio a llevarles flores.
Pero también sabemos que no queremos volver a experimentar la frustrante sensación de vacío e impotencia, de futilidad, de darnos la cabeza contra la pared, que supone el visitar, esgrimiendo un ramo de claveles blancos, la tumba solitaria en la que reposan esos pocos huesos silenciosos.
Después de musitar sin mayor convicción alguna oración aprendida en la infancia, depositamos las flores cuidadosamente.
Esperamos.
Nadie nos agradece, nadie nos responde.
Regresamos lentamente a casa.
¿Sirvieron de algo la visita, la plegaria, los claveles?
Nunca lo sabremos.
A veces, nuestro cerebro, con esa implacable y minuciosa memoria que supera a la más sofisticada de las calculadoras, resucita sensaciones perdidas para siempre.
Un perfume especial, el estallido feliz y sonoro de una carcajada, ciertos pasos leves sobre las baldosas del pasillo cercano, la luz de una mirada significativa.
Sensaciones registradas indeleblemente en cada una de nuestras neuronas y fijadas milagrosamente por el dolor de la pérdida.
Allí están y allí se quedarán, para que las repasemos en los momentos de nostalgia.
¿Dónde están ellos, sin embargo?
Nos gusta creer que están aquí, cerca de nosotros, rondando como encantadores fantasmas, abriendo puertas, soplando la tela leve de las cortinas hasta hacerlas volar, rozando los pétalos de las rosas que languidecen en el florero.
Cada pètalo que cae puede ser un mensaje trunco…
¿Dónde están?
Sopesamos las distintas posibilidades.
El cielo, el infierno, el purgatorio, el limbo, la reencarnación en otro cuerpo, el nirvana budista, el oscuro abismo de la nada, alguna central de energía cósmica errante en el espacio…
O, quizá, simplemente, aquí, en nuestro corazón.
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Todos sabemos que estamos viviendo un momento crucial en la historia de la humanidad.
Tenemos conciencia también de que el tiempo se acaba.
Si no abandonamos pronto el modelo global de consumismo y lo sustituímos por otro de austeridad y cooperación con los demás seres humanos (así como de armonía con la Naturaleza) nos veremos ante una catástrofe planetaria sin precedentes.
Ya expuse en mi ensayo El Vientre Cósmico que creo firmemente en lo mucho que puede aportar en este tema la energía femenina.
Valores femeninos como la compasión y el cuidado por todo lo que crece, la empatía con los que sufren, el amor incondicional, la aceptación y el anhelo de paz, son necesarios hoy más que nunca, para evitar que el cambio climático convierta la tierra en un desierto y los recursos naturales se contaminen y agoten para siempre
¿Qué podemos hacer las mujeres, cada una desde su humilde puesto en la sociedad?
Primero de todo, agruparnos, para hacer oír nuestra voz.
Nuestro mundo está en peligro, y el de nuestros hijos y nuestros nietos.
Lo segundo es pasar a la acción.
Somos muchas las que pensamos así, y desde Estados Unidos nos llega una propuesta de una mujer talentosa, Jean Shinoda Bolen.
Shinoda, doctora en medicina, analista junguiana, profesora de psiquiatría clínica en la Universidad de California, es también una escritora y conferencista mundialmente conocida, autora de libros exitosos como Las diosas de cada mujer.
En su último ensayo, Mensaje urgente de Mamá: reúne a las mujeres, salva al mundo, dice: “El mensaje urgente de la Madre es una llamada que puede oírse y a la que se puede responder desde cualquier lugar del planeta. Allá donde haya un grupo de mujeres unidas por un sentimiento de sororidad y un interés maternal, el mensaje será recibido.” Y añade: “Las mujeres tienen una sabiduría que ahora es necesaria. Ha llegado el momento de reunir a las mujeres y salvar el mundo”.
Por lo que está recogiendo firmas para pedir a la ONU que auspicie, planee y organice la Quinta Conferencia Mundial de la Mujer dentro de los próximos 5 años.
Ahora que ha comenzado el siglo XXI y debido al estado del mundo en estos momentos es hora de que las mujeres se unan y produzcan un cambio.
Esta conferencia sería la primera desde que Internet ha facilitado la comunicación global, y podría ser la más grande y efectiva reunión de mujeres que jamás se haya visto.
Dice Jean Shinoda, entre otras cosas:
. “Cualquier mujer puede ejercer una influencia allá donde esté. Si formas parte de un círculo que apoya lo que haces, tanto mejor. Cuando las mujeres nos reunimos, lo que espontáneamente hacemos es compartir vivencias: así es como aprendemos y encontramos aliento, aliadas e ideas. Las reuniones más numerosas y más influyentes son las conferencias para mujeres del mundo realizadas bajo los auspicios de las Naciones Unidas.”
. “Éste es un mensaje urgente de la Madre Tierra a sus hijas. Es un llamamiento de la Feminidad Sagrada para que la mujer tome conciencia del principio femenino. Ha llegado la hora de ‘reunir a las mujeres’ , pues sólo con la fuerza que nos da el estar unidas podemos las mujeres proteger con firmeza aquello que amamos. Sólo entonces estarán a salvo los niños y la paz será una posibilidad real.”
. “Por un lado, el destino de la Tierra y de toda la vida que hay en ella está en peligro; por otro, henos aquí: mujeres que hemos gozado de los beneficios de una educación, de unos recursos, de la oportunidad de elegir en cuestiones reproductivas, de viajar, del acceso a Internet, y de una esperanza de vida mayor de lo que las mujeres jamás hayan tenido en la historia de la humanidad.”
. “Mientras las mujeres no intervengan colectivamente en la creación de una cultura de paz que ponga fin a esa violencia que engendra más violencia en la familia, las mujeres y los niños seguirán siendo las principales víctimas”.
Las que creemos, como Jean Shinoda Bolden, que otro mundo es posible, y queramos participar en este gran cambio, podemos obtener más información en: www.5wwc.org
o directamente abrir e imprimir la petición para juntar firmas en: http://www.5wwc.org/downloads/Petitions/Petition-Spanish.pdf
Ha llegado el momento de la acción, inspirado en el “Yes, we can” del Presidente Obama, un hombre que sabe escuchar a su lado femenino, como también lo hace su homólogo José Luis Rodríguez Zapatero.
Otro de estos hombres que no temen apostar por la paz y la concordia, el eclesiástico y político sudafricano Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz 1984, ha dicho, a propósito de este movimiento: “Los hombres hemos tenido nuestra oportunidad y hemos hecho un auténtico estropicio. Necesitamos que las mujeres nos salven”.
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Hija del filósofo Teón, quien la educó, fue una brillantísima matemática, astrónoma, física y jefa de la escuela neoplatónica de filosofía.
Vivió entre los siglos III y IV y fue salvajemente asesinada por una turba de monjes fanáticos, seguidores del obispo cristiano Cirilo.
En sus últimos años dirigió la famosísima Biblioteca de Alejandría, a la que juró defender con su vida.
Esta mujer increíble por su talento y sabiduría poseía, además, una belleza deslumbrante.
Fueron innumerables los pretendientes a su mano, pero Hipatia rechazó a todos ellos porque había decidido, desde niña, consagrar su vida al estudio.
En el excelente retrato Hipatia de Alejandría que escribió su biógrafa, la polaca María Dzielska, hay una cruda anécdota que pinta su fuerte y singular carácter, recogida por el filósofo alejandrino Damascio.
Cuenta éste que Hipatia era adorada por sus discípulos, que la consideraban una santa dotada de un ‘espíritu divino’.
Uno de ellos, completamente encandilado por la hermosísima Hipatia, le declaró su amor.
Pero Hipatia, que seguía las enseñanzas de Platón y de Plotino, desdeñaba el amor físico.
Para escarmentar al estudiante y reprocharle que perdiera la cabeza por ella en lugar de consagrarse al estudio, se quitó y le mostró al abochornado muchacho su paño higiénico empapado en sangre menstrual, diciéndole: “Ésto es lo que amas, en realidad, jovencito, y no la Belleza por sí misma”.
Fiel a sus creencias, Hipatia se mantuvo virgen hasta el final de sus días.
Según el historiador eclesiástico Sócrates Escolástico, del siglo V, “por la majestuosa franqueza que, como resultado de su educación, la caracterizaba, mantenía unas relaciones muy dignas con las principales personalidades de la ciudad”.
El poderoso Orestes, gobernador romano de Egipto, solía consultarla en temas de Estado, para desesperación del obispo cristiano Cirilo.
El prelado pretendía abolir todo rastro de lo que él consideraba ‘paganismo’ y que englobaba desde el culto a los antiguos dioses hasta todo el saber de la Antigüedad, con el fin de reemplazarlo por los dogmas del naciente cristianismo.
Una tarde del año 415, al pasar Cirilo frente a la casa de Hipatia (que ya tenía 60 años) y ver allí los carruajes de Orestes y otros personajes ilustres de la ciudad que habían acudido a visitarla, tuvo una crisis de envidia y despecho.
Pocas horas después, al salir la filósofa de su casa, fue detenida por una turba de enfurecidos monjes, que la consideraban una bruja que tenía tratos con el demonio.
La bajaron del carruaje, la condujeron dentro de un templo y allí la violaron en grupo.
Luego, armados de filosas conchas marinas, la desollaron viva y la descuartizaron.
Sus miembros fueron arrastrados por toda la ciudad para horror de sus habitantes (que la veneraban como sabia y como anciana) y luego fueron quemados.
Su martirio, que todavía hoy avergüenza a la Iglesia, la convirtió en leyenda.
Innumerables escritores románticos e intelectuales la entronizaron durante siglos como abanderada de la ciencia y la cultura.
John Toland, Voltaire, Edward Gibbon, Charles Leconte de Lisle, Maurice Barrès, Charles Kinsley, Carl Sagan y muchos otros la idealizaron casi hasta desvirtuarla.
La leyenda la embelleció artísticamente, haciéndola morir muy joven y en la plenitud de su belleza, como cualquier heroína de novela romántica.
También distorsionó con emociones y prejuicios ideológicos su incomparable figura.
El próximo otoño Alejandro Amenábar estrenará su última película, Ágora, en la que rescata para el cine la historia de Hipatia, símbolo de la cultura clásica y de la libertad sexual.
Por lo que he leído, él también ha preferido la versión edulcorada y simplista de los románticos, en lugar de la historia de la verdadera Hipatia.
En el guión, una jovencísima y bella Hipatia vive un fogoso romance con Orestes, entre otras falacias…
Es una lástima.
La Hipatia real y desmitificada me parece infinitamente más vigorosa e interesante…
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Al finalizar esa azarosa etapa de la vida que es la adolescencia, cuya travesía equivale a transitar por una zona pantanosa plagada de misterios y peligros, recalamos en un valle mágico, soñado: la veintena.
¡Ah, los veinte años!..
Esos veinte años repletos de promesas…
Los veinteañeros (lo recordamos muy bien) miran con desprecio a los menores de esa edad. Claro, acaban de pasar por eso y conocen perfectamente sus incertidumbres y sus inseguridades. Que ellos han superado, naturalmente.
El joven (o la joven) de veinte años ya no tiene granitos en la cara, ha elegido su futura profesión, ya no le teme a sus padres, conoce su cuerpo y lo usa.
Es la edad de oro del organismo, la plenitud física, la cumbre del desarrollo corporal.
Nunca fueron, ni volverán a ser, tan bellos, tan sanos, tan fuertes, tan enérgicos.
El futuro se abre ante ellos, ofreciéndoles el más amplio abanico de posibilidades.
A los veinte años, todo es posible. Premios de belleza, becas de estudio, trofeos deportivos, amores inolvidables.
La capacidad de soñar, de amar, de imaginar, está todavía intacta.
Es por eso, quizá, que también compadecen a los ‘veteranos’, los de más de treinta años, a los que encuentran un poquito cómicos.
¡Cuántos temores, cuántas quejas, cuántos problemas se hacen por todo!
Si la vida es tan fácil…
Y el que lo dude, no tiene más que preguntarle a un veinteañero.
Él (o ella) le explicará con absoluta seguridad cómo son las cosas.
Qué hay que comer, cómo hay que criar a los hijos, qué se debe hacer para conservar una pareja feliz toda la vida…
Ellos lo saben todo.
Tienen la juventud eterna de los dioses, ya que jamás se plantean la idea de la muerte. Eso es para la gente muy, muy vieja. Para llegar a ella faltan como ochocientos años, una eternidad…
Después, los meses y las estaciones se suceden.
El tiempo comienza a pasar, también para ellos, los jóvenes dioses.
La arrogancia, esa orgullosa armadura que brillaba al sol cuando partieron, comienza a mellarse bajo los golpes de la vida.
Una que otra desilusión. Algún amor contrariado. Una traición. La muerte de un amigo…
A partir de los veinticinco comienzan a desplegarse las defensas: “Jamás seré como tu amiga Silvia, ni cuando tenga cuarenta”; “No pienso ser un mediocre como mi papá”; “Yo jamás me divorciaré”…
Sí, chicos, vosotros también os arrugaréis, fracasaréis, os aburriréis y os divorciaréis, sufriréis y os moriréis.
Pero por cada arruga habrá un beso y por cada nube un rayo de sol.
Así es la vida.
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Hemos crecido escuchando cuentos infantiles donde la gran malvada era la bruja.
En La Bella Durmiente la bruja consumaba su venganza durmiendo a todo el mundo durante cien años. En Blancanieves intentaba envenenar a su hijastra con una manzana envenenada. En Hansel y Gretel atraía a los niños dentro de su casita de chocolate para comérselos crudos…
Brujas, hechiceras, meigas o chamanas, las mujeres con poderes extraordinarios siempre han sido señaladas como encarnaciones del Mal, un peligro para el resto de los mortales.
Se les han atribuído pactos con el Diablo, sexo con demonios (íncubos y súcubos), la práctica de la magia negra, vuelos sobre palos de escoba, la capacidad de causar maleficios de todo tipo y también la de transformarse en animales, especialmente lobos o gatos negros.
Ya en el Antiguo Testamento, en el capítulo del Éxodo, se prohibía específicamente la brujería y se ordenaba que se la castigara con la pena de muerte mediante unas tremendas palabras: “A la hechicera no la dejarás que viva”…
Ese odio al poder femenino alcanzó su paroxismo durante las fanáticas cazas de brujas que tuvieron lugar por toda Europa durante la Edad Media, entre los siglos XV y XVIII.
Se creía que las brujas celebraban reuniones nocturnas en los bosques llamadas ‘aquelarres’, en las que adoraban al Demonio besándole el ano (Osculum infame).
Éste las recompensaba, entonces, imponiéndoles su marca y otorgándoles drogas mágicas con las que celebrar sus hechizos.
Durante estos aquelarres, también se afirmaba que las brujas realizaban ritos demoníacos que suponían una inversión sacrílega de los ritos cristianos, como recitar el Credo al revés, consagrar una hostia negra o dar la bendición con un hisopo negro.
Estas mujeres poseídas supuestamente realizaban, como corolarios de sus reuniones, opíparos banquetes (algunos con carne humana), seguidos por frenéticas orgías sexuales.
Las ceremonias requerían, según los acusadores, el asesinato de niños pequeños, así como otros sacrificios humanos.
La caza de brujas se originó a partir de la creación de la Inquisición, un tribunal eclesiástico concebido por el Papado para combatir la herejía, pero que, a partir del siglo XIV, se dedicó con especial ahínco a perseguir a las posibles brujas, logrando sus confesiones mediante atroces torturas.
Hubo más de 100.000 procesos y unas 60.000 ejecuciones probadas de mujeres consideradas brujas (casi todas fueron quemadas vivas en la hoguera), aunque algunas fuentes creen que la cifra real puede duplicarse o triplicarse.
Cualquier mujer que se destacara por su belleza, o por su capacidad de seducción, o por su inteligencia o por sus conocimientos sobre hierbas medicinales, podía ser acusada -y juzgada- como hechicera.
El revisionismo histórico que llegó con el siglo XX puso las cosas en su lugar.
Entre 1921 y 1954 la antropóloga inglesa Margaret Murray expuso en tres libros una teoría en la que demostraba que la brujería derivaba de una antigua religión neolítica, panteísta y matriarcal.
Los ritos de fertilidad prehistóricos para lograr que la naturaleza no muriera en el invierno y concediera buenas cosechas en el verano incluían orgías sexuales y sacrificios humanos (para que la sangre derramada fertilizara la tierra).
Hay acreditados autores que atribuyen a este antiquísimo rito, en que un joven dios era sacrificado para salvar las cosechas, el origen del dogma cristiano del sacrificio de Jesús en la cruz para redimir los pecados.
Es España el último juicio a la brujería tuvo lugar en Zugarramurdi, Navarra, a finales del siglo XVII.
Los inquisidores se encontraron con el problema de que había varios miles de mujeres acusadas de brujería.
Si todas resultaban condenadas ¿cómo quemar vivas a tantas?
Dirimieron la cuestión declarando que ninguna de ellas tenía pactos con el Diablo.
A partir de entonces, ya ninguna otra mujer fue enviada a la hoguera.
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Después de las elecciones del pasado viernes 14 de junio, Irán se ha convertido en un hervidero.
Los dos principales candidatos a la presidencia, el actual presidente iraní Mahmud Ahmadineyad y el candidato opositor Mir Husein Musavi se disputan los resultados de los comicios, ante la atenta mirada del mundo entero.
Y el ciudadano de a pie tal vez se pregunta: ¿Por qué es tan importante lo que ocurra en Irán?
Primero, porque Irán es en la actualidad la única república teocrática del mundo, ya que el poder se concentra en manos de los líderes religiosos o ayatolás.
Segundo, porque con la ayuda de Rusia, Irán está construyendo su primera estación nuclear.
Aunque las autoridades iraníes aseguran que lo hacen para utilizarla sólo con fines pacíficos, es decir, para proporcionar energía, el hecho no deja de producir alarma en el mundo occidental.
Según el ex presidente de Estados Unidos, George W. Bush, Irán formaba parte del “Eje del Mal”.
Pero lo cierto es que fue justamente la invasión de Irak por parte de las tropas norteamericanas lideradas por George W. Bush lo que afianzó la fuerte influencia actual de Irán sobre Irak y Afganistán.
La antiquísima Persia, hoy Irán, está gobernada con mano de hierro por el líder supremo Ayatolá Alí Jamenei, quien designa tanto al jefe del poder judicial como a los líderes militares, a los directores de radio y televisión y a los líderes de las plegarias de los viernes.
Los desórdenes de esta semana, sin precedentes en los 30 años de la República Islámica, señalan que no sólo se está cuestionando la limpieza de las elecciones del viernes pasado sino que también se comienza a desafiar la autoridad de este líder supremo, Ayatola Jamenei.
Como afirma el analista político Ahmad Rafat, por primera vez se presenta una fractura, no sólo entre laicos y religiosos, sino también en el mismo seno del poder religioso.
Si bien la mayor causa del descontento social es la pésima marcha de la economía, que hace que en Irán, dueño de la décima parte del petróleo del mundo, el combustible sea carísimo y esté racionado, también es cierto que el candidato opositor Mir Husein Musavi encarna las esperanzas de las nuevas generaciones iraníes, de las mujeres que anhelan mayor libertad, de la clase profesional y de los sectores más occidentalizados y progresistas del país.
Las protestas ya han causado ocho muertos y esta cifra podría seguir aumentando si las autoridades iraníes, como lo han prometido, intentan reestablecer el orden con mano dura.
Los que más resisten son los jóvenes quienes, mediante el boca a boca y el correo electrónico, han conseguido convocar a varias manifestaciones en los últimos días, a pesar de que el Gobierno iraní ya ha anulado el servicio de mensajería por sms.
Recordando otras revueltas protagonizadas por estudiantes que fueron reprimidas salvajemente, como la de Hungría en 1956, Checoeslovaquia en 1968 y la de la Plaza Tiananmen en China en 1989, por sólo citar las más recientes, cruzo los dedos para que esta vez los conflictos se resuelvan de una manera más civilizada.
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Hubo un tiempo, en los albores de la humanidad, cuando de la sabiduría de la mujer , y de su intuitivo cuidado de la vida, dependía el tejido mismo de la sociedad.
Las mujeres fueron las primeras sacerdotisas que aseguraban mediante ritos la benevolencia de la Diosa e interpretaban su sagrada voluntad.
Llevadas por su instinto de preservar la vida, las mujeres prehistóricas aprendieron a desentrañar los misterios de las hierbas medicinales y eso las convirtió en las primeras sanadoras.
Eran las que ayudaban a venir al mundo a los recién nacidos, las que velaban junto a los agonizantes y las que amortajaban a los muertos.
Las que sabían distinguir entre los frutos silvestres y hongos comestibles y aquellos que eran venenosos.
Las inventoras de las primeras letras, con fines religiosos, y las encargadas de transmitir todos estos conocimientos de madre a hija, a través de las generaciones.
Con el cambio de paradigma que le otorgó el poder a los varones , allì por el año 3.000 a C, sobrevino la desvalorización de lo femenino.
Se consideró a la mujer, a partir de entonces, un ser inferior, subordinado al hombre, carente de razón y hasta de alma, una mero vientre productor de hijos, que tenía el imperativo de embellecerse para ser objeto de deseo.
Aunque desde la Ilustración las mujeres comenzaron su rebelión definitiva contra esta etiqueta, todavía en nuestros días quedan resabios, de los que hay que tomar conciencia.
Las mujeres de hoy deberían preguntarse, por ejemplo, de dónde viene la tiranía de la moda y de los cánones de belleza actuales, que la condenan a la desnutrición y a la eterna inseguridad.
¿Quién dicta los imperativos de adelgazar, o de machacarse en el gimnasio, o de perforarse los lóbulos de las orejas, el labio inferior o el ombligo para ser deseable?
En el siglo XIX los burgueses franceses ordenaban a sus hijas: “Sois belle et tait toi” (Sé bella y cállate).
Y ellas lo aprendieron al pie de la letra.
¿Qué voz susurrante y milenaria les dice constantemente que son demasiado gordas, demasiado bajas, demasiado golosas o demasiado charlatanas?
Se trata de la silenciosa voz de la inferioridad, interiorizada en los abismos del subsconsciente, que después de 50 siglos de desvalorización femenina se ha convertido ya en una sólida convicción, que se evidencia tanto en lo personal como en lo profesional.
Del 14 al 16 de mayo de 2009 se celebró en Santiago de Chile la Cumbre Global de las Mujeres, llamada informalmente “el Davos de las Mujeres”.
La Cumbre reunió a mujeres de negocios, profesionales y líderes gubernamentales, con el objetivo de explorar estrategias y mejores prácticas que permitan acelerar el progreso económico de las mujeres en todo el mundo.
En ella se llegó a varias conclusiones muy importantes, que podrían resumirse en una sola: en palabras de Krista Wallochik , Consejera Delegada de Norman Broadbent España, son las propias inseguridades de la mujer (falta de confianza, miedo al fracaso, excesivo perfeccionismo) las que le impiden avanzar, las que la autolimitan.
Y aconsejan vivamente el perder el miedo a a equivocarse y a cometer errores, que sólo han de verse como oportunidades de aprendizaje.
En suma, perderle el miedo al fracaso.
El futuro liderazgo está en manos de la mujer, sin lugar a dudas.
Pero sólo si tiene fe en sí misma y retoma el sendero de la autoestima, cuyo rumbo perdió en algún recodo del camino.
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El próximo domingo 7 de junio 375 millones de ciudadanos de 27 países estamos convocados a las urnas con el fin de elegir representantes para el Parlamento Europeo.
Pero se teme que muchos de nosotros no acudamos a esta cita democrática y que se produzca una abstensión masiva.
A lo que podría añadirse el castigo de los ‘votos protesta’ y de los euroescépticos, quienes, unidos a los abstencionistas, podrían hacer tambalear los cimientos de Europa.
Las razones son varias.
La principal, por supuesto, es la crisis económica que ha hundido al continente en la recesión.
Otra consiste en la escasa información que los principales partidos políticos ofrecen al ciudadano sobre las decisiones que se toman en las altas esferas europeas, las que se perciben como remotas.
El ciudadano de a pie se siente desconectado de ellas y se desentiende de sus resultados.
El director del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Gante, el politólogo Hendrik Vos, afirmaba hace poco, con una pincelada de humor, que la Unión Europea se parecía un poco a Dios en el sentido de que los europeos perciben que, en algún lugar sobre sus cabezas, alguien, no se sabe cómo, decide extrañas leyes que tarde o temprano hay que acatar.
Se acatan como se puede, claro está, porque, agrega Vos, “los caminos del Señor son inescrutables y los de la UE tampoco son precisamente sencillos”.
La desilusión de muchos europeos se hace sentir…
Sin embargo, éste no es momento de juzgar ni de evaluar, sino de reaccionar.
Es verdad que la Unión Europea adolece de muchos defectos haciéndome recordar, en muchos sentidos, al templo de la Sagrada Familia de Barcelona, siempre por acabar.
Pero no por ésto hay que derrumbarlo sino que se debe continuar construyéndolo, con fe y con perseverancia.
Los europeístas, los que seguimos maravillándonos con que el Viejo Continente que se desangró en dos trementas guerras mundiales en el siglo pasado haya sabido superar sus odios y logrado levantar este enorme edificio de paz y democracia, debemos mantenernos unidos.
Los peligros acechan a la Unión.
Hace tiempo que la derecha es la fuerza predominante en el Europarlamento y, desde las sombras, esperan su turno pacientemente los grupos ultraradicales, extremistas de una y otra tendencia, para hacerse con el poder.
Los internautas, anticipando que una coalición conservadora podría privarlos de su libertad en la Red, ya se están organizando para prevenirla.
Tampoco (y desde aquello tan androcéntrico de “los Padres de Europa”) la UE mantiene una buena política igualitaria, ya que sólo el 23 % de los miembros del Parlamento Europeo y el 34 % de los Comisarios son mujeres, lo que habla de su escasa legitimidad democrática.
Y mejor no recordar su exceso de burocracia y de intervencionismo, que lo convierte en un pesado elefante gubernamental al que le falta la agilidad de movimientos tan necesaria en un momento de la historia extremadamente cambiante como el actual.
En un mundo que se ha vuelto multipolar y donde las decisiones económicas han dejado ya de tomarse en el G 8 para resolverse en el G 20 esta torpeza junto a la disparidad de políticas exteriores pueden llevarla a distanciarse de los otros polos de poder para ocupar un lugar menor en el concierto de naciones.
Debemos recordar que la democracia y el Estado del Bienestar obtenidos y disfrutados por España durante los últimos 25 años hubieran sido imposibles sin la tutela y los recursos económicos de Europa.
Darle la espalda ahora podría resultar suicida.
Ir a votar y, con ello, forjar la Europa que queremos, será la mejor manera de evitarlo.
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