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Sufragistas marchando por Londres (1907)

Sufragistas marchando por Londres (1907)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las mujeres siempre hemos conectado profundamente con la naturaleza, sabedoras de que nuestra sangre se armoniza con las mareas, con los cambios de luna y de estación.

Durante la prehistoria aprendimos a recolectar los frutos y a guardar las semillas para volver a plantarlas, dando así comienzo a la agricultura. Pronto descubrimos las propiedades curativas de las hojas y las raíces y eso nos convirtió en las primeras médicas.

Parimos a los niños, cuidamos a los enfermos y amortajamos a los muertos. Siempre ocupadas en preservar y transmitir la vida, nutrimos y protegemos, hilamos la lana y la tejemos para dar calor a los nuestros.

Sin embargo, en casi todas las culturas actuales se nos considera ciudadanas de segunda categoría y se nos maltrata -y hasta asesina- para someternos.

Fue en 1792 cuando Mary Wollstonecraft, con su “Vindicación de los derechos de la mujer”, comenzó a defender el derecho al trabajo igualitario y a la educación de las mujeres, así como a su participación en la vida pública, iniciando con ello el movimiento feminista contemporáneo.

No fue hasta los albores del siglo XX en que las sufragistas, ridiculizadas por sus detractores y abriéndose paso a paraguazos para proseguir su marcha reivindicativa por las calles de Londres, consiguieron su objetivo.

Primero Nueva Zelanda y Australia en 1893, seguidas por Rusia en 1906, Noruega en 1913, Dinamarca en 1915, Alemania en 1918, Estados Unidos en 1920, Suecia en 1921, Gran Bretaña en 1928, España en 1931, Francia e Italia en 1945, aprobaron el derecho a voto de la mujer.

Pero no fue hasta 1981 que la Asamblea General de Naciones Unidas ratificó la “Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer”.

El año pasado, en octubre de 2016, las mujeres polacas, siguiendo el ejemplo de las islandesas en 1975, realizaron una huelga de un día, que tuvo mucha repercusión en todo el mundo.

Ese mismo mes, las mujeres argentinas bajo el lema “Ni Una Menos” organizaron un paro de una hora y movilizaciones masivas que repercutieron en América Latina y el Caribe.

Así surgió la convocatoria Paro Internacional de Mujeres (PIM), que convoca a una manifestación y paro para el próximo miércoles 8 de marzo, Día de la Mujer.

Agrupa a casi 30 países, incluyendo Argentina, Australia, Bolivia, Brasil, Chile, Costa Rica, la República Checa, Ecuador, Inglaterra, Francia, Alemania, Guatemala, Honduras, Islandia, Irlanda del Norte, la República de Irlanda, Israel, Italia, México, Nicaragua, Perú, Polonia, Rusia, Salvador, Escocia, Corea del Sur, Suecia, Togo, Turquía, Uruguay y Estados Unidos, además de muchos otros que están en contacto para unirse en un futuro próximo.

Bajo el lema “Solidaridad es nuestra arma” su proclama comienza diciendo: “Nosotras, las mujeres del mundo, estamos hartas de la violencia física, económica, verbal o moral dirigida contra nosotras. Y no la vamos a tolerar pasivamente. Somos solidarias y estamos unidas, en todo el mundo, para defender nuestros derechos humanos”.

Hace exactamente 2.428 años, en el 411 a C,  Aristófanes estrenaba su comedia “Lisístrata” en el Teatro Lenaico de Atenas, durante las fiestas dionisíacas, un antiguo recuerdo de las épocas matriarcales que habían durado más de 30.000 años, desde el Neolítico hasta el período micénico, en las que las mujeres habíamos regido los destinos del mundo.

En “Lisístrata” las mujeres de toda la Hélade, cansadas de la guerra y convocadas por Lisístrata, se rebelan contra los hombres y deciden no volver a tener relaciones sexuales con sus maridos hasta que éstos no hagan la paz.

Hoy la lucha es diferente, hoy defendemos nuestras propias vidas. Y nos rebelamos contra el  terrorismo doméstico que nos mata, los valores patriarcales que nos humillan, los sueldos inferiores que nos discriminan y la pornografía que denigra nuestra dignidad.

Las feministas de la segunda oleada, que llevamos más de 40 años bregando por la plena igualdad y que hemos contemplado cómo esta reivindicación avanzaba paso a paso, hemos tenido que esperar hasta el siglo XXI  para ver la presente marea planetaria, masiva, arrolladora, de la mitad femenina de la humanidad que clama por sus derechos.

“Las mujeres sostienen la mitad del cielo, porque con la otra mano sostienen la mitad del mundo”, dijo Mao Zedong.

Le faltó agregar que, unidas, somos imparables…

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Marisol Valles García, el día de su nombramiento
Ningún hombre se atrevió, pero ella sí.
En octubre de este año, Marisol Valles García, 20 años, estudiante de criminología, casada y madre de un bebé, aceptó el cargo de Jefa de Seguridad Pública en el municipio de Práxedis, Chihuahua, una de las regiones más violentas de México.
Lo hizo tan sólo una semana después de que fueran asesinados por los narcotraficantes el comisario municipal Rito Grado Serrano y el hijo de éste, Rigoberto Grado Villa, y movida por la razón de que nadie más había querido ocupar ese puesto.
A semejanza de Juana de Arco, la Doncella de Orléans, e imbuída de su mismo espíritu de heroísmo y sacrificio, Marisol ha emprendido su cruzada particular contra el crimen.
Delgada y frágil, ‘Mari’ (como se la conoce) afirma desde su 1,60 m de altura: “Aquí todos tenemos miedo, pero vamos a cambiar ese miedo por seguridad”.
Práxedis se encuentra a cien kilómetros de Ciudad Juárez, la urbe más sangrienta del país, que registra más de 2.600 asesinatos cada año sin que nadie logre averiguar de dónde provienen los disparos.
Todo ésto sucede en la frontera sur del país, un territorio salvaje y sin ley donde los narcos y loscontrabandistas de armas imponen sus reglas. Donde aterrizan a plena luz del día avionetas cargadas con cocaína y donde la policía es tan inexistente, por ineficaz o corrupta, que la población ha decidido aceptar la protección de grupos criminales tan poderosos como Los Zetas.
Las mismas autoridades federales reconocen que, bajo la amenaza de “plata ó plomo” (dinero ó muerte), miles de policías municipales colaboran con los narcotraficantes dejando pasar cargamentos de droga, alertándoles sobre operativos de las fuerzas federales o actuando como sus sicarios.
Se da la paradoja de que justamente Ciudad Juárez ostenta el récord de feminicidio más atroz de la actualidad: 292 mujeres en lo que va del año han sido víctimas de asesinatos en serie de muchachas que, llamativamente, tienen el mismo perfil que la nueva Jefa de Seguridad.
Marisol hará frente a “los malos” (como les ha apodado) con escasos recursos: una patrulla, tres rifles automáticos, una pistola y sólo trece agentes de policías (diez de ellos mujeres) contratados recientemente, ya que en los últimos meses fueron ejecutados quince de los dieciocho agentes de policía de que entonces disponía la fuerza.
Pese a que su predecesor, Jesús Manuel Holguín, murió tiroteado y a que en los últimos tres años todos los que han ocupado su puesto han acabado asesinados, Marisol sigue viviendo sin escolta, tan sólo armada con su valor y con los valores que pretende imponer: respeto, paz, convivencia, solidaridad, honestidad, vida familiar.
Ante los medios declara: “Me arriesgo porque quiero que mi hijo viva en una comunidad diferente a la que hoy tenemos, quiero que la gente no viva ya con miedo, que pueda salir tranquila, como antes”…
Y planifica: “Cada sector estará a cargo de una mujer que convivirá con las familias, con los niños, con los adultos mayores, para ver sus necesidades y plantear los principios y valores, para atender a lo que realmente necesitan y para escucharlos”.
Proyecta, además, la creación de una policía en bicicleta y ha llamado a los padres de familia para que participen en los programas preventivos de vigilancia afuera de los planteles.
Sus compatriotas y vecinos la contemplan con admiración, respeto e incredulidad y se preguntan: ¿Es Marisol temeraria o valiente? ¿Correrá la misma suerte que todos su predecesores, ejecutados por los narcos?
Para contagiar coraje a sus vecinos, la nueva secretaria de Seguridad Pública de Práxedis se ha dejado fotografiar en su mesa de trabajo, a cara descubierta.
Hay quien opina que Marisol, cuya elección ha tenido un gran impacto mediático, es tan sólo un cebo, puesto allí por las autoridades para intentar capturar a alguna figura importante del delito.
Pocas semanas después de su nombramiento, la ‘Coca Nostra’ mexicana lanzó una estremecedora represalia a los operativos antidroga asesinando a las jefas policiales de Chihuahua y Sinaloa, Hermilia García Quiñones y María Dolores Guzmán Ramírez, respectivamente, y colocando en su punto de mira a otras tres designadas hace pocas semanas: Verónica Ríos Ontiveros en El Vergel, Olga Herrera Castillo en Villa Luz y, por supuesto la más joven de todas, Marisol Valles en Práxides.
Las asesinadas, como ‘Mari’, viajaban solas y sin custodia…
Sin embargo Marisol Valles no se arredra.
Idealista y confiada, parapetada en su coraje a modo de escudo y manteniéndose ajena a los temores y las especulaciones, las amenazas y los peligros, prosigue decidida a recorrer su camino hasta el final.

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Cualquiera de nosotros puede sufrirla pero las víctimas propiciatorias suelen ser los más débiles de carácter o de condición, una mujer, un niño, un anciano, una persona tímida.
La violencia psicológica, como la económica, causa estragos especialmente entre las mujeres y sus hijos cuando son dependientes económicamente.
Esta variante del terrorismo doméstico es una de las caras habituales del machismo, que acostumbra expresarse en términos de abuso verbal, de desvalorización, de celos, de posesividad y de control, aunque también existen mujeres con ansias de dominación que la practican.
A diferencia del maltrato físico, la violencia psicológica es sutil y, por lo tanto, más difícil de percibir o detectar.
No deja moretores ni cicatrices en el cuerpo, pero las huellas que deja en el alma son, a veces, imposibles de borrar.
Los “Eres una inútil”, “No sirves para nada”, “Pareces imbécil” sirven para destruír la autoestima y la confianza en sí misma de la persona agredida y tienen el objeto de anular su voluntad y volverla sumisa y manejable.
Por invisible, es tal vez la forma más perversa de maltrato y vejación, una destructora eficaz de la identidad del otro.
Su intención es maligna: humillar, doblegar, desmoronar, para reinar luego sobre esas humeantes ruinas de la personalidad avasallada.
Las descalificaciones (“Tú de esto no entiendes”), las humillaciones (“Estás gorda como una foca”), los gritos y los insultos, los sarcasmos y las caras de asco, las rabietas y las amenazas, son todas estrategias de manipulación ejercidas con un solo fin: desmantelar el núcleo de la dignidad y la autonomía del otro ser humano para someterlo a su control.
A veces toma la apariencia policíaca que gatilla preguntas: “¿De dónde vienes a estas horas? ¿Con quién has estado? A ver, comienza a mentir”, que revisa frenéticamente el móvil del otro en busca de mensajes, que lee sus mails para saber con quién se escribe.
Otras veces se disfraza de hipercrítico, de ‘dueño de la verdad’ que afirma: “Eres una vaga, una perezosa sin remedio, en lugar de estar leyendo tus mails deberías estar fregando la casa, todo está que da asco”. O que sentencia: “No sabes hacer ni un huevo frito, esta comida es inmunda, no se puede tragar”.
También suele convertirse en un moralista: “Irene sí que sabe cómo complacer a su hombre y tener la casa impecable”, “Una buena madre debería poder controlar a sus hijos”, etc.
Cuando sus víctimas se rebelan estos ‘verdugos’ se convierten, a veces, en ‘víctimas’ que amenazan con matar al otro o matarse ellos mismos o matar a los inocentes hijos, todo con tal de salirse con la suya y no perder a sus vasallos.
Es alarmante que las cifras del maltrato machista indiquen que cada vez son más jóvenes las mujeres que lo sufren.
Nadie está a salvo de esta forma de manipulación e intento de dominio, por lo que la mejor prevención es estar alerta.
No hay que confundir el amor con los celos (“Él es así porque me quiere”), porque el amor significa confianza .
La primera señal de que algo no funciona es la sensación de malestar profundo que se experimenta en contacto con la pareja, después de alguna discusión. Una se siente humillada, desvalorizada y con la certeza de que se le ha faltado el respeto.
La segunda señal es cuando una se encuentra dándole explicaciones a la familia y a los amigos para excusar algunos comportamientos enfermizos de la pareja.
La tercera, y debería ser la última, es la de encontrarse haciendo algo que uno no quiere, sólo por no enfrentarse a una discusión o por temer la reacción del otro.
La cuarta, si una se empecina en mantener este tipo de relación de dependencia emocional, consiste en pensar que una es culpable de lo que ocurre y que no puede hacer nada, que está escrito que esto suceda así y que, seguramente, las cosas se resolverán por sí mismas.
Esta actitud victimista y resignada suele ser la antesala del primer empujón y de la primera bofetada, de la primera paliza y de la primera puñalada.
La violencia invisible, no por soterrada menos cruel, es la puerta abierta al abismo.

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Aunque la violencia contra la mujer esté condenada unánimemente en casi todo el mundo siempre existen escépticos que acotan: “¿Y por qué ella aguanta? A lo mejor le gusta que le peguen…”
Tampoco faltan los discretos que apostillan: “En temas de pareja prefiero no meterme…” ¡Como si las palizas cotidianas, las violaciones y las humillaciones fueran algún tipo de sofisticado jueguecillo sexual, un secreto de alcoba que no les concierne!…
Para intentar entender el tenebroso estado mental de las víctimas de la violencia en el hogar se puede establecer un paralelismo con lo que ocurrió con los esclavos negros de las plantaciones sureñas de EE UU al terminar la Guerra de Secesión en 1865: cuando fueron liberados por las fuerzas del Norte la mayoría de ellos prefirió permanecer con sus amos. Allí se sentían seguros, aunque los maltrataran. La libertad les daba miedo…
Erich Frömm describió muy bien este fenómeno en su libro El Miedo a la Libertad, de necesaria lectura. En él describía ese fenómeno psíquico de masas que a veces se produce y que las hace seguir ciegamente a un líder, por loco que éste sea, antes de tomar decisiones por cuenta propia.
La libertad es elección, y ésta entraña riesgo.
Uno es libre de elegir, pero después debe cargar con las consecuencias.
El llamado ‘Síndrome de Estocolmo’, que hace que la víctima sienta por su carcelero un apego que confunde con el amor, es otro ejemplo muy valedero.
¿Qué siente una mujer maltratada?
Fundamentalmente, miedo, un miedo paralizante.
Miedo a su agresor y a los golpes que le esperan si se rebela. Miedo a perder sus hijos. Miedo a no saber sobrevivir económicamente si está sola. Miedo al escándalo. Miedo al ‘qué dirán’, con su lógica consecuencia de desaprobación y desprestigio social.
Y también siente vergüenza, mucha vergüenza.
Vergüenza de sí misma, por creerse culpable de provocar el maltrato. Vergüenza de su situación humillante. Vergüenza ajena por tener a un energúmeno como marido. Vergüenza anticipada por darle un disgusto a su familia, cuando se entere.
La mujer maltratada está encerrada en la peor cárcel, está cubierta por el burka más tupido de todos, el de su propio miedo.
Su verdugo no sólo ha magullado su cuerpo sino que ha enfermado su alma y envenenado su mente.
Kofi Annan, Secretario General de las Naciones Unidas, ha declarado: “La violencia de género es quizás la más vergonzosa violación de los derechos humanos. Mientras continúe, no podemos afirmar que estemos logrando progresos reales hacia la igualdad, el desarrollo y la paz”.
Desde 1999, el 25 de noviembre de cada año la ONU conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
Porque también un 25 de noviembre de 1960 fueron brutalmente asesinadas las tres hermanas Mirabal (Patria, Minerva y María Teresa), tres activistas políticas que luchaban contra la tiranía del dictador Rafael Trujillo en la República Dominicana.
Unos días después de su desaparición los cuerpos de las ‘mariposas inolvidables’ aparecieron destrozados en el fondo de un barranco…
A sus asesinos, como a cualquier cobarde agresor que aproveche de su mayor fuerza física para someter a una víctima, podrían decírsele las palabras que Miguel de Unamuno dedicó a las fuerzas falangistas que lo tenían sitiado en su despacho de director de la Universidad de Salamanca: “Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis, porque tenéis la fuerza bruta; pero no convenceréis, porque no tenéis la razón”.

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