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Archive for the ‘. Artículos’ Category

Estamos viviendo un momento único, mágico, en la historia, sólo comparable a cuando los copistas del Medioevo se toparon con la invención de la imprenta.

Es la primera vez que la información, el conocimiento y la cultura están al alcance de cualquiera que esté conectado a Internet.

Las conclusiones de la física cuántica, difíciles de digerir, nos dicen que todos formamos parte de un mismo ser, que la materia no existe si no es observada, que los procesos físicos son sólo probables y ocurren en la medida en que son observados, que la suma de experiencias humanas engrosa una conciencia universal …

Inevitable recordar a Teilhard de Chardin, quien predijo que la humanidad avanzaba hacia el Punto Omega, «una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia. La Tierra cubriéndose no sólo de granos de pensamiento, contándose por miríadas, sino envolviéndose de una sola envoltura pensante hasta no formar precisamente más que un solo y amplio grano de pensamiento, a escala sideral”.

¿Hablaba de la Red?

Al mismo tiempo, estamos asistiendo al estrepitoso fracaso del neoliberalismo. Porque no se puede seguir produciendo sin freno en un planeta de recursos limitados, con una población envejecida, con puestos de trabajo inestables y mal pagados.

Sabemos que estamos viviendo el final de una época, pero todavía desconocemos todo sobre la que viene.

Paul Mason, editor económico del canal británico Channel 4, afirma que la edad de oro del capitalismo en el mundo desarrollado se acaba.

En su libro “Postcapitalismo” advierte que las actuales tecnologías de la información son incompatibles con el capitalismo, en el que ningún producto puede ser gratuito.

El cambio ya ha comenzado, a medida de que nuevos tipos de economía (como la colaborativa) van sustituyendo paulatinamente a los dictados del mercado.

Poco a poco se van tejiendo redes como las que facilitan comprar y vender artículos usados, ofrecer el coche para viajes compartidos e intercambiar las viviendas para vacaciones. Surgen las monedas paralelas y los bancos de tiempo.

En su libro “La sociedad de coste marginal cero”, el futurólogo Jeremy Rifkin profetizaba que el capitalismo sería sustituido por el “procomún colaborativo”, un modelo económico en el que el capital social será más importante que el financiero, en el que compartir será más importante que competir, en el que los mercados perderán importancia ante las redes que conectan a miles de millones de personas y cosas y en el que los consumidores se convertirán en fabricantes de energía y bienes, en “prosumidores”.

Una sociedad sostenible en la que todos dispondremos de energía libre y gratuita, gracias a las placas solares en cada tejado; en la que los residuos se reciclarán en su totalidad y  las materias primas se aprovecharán al máximo.

Por su parte, Zygmunt Bauman, autor de “En el mismo barco” y padre del concepto “modernidad líquida” (porque considera que vivimos en una sociedad en la que se licúan todos los valores sólidos de antes: religión, familia, pareja, trabajo para toda la vida) predice que, en el futuro, todo el trabajo será automatizado y que el mundo, como una gigantesca cooperativa, distribuirá los recursos para que todos sus habitantes seamos mantenidos con vida.

En lo que coincide con Paul Mason, quien asegura que “una renta básica para todos es imprescindible”.

Ya Karl Marx, en 1858, imaginó en su libro “El Fragmento en las Máquinas” un mundo en el que el trabajo de las máquinas sería producir y el de los hombres sería sólo el de supervisarlas.

Y profetizó que la información sería almacenada y compartida en un “intelecto general”, la mente de todos conectada por el conocimiento social, en el que cada mejora beneficia a todos.

¿La Red, otra vez?

La mujer, como agente de cambio, está llamada a ejercer un rol protagónico en esta transformación de paradigma. Desde siempre se ha sentido identificada con la acción fluida, horizontal, de cooperación, que es uno de los pilares del ecofeminismo  y que se contrapone a los estamentos del poder patriarcal, rígidos, jerárquicos y verticales.

Por lo que la sociedad que se está perfilando será, seguramente, más femenina, más colaborativa, ecológica, tecnológica y solidaria.

Del 19 al 22 de abril se reunirán en Málaga, España, más de 400 expertos y varias organizaciones representativas de las nuevas economías en el Foro Global de Nueva Economía e Innovación Social (NESI).

Su objetivo es co-crear una narrativa común hacia una Nueva Economía centrada en las personas y orientada hacia el bien común, para que sirva de hoja de ruta a los gobiernos y las empresas.

Como se afirma cada año con optimismo en el Foro Mundial Social , “otro mundo es posible”.

Estamos al principio del camino…

 

 

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Sufragistas marchando por Londres (1907)

Sufragistas marchando por Londres (1907)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las mujeres siempre hemos conectado profundamente con la naturaleza, sabedoras de que nuestra sangre se armoniza con las mareas, con los cambios de luna y de estación.

Durante la prehistoria aprendimos a recolectar los frutos y a guardar las semillas para volver a plantarlas, dando así comienzo a la agricultura. Pronto descubrimos las propiedades curativas de las hojas y las raíces y eso nos convirtió en las primeras médicas.

Parimos a los niños, cuidamos a los enfermos y amortajamos a los muertos. Siempre ocupadas en preservar y transmitir la vida, nutrimos y protegemos, hilamos la lana y la tejemos para dar calor a los nuestros.

Sin embargo, en casi todas las culturas actuales se nos considera ciudadanas de segunda categoría y se nos maltrata -y hasta asesina- para someternos.

Fue en 1792 cuando Mary Wollstonecraft, con su “Vindicación de los derechos de la mujer”, comenzó a defender el derecho al trabajo igualitario y a la educación de las mujeres, así como a su participación en la vida pública, iniciando con ello el movimiento feminista contemporáneo.

No fue hasta los albores del siglo XX en que las sufragistas, ridiculizadas por sus detractores y abriéndose paso a paraguazos para proseguir su marcha reivindicativa por las calles de Londres, consiguieron su objetivo.

Primero Nueva Zelanda y Australia en 1893, seguidas por Rusia en 1906, Noruega en 1913, Dinamarca en 1915, Alemania en 1918, Estados Unidos en 1920, Suecia en 1921, Gran Bretaña en 1928, España en 1931, Francia e Italia en 1945, aprobaron el derecho a voto de la mujer.

Pero no fue hasta 1981 que la Asamblea General de Naciones Unidas ratificó la “Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer”.

El año pasado, en octubre de 2016, las mujeres polacas, siguiendo el ejemplo de las islandesas en 1975, realizaron una huelga de un día, que tuvo mucha repercusión en todo el mundo.

Ese mismo mes, las mujeres argentinas bajo el lema “Ni Una Menos” organizaron un paro de una hora y movilizaciones masivas que repercutieron en América Latina y el Caribe.

Así surgió la convocatoria Paro Internacional de Mujeres (PIM), que convoca a una manifestación y paro para el próximo miércoles 8 de marzo, Día de la Mujer.

Agrupa a casi 30 países, incluyendo Argentina, Australia, Bolivia, Brasil, Chile, Costa Rica, la República Checa, Ecuador, Inglaterra, Francia, Alemania, Guatemala, Honduras, Islandia, Irlanda del Norte, la República de Irlanda, Israel, Italia, México, Nicaragua, Perú, Polonia, Rusia, Salvador, Escocia, Corea del Sur, Suecia, Togo, Turquía, Uruguay y Estados Unidos, además de muchos otros que están en contacto para unirse en un futuro próximo.

Bajo el lema “Solidaridad es nuestra arma” su proclama comienza diciendo: “Nosotras, las mujeres del mundo, estamos hartas de la violencia física, económica, verbal o moral dirigida contra nosotras. Y no la vamos a tolerar pasivamente. Somos solidarias y estamos unidas, en todo el mundo, para defender nuestros derechos humanos”.

Hace exactamente 2.428 años, en el 411 a C,  Aristófanes estrenaba su comedia “Lisístrata” en el Teatro Lenaico de Atenas, durante las fiestas dionisíacas, un antiguo recuerdo de las épocas matriarcales que habían durado más de 30.000 años, desde el Neolítico hasta el período micénico, en las que las mujeres habíamos regido los destinos del mundo.

En “Lisístrata” las mujeres de toda la Hélade, cansadas de la guerra y convocadas por Lisístrata, se rebelan contra los hombres y deciden no volver a tener relaciones sexuales con sus maridos hasta que éstos no hagan la paz.

Hoy la lucha es diferente, hoy defendemos nuestras propias vidas. Y nos rebelamos contra el  terrorismo doméstico que nos mata, los valores patriarcales que nos humillan, los sueldos inferiores que nos discriminan y la pornografía que denigra nuestra dignidad.

Las feministas de la segunda oleada, que llevamos más de 40 años bregando por la plena igualdad y que hemos contemplado cómo esta reivindicación avanzaba paso a paso, hemos tenido que esperar hasta el siglo XXI  para ver la presente marea planetaria, masiva, arrolladora, de la mitad femenina de la humanidad que clama por sus derechos.

“Las mujeres sostienen la mitad del cielo, porque con la otra mano sostienen la mitad del mundo”, dijo Mao Zedong.

Le faltó agregar que, unidas, somos imparables…

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Cuando los ingleses colonizaron la India descubrieron el maravilloso tesoro forestal de sus interminables bosques.

Y entonces comenzó la tala indiscriminada de árboles para la insaciable industria maderera, regenteada después por los propios indios.

Hasta que, en la década de 1970, comenzaron a verse las desastrosas consecuencias de la deforestación: los arroyos desaparecían, se producían grandes inundaciones con desprendimientos de tierras, las sequías se agravaban y había una mayor escasez de combustible y de alimento para el ganado.

Las campesinas indias, humildes y analfabetas, sabían bien que los bosques eran los que les proveía de todo lo necesario para el sustento: el agua, la comida, el combustible, el forraje y las medicinas.

Por lo que decidieron abrazarse a los árboles para evitar que los cortaran…

Y se enfrentaron con las manos desnudas a los poderosos intereses económicos de la, hasta entonces, principal industria de la India. También chocaron con sus maridos, que se quedaban sin sus principales ingresos.

Los funcionarios forestales las intimidaron y presionaron para que abandonaran su protesta. Les dijeron que eran unas tontas ignorantes,  pero ellas respondieron cantando juntas:

¿Qué dan los bosques?

Dan agua, tierra y aire puro.

Sustentan la Tierra y todo lo que ella da…”

Así nació el movimiento Chipko, que significa “abrazo”.

En 1978, unas devastadoras inundaciones demostraron que las mujeres Chipko habían tenido razón. Y en 1981 el gobierno prohibió la tala de árboles. Poco después, el movimiento Chipko, ya organizado, inició una campaña masiva de plantación.

Observando atentamente lo que pasaba, una joven universitaria que estudiaba física nuclear decidió unirse a las Chipko y se convirtió en una de sus principales activistas. Era Vandana Shiva.

Más tarde, Vandana compaginó su brillante carrera con la tarea de luchar por sus ideales. Física, filósofa y escritora, pionera del ecofeminismo, directora y fundadora de la Fundación para la Investigación de la Ciencia, la Tecnología y el Medio Ambiente, galardonada con el premio Nobel Alternativo en 1993, Vandana Shiva recorre el mundo dando conferencias a favor de la paz  y del cuidado de la vida.

El ecofeminismo, del que es abanderada, representa la convergencia entre la ecología y el feminismo, una síntesis tan antigua como la vida misma. Desde siempre las mujeres han estado a cargo de las tareas del cuidado y del mantenimiento de la vida.

Por eso Vandana Shiva se aleja del concepto feminista tradicional que pretende el “empoderamiento” de las mujeres. El control del poder es un concepto patriarcal, asegura, que se basa en la dominación de la naturaleza y de los seres débiles: mujeres, niños y animales.

Puntualiza: “La globalización es el clímax final del capitalismo que se va extendiendo, que alcanza sus límites. El capitalismo es racista y patriarcal, tiene miedo a todo lo que está vivo y es libre en sus propios términos: una abeja, una mariposa, un niño, una mujer, un hombre. La libertad le resulta amenazante y quiere aprisionarla.  Somete a las mujeres, acobarda a los niños, fumiga los insectos.  Si no lo frenamos, el patriarcado destruirá el planeta”.

Basado en la llamada “Nueva Ciencia” (la microbiología, la física cuántica, la cibernética, la teoría de sistemas y la teoría del caos) el ecofeminismo proporciona una visión más holística del cosmos, más próxima a la cosmovisión indígena, que concebía a la tierra y al universo como un tejido interconectado.

La Gaia griega, la Pachamama americana, la Diosa Madre de los minoicos , que está viva, nos contiene y nos sustenta…

Según el ecofeminismo el patriarcado y su sistema de jerarquías someten, explotan y aniquilan de la misma manera a la tierra y a la mujer. Por lo que propone una alternativa: la biocivilización, que reconoce los derechos de todas las especies y los derechos de la naturaleza.

“La tierra está viva , es sagrada y es la conexión entre todos los seres vivos”.

Vandana Shiva ha percibido que las mujeres campesinas están profundamente ligadas a los ritmos y ciclos de la naturaleza, que comprenden y respetan. Por lo que poseen conocimientos y habilidades muy valiosos para la construcción de la paz.

“Las mujeres producen, reproducen, consumen y conservan la biodiversidad, son las guardianas de las semillas desde tiempos inmemoriales. Generación tras generación, durante miles de años, las mujeres han sido las parteras de la agricultura. ¡Y ahora nos piratean las semillas! Grandes corporaciones como Monsanto las modifican y las patentan…”

Sonríe y agrega:

“Pero somos valientes. Cada vez que flaqueo, pienso en aquellas que abrazaban los árboles y me vuelve la fuerza. ¿De dónde viene esa fuerza? De la hierba que piso, de la Tierra misma. El poder de la naturaleza está en nosotras”.

 

 

 

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jovenesdioses
Al finalizar esa azarosa etapa de la vida que es la adolescencia, cuya travesía equivale a transitar por una zona pantanosa plagada de misterios y peligros, recalamos en un valle mágico, soñado: la veintena.
¡Ah, los veinte años!..
Esos veinte años repletos de promesas…
Los veinteañeros (lo recordamos muy bien) miran con desprecio a los menores de esa edad. Claro, acaban de pasar por eso y conocen perfectamente sus incertidumbres y sus inseguridades. Que ellos han superado, naturalmente.
El joven (o la joven) de veinte años ya no tiene granitos en la cara, ha elegido su futura profesión, ya no le teme a sus padres, conoce su cuerpo y lo usa.
Es la edad de oro del organismo, la plenitud física, la cumbre del desarrollo corporal.
Nunca fueron, ni volverán a ser, tan bellos, tan sanos, tan fuertes, tan enérgicos.
El futuro se abre ante ellos, ofreciéndoles el más amplio abanico de posibilidades.
A los veinte años, todo es posible. Premios de belleza, becas de estudio, trofeos deportivos, amores inolvidables.
La capacidad de soñar, de amar, de imaginar, está todavía intacta.
Es por eso, quizá, que también compadecen a los ‘veteranos’, los de más de treinta años, a los que encuentran un poquito cómicos.
¡Cuántos temores, cuántas quejas, cuántos problemas se hacen por todo!
Si la vida es tan fácil…
Y el que lo dude, no tiene más que preguntarle a un veinteañero.
Él (o ella) le explicará con absoluta seguridad cómo son las cosas.
Qué hay que comer, cómo hay que criar a los hijos, qué se debe hacer para conservar una pareja feliz toda la vida…
Ellos lo saben todo.
Tienen la juventud eterna de los dioses, ya que jamás se plantean la idea de la muerte. Eso es para la gente muy, muy vieja. Para llegar a ella faltan como ochocientos años, una eternidad…
Después, los meses y las estaciones se suceden.
El tiempo comienza a pasar, también para ellos, los jóvenes dioses.
La arrogancia, esa orgullosa armadura que brillaba al sol cuando partieron, comienza a mellarse bajo los golpes de la vida.
Una que otra desilusión. Algún amor contrariado. Una traición. La muerte de un amigo…
A partir de los veinticinco comienzan a desplegarse las defensas: “Jamás seré como tu amiga Silvia, ni cuando tenga cuarenta”; “No pienso ser un mediocre como mi papá”; “Yo jamás me divorciaré”…
Sí, chicos, vosotros también os arrugaréis, fracasaréis, os aburriréis y os divorciaréis, sufriréis y os moriréis.
Pero por cada arruga habrá un beso y por cada nube un rayo de sol.
Así es la vida.

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El tema de las energías renovables parece estar siempre presente. No es para menos: gran parte de nuestra civilización se mueve impulsada por esta fuerza lograda a través de combustibles, masas hidráulicas, desintegración de átomos y otros medios. En todos los países occidentales se trabaja incesantemente en la manera de aprovechar al máximo la luz solar así como otras energías alternativas y sostenibles.

Recuerdo un consejo que escuché repetidamente en los medios de comunicación de Estados Unidos hace unos años, cuando allí atravesaron una crisis energética: Save Energy (ahorre energía).

La frase hizo saltar en mi cerebro la chispa de la reflexión sobre nuestras propias fuerzas, nuestra propia energía.

¿Cómo administramos nuestros impulsos vitales? ¿Tenemos la sensatez de ‘apagar las luces’ cuando abandonamos una habitación mental o de calcular cuándo, cómo y de qué manera gastaremos nuestros voltajes diarios? ¿Prevemos, como lo haríamos con cualquier máquina, un período de descanso para que se enfríe el motor, para que no se gasten las piezas de forma exagerada y terminen girando enloquecidamente?

No, lamentablemente.

Solemos actuar con el convencimiento infantil de que somos todopoderosos, inagotables y eternos, como el cosmos.

¡Ay, cuánta razón tiene la Biblia cuando castiga duramente el pecado de soberbia, el padre de todos los pecados, el que nos hace competir con lo verdaderamente inmutable! No acostumbramos a dimensionar nuestros motores cotidianos, preparando pequeños descansos, ligeros refrigerios, breves recreos para el espíritu.

Tampoco lo hacemos, mucho menos, en el sentido global de la vida, planeando alguna forma de existencia placentera y descansada para nuestra tercera edad. Siempre me sorprende que la gente se quede atónita al descubrir signos de envejecimiento en la propia persona o en los demás. Pareciera que la declinación de los bríos, tan natural en todo ser vivo, fuera un accidente inesperado; que la vejez ‘aconteciera’ de repente, como un mazazo en la nuca, en lugar de transcurrir con la previsible graduación de matices de cualquier atardecer…

Gran parte de la responsabilidad sobre esta forma de pensar la tiene nuestra cultura occidental, que ignora lo que los orientales conocen muy bien: el valor del vacío.

Vivimos acicateados hacia la acción constante. ¿Es ella siempre fructífera? ¿No nos agotamos a veces, inútilmente, como el hamster que galopa dentro de la rueda de su jaula?

Este concepto de la importancia de ‘lo que no es’ parece a primera vista una sofisticación del Oriente, un delirio intelectual, una metafísica oscura, absurda e incomprensible.

Sin embargo, el principio fundamental del arte marcial conocido como judo, que es el de aprovechar la fuerza del adversario, existe, y es muy efectivo.

También se probó eficaz la hipótesis de Mahatma Gandhi sobre la ‘no-violencia’, por cierto oriental como el primero y basada en la misma filosofía, que obligó a retirarse de la India a uno de los imperios más poderosos de la Tierra.

Se habla siempre de la fuerza de la presencia. ¿Y qué de la fuerza de la ausencia? El que ha padecido la orfandad o la viudez o cualquier otro tipo de carencia afectiva producida por la falta de un ser querido, sabe muy bien que la ausencia es mucho más poderosa que la presencia.

Todos conocemos la validez de una frase dicha a tiempo, de algún gesto airado que puso las cosas en su lugar para algún desubicado. Pero poco se dice sobre el peso que suele tener un silencio, la inacción, la falta de reacción ante un agravio. La abstención. Hay mutismos que valen por mil palabras, silencios que duelen más que una lluvia de reproches y que dejan cicatrices más profundas.

Alguna vez hemos cometido, o padecido en carne propia, el pecado de omisión.

Regreso obligadamente a Gandhi a raíz de la frase que pronunció a propósito de la ira, y que decía más o menos así: “La injusticia me enfadaba muchísimo, me sacaba de mis casillas. Hasta que un día me dí cuenta de que enojarme me cansaba y disminuía mi fortaleza. Que la ira reprimida se transmutaba en energía pura, que era la que me mantenía luchando”.

Y quien decía ésto no era, como se pretendió, un santón o un místico. Era el hombre de acción, el político sagaz, el experto en el manejo de sus ímpetus, al extremo de vivir, de acuerdo con su esposa, en un perpetuo estado de castidad sexual desde los treinta años “para preservar el vigor mental”…

La monumental obra de filosofía china, el Tao Te Ching fue edificada sobre uno de los más sólidos pilares: el wey-wu (‘el hacer no haciendo’ o doctrina de la acción) y se aplica a la ley del movimiento.

Este principio, más cosmogónico que religioso, postuló seiscientos años antes de Cristo algunas verdades sobre la dinámica que recién en el siglo XX fueron refrendadas por la física moderna, como los principios del Yin y del Yang (ánodo y cátodo) cuya alternancia caracteriza a la vida biológica y natural. Al movimiento Yin (contracción) sigue el Yang (expansión) caracterizándose esta discontinuidad por su rítmo previsible y regular, tan constante e incesante como las sístole y diástole del corazón.

Dice el Tao Te Ching en su poema número 11, La utilidad de la nada:

Treinta rayos convergen hacia el centro de una rueda, pero es el vacío del centro el que hace útil a la rueda.
Con arcilla se moldea un recipiente, pero es precisamente por el espacio que no contiene arcilla por el que lo utilizamos como recipiente.
Abrimos puertas y ventanas en una casa, pero es por los espacios vacíos que podemos utilizarla.
Así, de la existencia provienen las cosas y de la no-existencia su utilidad.

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Había una vez una biblioteca maravillosa.
Estaba en Alejandría y había sido fundada a orillas del río Nilo por Ptolomeo I, rey de Egipto, unos cuatrocientos años antes de la era cristiana.
Contenía todo lo que las mejores mentes de la Antigüedad habían reunido hasta ese entonces sobre matemática, física, biología, literatura, astrono­mía, geografía y medicina.
Fue, hasta su destrucción siete siglos después, el cerebro y el corazón del planeta.
La Biblioteca, deslumbrante creación para su tiempo, estaba conectada con la Universidad y, entre ambas, habían conformado lo que podría entenderse como la primera ciudad universitaria del mun­do.
Por sus espacios deambularon literatos, comediógrafos y lingüistas como Aristófanes y Zenodo; Euclides, el fundador de la geometría, el médico Herófilo, el astrónomo Aristarco, el geógra­fo Eratóstenes, físicos como Arquímedes y Herón.
Allí también funcionaba un centro de copiado y registro de publicaciones que llegó a almacenar en sus anaqueles 500.000 manuscritos hacia el siglo 111 a.C. También contó con una oficina de registro legal de todo texto que llegaba.
El último científico que trabajó en ella fue una mujer, Hipatia, que era matemática, astrónoma, física y jefa de la escuela neopla­tónica de filosofía.
Este asombroso manojo de talento e inteligen­cia poseía además, una gran belleza. Los pretendientes a su mano fueron incontables.
Pero Hipatia jamás se casó: había prometido (como habría de hacerla también algún día Sor Juana Inés de la Cruz, otra beldad admirablemente lúcida) dedicar su vida al estudio.
Y así lo hizo. En una época en que las mujeres no eran más que objetos de propiedad intercambiables entre los hombres, meras piezas de ajedrez, Hipatia fue libre y respetada.
Lo que, por supuesto, despertó sospechas y le ganó enemigos. Eran los suyos tiempos difíciles, conflictivos, tensionados entre la muriente civilización clásica y el naciente cristianismo, que proponía valores distintos.
Cirilo, arzobispo de Alejandría, odiaba a Hipatia. Por la amis­tad que ella mantenía con el gobernador romano y por ser un símbolo de cultura y de ciencia, lo que algunas mentes estrechas de la Iglesia primitiva confundían con paganismo.
A pesar del peligro que corría, Hipatia continuó enseñando y publicando. Hasta que un día del año 415, cuando iba a trabajar a la Biblioteca, cayó en manos de una turba fanática.
La bajaron violentamente del carruaje, desgarraron sus vesti­dos, la violaron y, armados con filosas conchas marinas, la desollaron viva y le arrancaron la carne de los huesos.
Sus restos fueron quema­dos, sus obras destruidas, su nombre olvidado.
Poco después, ese monumento de la cultura universal que era la Biblioteca de Alejandría, comenzó a sufrir el embate de guerre­ros y emperadores.
Los saqueos e incendios la devastaron, por acción de Julio César y Diocleciano y, por fin, supuestamente, del Califa Omar (aunque hoy se cuestiona su participación en estos hechos).
A éste último la leyenda le atribuye las siguientes palabras: “Si lo que estos libros contienen está en el Corán, los libros sobran; y, si lo que contienen no está en el Corán, mienten”.
El célebre dilema de Omar se convirtió, desde entonces y para toda la humanidad, en el paradigma de la intolerancia y el fanatismo religiosos.
Por obra de unos u otros, la Biblioteca acabó constituyendo una inmensa hoguera.
La mayor parte del saber que la humanidad tenía hasta ese entonces, los descubrimientos, las ideas, las pasiones, quedaron irrevocablemente destruidos.
La pérdida fue, y es, incalculable. Baste saber que de las 123 obras teatrales de Sófocles, el famoso dramaturgo griego, que existían en la biblioteca, tan sólo sobrevi­vieron 7, entre ellas Edipo rey y Antígona.
Occidente se hundió, entonces, en mil años de tinieblas y de barbarie, hasta Colón y Copérnico.
Autoamputación monstruosa, mutilación del cerebro infligida por la propia mano que los habitantes de este planeta no debería­mos jamás olvidar. Para que no vuelva a suceder.
En 1987, desde París, llegó la buena nueva: el director general de la Unesco había anunciado que la Biblioteca de Alejandría sería reconstruida en el mismo lugar donde una vez estuviera.
Hoy es una realidad y, desde 2003, está abierta al público.
Al ver las fotos de sus impresionantes salas no pude menos que recordar a Hipatia.
A esa heroína de la cultura que librara la última, desesperada, solitaria batalla por defender la Biblioteca de Alejandría.
Para ella estas líneas de homenaje que le rindo, como mujer y como escritora.
En su recuerdo, recomiendo abrir la siguiente galería de imágenes de la nueva Biblioteca de Alejandría: alexandrialiabrary2-2-from_thirios

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Hace unos días me sorprendí recomendándosela fervorosamente a una amiga que reside en París. “No es una novedad”, le decía yo, “pero…” ¿Una novedad? Caramba, Madame Bovary, ciento cincuenta años después de su publicación, es un verdadero clásico.

La leí, por primera vez, a escondidas, a los doce años. La leí por última, en francés, la semana pasada. ¿Cuántas relecturas en el intermedio? Infinitas –calculo- y desde todos los ángulos, desde aquel completamente sensiblero de la jovencita que alguna vez fui hasta el más despiadado que puede concebirse: el de escritora. Sólo un escritor sabe lo que se siente cuando debe viviseccionar la obra de otro, descuartizarla, examinarla hasta en el más ínfimo detalle. Esto supone, por supuesto, destrozar la arquitectura pacientemente montada de la estructura vertebral, desnudar los fantasmas que fueron los móviles, separar cada página, cada frase, y colocarlas bajo la lupa.

Sin embargo… cada vez que lo hago con esta estupenda novela de Flaubert me cuesta horrores tomar el bisturí y desgarrar la tersa piel de Emma, la protagonista. La obra es tan atrapadora que resulta penoso salir de ese ameno universo paralelo, quitarse las gafas de simple lectora y cumplir con el deber autoimpuesto de cualquier escritor que se precie: investigar. Supongo que el mejor, tal vez el único, modo de probar la calidad literaria de cualquier libro es éste: ¿cuánto tiempo nos lleva descubrir lo que oculta bajo el maquillaje? ¿Lo hacemos con ganas?

Cuando comenzó a escribirla, Gustave Flaubert tenía solamente veinticinco años. Todavía no había publicado nada, pero no era un debutante: los cajones de su escritorio estaban repletos de manuscritos que acumulaba desde hacía más de diez años. En su mayor parte eran muy románticos: algunos autobiográficos, otros fantásticos y desesperanzados, influenciados por Byron, Edgar Quinet y Rabelais. Entre ellos, uno que era el orgullo del joven Flaubert: La tentación de San Antonio, que decide hacer leer a dos de sus amigos más esclarecidos, Louis Bouilhet y Maxime Du Camp. El veredicto unánime, descarnado, no podía ser peor: La tentación… era un mamotreto ilegible. Una recomendación: el autor debía superar estas verborragias farragosas siguiendo una severa cura de rigor, de temas simples y opacos.

Flaubert, dispuesto a todo, acepta. Bouilhet propone: un médico de Ris, ciudad cercana a Rouen, el doctor Delamarre, acababa de perder a su mujer en circunstancias dramáticas. Era joven, era ninfómana, había tenido amantes, se había suicidado tragando arsénico después de algunas aventuras sórdidas. La desdichada Delfina, del burgo normando, interesa a Flaubert. La convierte en Madame Bovary.

Aunque muchos eruditos hayan hurgado en esta historia real, poco han encontrado de ella en la novela. ¿De dónde ha sacado Flaubert esos conocimientos tan exactos de la psicología femenina, esa manera singular, casi perversa, de describir los itinerarios secretos de la sensualidad, de las fantasías de una mujer joven? De su amante de esos años, la poetisa Louise Colet –aseguran algunos- la que se “reconocía, con furor, en el retrato de Emma”. Ella es la que ha revelado a Gustave las lecturas, los sueños, los gustos aristocráticos, el esnobismo de sus años mozos. La que, en suma, le ha descubierto la idea del “bovarysmo”.

Por último, no olvidar la ya célebre frase que pronunció el autor, cuando le preguntaron en qué personaje de la vida real se había basado para su “Emma”: “¡Madame Bovary soy yo!…” Sincera hasta el tuétano. Prisionero de su imaginación, poseído por más demonios de los que aparentaba, Flaubert sabía muy bien que el amor cerebral –religioso o sensual- podía irrigar con generosidad toda una vida.

Pocos meses antes de su publicación, en enero de 1857, Madame Bovary fue acusada (y por ende su autor) de atentar contra la moral pública y la religión. Flaubert fue juzgado y absuelto después de un proceso que duró varias semanas.

Si bien la absolución del novelista lo liberó de culpas y cargos, la publicación, en 1949, de los “escenarios” del libro demuestra que su autor se representaba el argumento en forma mucho más cínica, más brutal, de lo que los velados pasajes de la novela pueden dar a entender. He aquí su método de trabajo: imaginaba una escena. Luego la escribía en forma de diálogo, con detalles tan crudos y tan escabrosos que resultan –aún hoy- impublicables. Luego reescribía ese “escenario” tantas veces como fuera necesario hasta hacerlo digerible a la sensibilidad del público. Los “escenarios”, manuscritos en viejos cuadernos, han quedado intactos para la posteridad y constituyen uno de los más ricos materiales de la génesis de Madame Bovary.

Mucho se ha dicho sobre Flaubert, sobre su realismo, sobre su humanismo, sobre la “nueva novela”. Existe, quizás, un malentendido. El rigor no es conciliación y el escepticismo no es un canto a la condición humana. Flaubert ha repetido: “Las emociones son sensaciones inferiores del alma”. Helado Flaubert.

Para comprender el verdadero carácter de la obra hay que recordar que Madame Bovary fue escrito como una suerte de penitencia, como un ejercicio destinado a limpiar su paleta y a imponerle la sobriedad. Es una ruptura con el pasado, con todo lo que Flaubert ha amado y también con sus tendencias más profundas. Durante los cinco años que dura la redacción, Flaubert no deja de hablar de ella como de una pesadilla.

Las quejas comienzan casi con la primera página: “Mi maldita Bovary me atormenta y agota” escribe a sus amigos, “estoy más cansado que si subiera una montaña, me aburre terriblemente”. Años más tarde, cuando iba por la mitad: “Debo entrar a cada minuto en pieles que me son antipáticas, la fetidez del fondo me dá náuseas… En San Antonio estaba como en mi casa. Aquí, tema, personajes, efectos, todo está fuera de mí. Este libro no es de mi sangre, no lo llevo en mis entrañas. Es sólo un acto de disciplina”.

Flaubert estudió “las humedades del alma” –como él las llamaba- con el mismo cuidado con que había estudiado las religiones humanas y las ensoñaciones de los sabios para escribir La tentación de San Antonio. Según Maurice de Bardèche, uno de sus críticos, Flaubert no era un realista sino un “concienzudo”.

Toda obra maestra es un misterio. Madame Bovary sigue siendo un milagro que todavía nos oculta Flaubert. Ni la potencia del autor, ni su nihilismo absoluto, ni el inmenso olimpo enciclopédico que se había construído y donde leía amargamente el destino de los hombres, nada de todo esto, que era Flaubert, ha pasado a su obra que se le ha hecho llevar en brazos como una ofrenda que los dioses le hubieran encargado de presentar. Flaubert, que aborrecía a los burgueses, es elegido para la posteridad por la más burguesa de las novelas francesas.

En sus propias palabras: “El autor debe ser en su obra como Dios en el universo, presente en todos lados y visible en ninguna parte… El hombre es nada, la obra todo”.

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