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Archive for 30 junio 2011

Stéphane Hessel, en una foto reciente.


Stéphane Hessel tiene 94 años y hace pocos meses ha publicado un librito, Indignez-vous! (‘¡Indignáos! Un alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica’) , que ha vendido más de un millón de ejemplares en Francia, España y el resto de Europa.
¡Indignáos!, prologado en su edición en español por José Luis Sampedro (93 años) ha sido la chispa que, como decía Mao, ha incendiado la pradera, para después convertirse en la antorcha enarbolada por las protestas de España y Francia del mes pasado, así como de los movimientos ¡Democracia Real YA! e Indignados 15-M.
Pero ¿quién es Hessel?
En su juventud fue un valeroso miembro de la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que fue capturado y torturado por la Gestapo y recluído en los siniestros campos de concentración de Buchenwald y Dora-Mittelbau.
Más tarde se convirtió en emimente militante y político francés, desempeñándose también como diplomático y escritor. Decidido participante en la reconstrucción europea de posguerra, fue embajador de Francia ante la ONU y uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.
Ahora acaba de publicar un segundo libro, Engagez-vous! (‘¡Comprometéos! Ya no basta con indignarse’) en el que convoca a la juventud a sacudirse la indiferencia y a luchar contra la desigualdad social y la degradación medioambiental y en defensa de los derechos humanos.
Señalando la enorme brecha que separa hoy a la clase política de los ciudadanos, da la voz de alerta sobre el retroceso de todos los avances sociales de la segunda mitad del siglo XX que después de tantos esfuerzos logró su generación.
Desde estas páginas, afirma: “Comprometerse significa abrirse al mundo que nos rodea. Supone decir, en contra del determinismo histórico, que hay algo para inventar. Es lo contrario del derrotismo y la resignación”.
Con el carisma, el poder de convicción y la autoridad moral de los verdaderos líderes, su mensaje ha penetrado profundamente en los jóvenes de hoy, convirtiéndose en un poderoso revulsivo contra el letargo y el conformismo que suponen los valores individualistas y hedonistas de nuestra sociedad.
“No basta con indignarse ante la injusticia del mundo, como si se tratara de un vasto panorama… La injusticia se presenta ante mi puerta, ahora, de manera inmediata”, los arenga Hessel.
Y ellos han respondido, sublevándose pacíficamente como ya lo hiciera la juventud árabe esta primavera.
Estamos, sin lugar a dudas, ante fenómenos propiciados y posibilitados por Internet y las redes sociales…Comienza una nueva era de la humanidad con sus propios desafíos.
¿Desembocará, tal vez, en una democracia planetaria que promulgará leyes y tomará decisiones instantáneamente a través de las nuevas tecnologías?
Stéphane Hessel, convertido en auténtico ídolo de los jóvenes, dice que sus libros convocan a la acción contra la tiranía de los mercados y por la dignidad humana, pero que no proporciona soluciones, sugiriendo que éstas se encuentran en obras como La Voie (La vía), de Edgar Morin, o el ensayo de Susan George, del movimiento altermundialista Attac, Sus crisis, nuestras soluciones.
El indudable protagonismo de estos nonagenarios, Hessel y Sampedro, nos deja, asimismo, una valiosa lección: hay vida hasta el final de la existencia, hay luchas hasta el último día, hay victorias hasta el final…
En el anochecer de la vida, cuando muchos ancianos sólo se preocupan por sus dolores de huesos, añoran la juventud perdida y temen la proximidad de la muerte, hay otros en cambio que no se rinden, y, trascendiendo su propia y limitada condición humana, continúan construyendo el mundo del futuro e influyendo poderosamente sobre el presente.

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“La comida es vida. Pero tiramos más de la mitad a la basura. En su mayor parte, antes de que llegue a nuestra mesa ¿Quién es el responsable y quién paga por ello?..”
Así comienza el reportaje Taste the Waste (Saborea el Desperdicio), un documental del ecologista alemán Valentin Thurn, quien ha investigado la magnitud de este despilfarro mundial aunque los principales protagonistas sean las regiones más desarrolladas del planeta, Europa y Estados Unidos.
Después de hablar con administradores de supermercados, panaderos, inspectores de mercados mayoristas, agricultores, ministros y políticos de la UE, Thurn ha descubierto un sistema mundial de escandaloso derroche de alimentos, en el que todos participan.
Más de las dos terceras partes de este despilfarro, un 70 % del total (más de 500.000 camiones al año) lo llevan a cabo los productores de alimentos y los supermercados, ambos por tiranía del mercado y antes de que los productos lleguen a la mesa familiar.
Sólo en Alemania, más de 20 toneladas de alimentos perfectamente comestibles se tiran cada año al contenedor. En Gran Bretaña van a la basura 484 millones de yogures sin abrir, 1,6 billones de manzanas sin tocar (27 por persona) y 2,6 billones de rebanadas de pan.
Y la cifra va en aumento…
La sociedad de consumo fomenta el hábito hedonista y caprichoso de comprar cada vez más, para tirarlo a la basura y volver a comprar.
Se pretende que los alimentos estén disponibles las 24 horas del día. Los supermercados tienen constantemente toda la gama de productos en oferta; el pan en las estanterías debe estar fresco hasta altas horas de la noche y las fresas en stock durante todo el año.
Y con buen aspecto: una hoja de lechuga marchita, una patata agrietada o una mancha en una piña hace que esos alimentos sean retirados inmediatamente.
También hay que tener variedad de productos en casa y en abundancia, por si acaso se nos ocurre comer algo diferente a último momento, de capricho, aunque debamos tirarlo después a la basura sin haberlo consumido.
Los alimentos deben ser bonitos y de apariencia impecable: patatas de igual tamaño, tomates muy rojos, manzanas brillantes… Hacemos la compra sólo una vez a la semana para regresar a casa cargados de alimentos variadísimos que quizás no llegaremos a probar.
Este consumo desenfrenado hace que el mercado facture sumas prodigiosas, por lo que sigue tentándonos con patatas cada vez más perfectas, tomates más rojos y manzanas más brillantes… Cuanto más se tira, más se consume y más suben los precios.
Los supermercados retiran los productos que van a caducar antes de los seis días de su vencimiento, porque los clientes ya no los querrán y temen decepcionarlos y que dejen de comprar.
Y, por esa misma razón, los productores tiran el 50 % de lo que producen a la basura o lo dejan pudrir en los campos, porque los intermediarios no les compran ni las patatas demasiado pequeñas ni las demasiado grandes ni las que tengan marcas, los pepinos torcidos (porque no caben en las cajas), los tomates no lo suficientemente rojos, etc, etc…
Sólo de pan se tiran 3 millones de toneladas al año en la UE, ya que se hornea un 20 % más de lo necesario a fin de que el cliente no vea los anaqueles vacíos o para no decepcionar al distraído que viene a comprar en el último momento.
Los agricultores, que saben lo que cuesta producir estos alimentos, detestan ese despilfarro. En el filme uno de ellos dice con sabiduría: “Todo lo que comemos está vivo, hasta una lechuga. La vida viene de la vida. Tirar alimentos es tirar vida, la vida de otros”.
Felicitas Schneider, del Instituto de Gestión de Residuos de Viena, Austria, una de las primeras en interesarse por este dispendio, afirma: “La gente no es consciente del dinero que desperdicia, en los hogares particulares se tira unos 100 kg de comida comestible al año, que les supone unos 400 € y que representa un 30 % del despilfarro global”.
Sin embargo, cada segundo que pasa muere de hambre un niño en el mundo…
Se calcula que con los alimentos que se tiran en las sociedades desarrolladas podría alimentarse tres veces a todos los hambrientos del planeta.
Pero eso no es todo. Nuestros hábitos de consumo salvaje no sólo son obscenamente injustos con el resto de los humanos sino que producen efectos nocivos en el medio ambiente y desastrosos sobre el clima mundial.
La agricultura devora enormes cantidades de energía, agua, fertilizantes y pesticidas. Se tala la selva tropical, con lo que se provoca un aumento de más de un tercio de los gases de efecto invernadero. A su vez, cuando la basura orgánica se pudre en los vertederos produce gas metano que envenena la atmósfera, con un impacto sobre el calentamiento global 25 veces mayor que el del dióxido de carbono
A pesar de todo ésto, algo comienza a cambiar. Por lo pronto, estamos tomando conciencia de este derroche, el primer paso para evitarlo.
Y mucha gente está ya trabajando en ello: si pudiera salvarse solamente la mitad de la basura evitable ésto tendría el mismo efecto sobre el clima mundial que el quitar uno de cada cuatro coches de nuestras carreteras.
Organizaciones como los bancos de alimentos europeos trabajan para redistribuír parte de la comida deshechada a gente sin recursos, aunque les resulta materialmente imposible hacerse cargo de las toneladas de residuos comestibles que se descartan.
En Colonia, Alemania, se ha creado la organización Taste the Waste para combatir el derroche alimentario. Por todos lados proliferan los dumpster-divers (buceadores de contenedores), que reciclan alimentos para sí mismos o para otros. Por su parte, los Freegans conforman un movimiento que propicia una vida basada en una limitada participación en la economía convencional y el consumo mínimo de recursos. En España la organización Basurillas.org induce al reciclaje de productos en general y de comida en particular.
¿Y qué podemos hacer al respecto nosotros, los ciudadanos de a pie?
Evidentemente, no podemos empaquetar el pan del día anterior y enviarlo a los niños famélicos del tercer mundo. Pero sí podemos evitar tirarlo a la basura y consumirlo en forma de tostadas, por ejemplo, con lo que evitaríamos que siga subiendo el precio del trigo hasta hacerse inaccesible a los países sin recursos.
Otros consejos: cuando se va al supermercado, no escoger los productos de atrás con la fecha más lejana de caducidad, sino consumir los de adelante con fechas razonables; apoyar a los granjeros locales, para evitar en lo posible la cadena de distribuidores; adquirir sólo frutas y verduras de estación, con preferencia producidos localmente; comprar solamente lo que se necesita, dos o tres veces por semana para calcular mejor lo que de verdad se va a consumir.
Y, en cada aspecto de la vida, practicar la frugalidad, que solía ser la regla de oro de nuestros abuelos: consumir sólo lo imprescindible y reutilizarlo practicamente todo.
Cuando esto se haya hecho axioma en cada ser humano del planeta, sólo entonces, estaremos más cerca del mundo justo y sostenible con que todos soñamos.

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