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"Guernica", de Pablo Picasso

“Guernica”, de Pablo Picasso

El primer avión apareció hacia las cuatro de la tarde, dejando caer algunas bombas. Quince minutos más tarde llegaron tres aeronaves más, volando muy bajo en formación triangular.
Era el 26 de abril de 1937, día de mercado en Gernika, ciudad santa de los vascos, y en ese momento de la Guerra Civil Española comenzaba el bombardeo sistemático que duraría tres horas.
Más de 31 toneladas de bombas incendiarias cayeron sobre la indefensa villa de 5.000 habitantes, provocando un incendio que no pudo ser sofocado durante varios días. El centro urbano quedó completamente arrasado y la casi totalidad de los edificios, destruídos.
La gente había corrido a los refugios, construídos apresuradamente unos días antes, algunos tan precarios que se desplomaron convirtiéndose en trampas mortales.
Muchos se escondieron en las fábricas, las bodegas o los sótanos de los edificios. Otros decidieron abandonar la villa y se ocultaron en el monte, entre los matorrales, en las huertas y en los caseríos, hasta en las zanjas.
Nunca se supo exactamente cuántas personas murieron ese día, ya que los escombros no se removieron hasta 1941.
Algunas fuentes hablan de más de mil muertos, otras de 600. Incontables víctimas quedaron heridas, asfixiadas o quemadas, varios miles sin hogar.
¿Quién estaba detrás de la masacre?
En un primer momento las fuerzas nacionales culparon a los ‘rojos separatistas’ y éstos a ellos, causando una gran confusión.
José Antonio Aguirre, Presidente del Gobierno de Euzkadi afirmó:
“Ante Dios y ante la Historia que a todos nos ha de juzgar, afirmo que durante tres horas y media los aviones alemanes bombardearon con saña desconocida la población civil indefensa de la histórica villa de Gernika reduciéndola a cenizas, persiguiendo con el fuego de ametralladora a mujeres y niños, que han perecido en gran número, huyendo los demás alocados por el terror”.
A lo que respondió Francisco Franco: “Aguirre miente. Nosotros hemos respetado Gernika, como respetamos todo lo español”.
Hasta que el periodista británico George Steer se adentró entre las ruinas humeantes y comprobó que las bombas que no habían explotado daban testimonio de su fabricación alemana.
Entonces develó la verdad en una crónica que fue primera plana al día siguiente en el Times y el New York Times: los autores habían sido la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana, en apoyo a las sublevadas tropas franquistas.
La devastadora táctica militar empleada en Gernika había sido, en realidad, un ensayo de los bombardeos masivos que se aplicarían dos años más tarde durante la Segunda Guerra Mundial, según las cínicas declaraciones hechas por los propios aviadores alemanes e italianos.
El mundo enmudeció ante la barbarie.
Pocas semanas más tarde Pablo Picasso pintó su célebre cuadro “Guernica”, que simboliza los horrores de la guerra  (desde entonces un alegato antibelicista) y que fue exhibido por vez primera en la Exposición Internacional de París de 1937.
Alemania tardó largos años en reconocer la autoría de ese tremendo crimen contra la humanidad.
Recién en 1997, en el 60º aniversario del brutal atentado, el presidente de Alemania Roman Herzog envió una carta a los supervivientes en la que admitía la implicación de su país en el ataque aéreo de 1937 y les pedía perdón.
Los testigos supervivientes de la masacre le respondieron tendiendo la mano, en un generoso gesto de reconciliación, con esta emotiva carta: “Y nos lanzaron una lluvia de fuego, metralla y muerte. Y destruyeron nuestro pueblo. Y aquella noche ya no pudimos volver a cenar en nuestra casa, ni a dormir en nuestra cama. Ya no teníamos hogar. No teníamos casa. Pero aquel acto incomprensible para nosotros, no nos dejó un sentimiento de odio o de venganza, sino un deseo enorme, inmenso, de paz. El deseo de que aquello no debía suceder nunca más. Y que de las ruinas de lo que fue nuestro pueblo, debía surgir una bandera de paz para todos los pueblos del mundo”.
Hoy, cerradas ya las heridas del pasado, el Gernikako Arbola (Árbol de Gernika), un retoño del centenario roble símbolo de las libertades vascas (que resultara milagrosamente ileso durante el bombardeo), sigue erigiéndose como testigo inmutable del paso del tiempo y ofreciendo su manto de sombra a los Lendakaris cuando juran proteger a Euzkadi.

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Era una agradable mañana de primavera, en la que el aire tibio y perfumado llegaba a ráfagas desde las colinas.

El sábado 10 de junio de 1944, los habitantes del apacible pueblo de Oradour-sur-Glane, en la región francesa de Lemosín,  se dedicaban a sus tareas habituales.

A las 14:15 horas, acabado el almuerzo, las mujeres lavaban y tendían ropa al sol, los niños jugaban cerca de sus madres y los hombres, mientras esperaban el reparto semanal de tabaco, aprovechaban para comentar las noticias que llegaban sobre el avance aliado desde las playas de Normandía.

De pronto se oyeron los roncos motores de una caravana de vehículos blindados. Más de 150 soldados alemanes de la 2ª División Panzer de las SS “Das Reich” descendieron rápidamente, rodearon el pueblo y ordenaron a los pobladores reunirse en la plaza.

Los separaron en dos grupos, los hombres por un lado y por el otro, las mujeres y los niños.

Los primeros fueron repartidos entre cuatro graneros locales y los casi 500 mujeres y niños, encerrados en la iglesia del pueblo.
Después, comenzó el horror.

Los hombres fueron ametrallados  y rematados a punta de pistola. En la iglesia, donde gemían de pánico las madres abrazadas a sus hijos, los cobardes verdugos, incapaces de mirar a los ojos a sus inocentes víctimas, arrojaron por las ventanas bombas de humo tóxico para envenenarlas.

Cuando vieron que ésto no bastaba y que se sucedían los gritos de dolor, arrojaron granadas de mano, ametrallando a los que  intentaban escapar. Por último, incendiaron el edificio de madera, que ardió como una gigantesca pira.

Los soldados completaron su siniestra obra prendiendo fuego a los 328 edificios del pueblo y reduciéndolos a cenizas.

En la masacre de ese día murieron, de una forma atroz, un total de 642 personas: 189 hombres, 240 mujeres y 213 niños.

Sólo unos pocos vecinos lograron salvarse, menos de una decena. Un niño llamado Roger Godfrin, alertado por su instinto infantil, se había escabullido de la plaza y había corrido hasta un bosque.  Una mujer, Margueritte Rouffanche, había logrado saltar de una ventana de la iglesia y había huído a una huerta, donde un soldado la había ametrallado y dejado por muerta. Algunos hombres, malheridos, se habían quedado quietos debajo de las pilas de cadáveres en los graneros…

Contó Margueritte, días más tarde, que una joven vecina suya había intentado pasarle su bebé de siete meses para que lo salvara, pero que ambos habían sido alcanzados por las ráfagas de ametralladora…

Después de la liberación, el general Charles de Gaulle ordenó que los restos de Oradour-sur-Glane se conservaran tal como habían quedado el día de la tragedia.

Nueve años más tarde, en 1953, se iniciaron los Procesos de Burdeos, en los que 65 soldados (la mitad de ellos franceses alsacianos de etnia alemana) fueron encausados por la carnicería. Los juicios provocaron una profunda tensión en Francia, dividida entre los que condenaban la matanza y los ciudadanos de Alsacia, pro-alemanes. Dos de los acusados fueron condenados a muerte (aunque sólo pasaron por la cárcel), el resto fue absuelto o cumplió penas leves.

Ninguno de los 21 oficiales nazis que declararon ante el Tribunal logró dar una explicación para tamaño castigo colectivo, aunque se supone que de esta manera el régimen nazi había pretendido vengar su derrota en el Desembarco de Normandía.

Durante la guerra, no sólo Oradour sufrió la crueldad de los SS. También la conocieron la villas de Kortelisy (actual Ucrania), Lídice en Checoslovaquia (hoy República Checa), el pueblo holandés de Putten y los villorrios italianos de Sant’Anna di Stazzema y Marzabotto, así como innumerables aldeas soviéticas…

A finales de los años 80 surgió la iniciativa de convertir las fachadas ennegrecidas, los coches calcinados y los restos de objetos cotidianos que permanecían entre las ruinas de Oradour-sur-Glane en un Memorial que recordase para siempre a la humanidad el horror de la guerra y la inhumana barbarie nazi.

A 70 años de esa atrocidad, el presidente alemán Joaquim Gauck y su homólogo francés François Hollande han visitado las ruinas.

Ambos recorrieron, tomados de la mano, las desoladas calles y, juntos también, inclinaron la cabeza y rezaron ante el destruído altar de la iglesia, escenificando la reconciliación franco-alemana después de la Segunda Guerra Mundial.

“Francia y Alemania han entendido que el horror de la guerra puede volver en cualquier momento. Frente a ello, han querido construir una Europa que avanza apoyada en la libertad, la dignidad y la solidaridad”, ha señalado el presidente alemán, antes de fundirse en un emocionado abrazo con Hollande.

Desde su inauguración en 1999 más de medio millón de personas han visitado el Memorial de Oradour, convertido en lugar de recogimiento y reflexión.

Y todos ellos, sin excepción, se han estremecido ante las palabras escritas en el cartel situado a la entrada del pueblo:

Souviens-toi!..”  (¡Acuérdate!..).

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