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Cuenta Jenofonte que un día Sócrates paseaba por un mercado de Atenas junto a uno de sus discípulos.
El maestro contemplaba con gran interés la variedad de mercadería que allí se ofrecía: joyas, telas, perfumes, cerámicas, dulces y licores.
Después se detuvo y le comentó a su compañero: “Ciertamente, no sabía que existieran tantas cosas que no necesito para nada…”
¿Qué necesitamos realmente para vivir?
Una vez se le hizo esa pregunta a un náufrago, rescatado después de haber pasado varios días en una balsa a la deriva, y contestó sin dudarlo: “Solamente unos sorbos de agua dulce…”
En nuestra sociedad consumista, derrochona y amante del placer inmediato cada día hay más gente que se hace esta pregunta: “¿Necesito realmente todo lo que compro, todo lo que poseo, todo lo que deseo poseer, todo lo que la publicidad me dice que debo poseer?”
Hay quienes se han rebelado contra este sistema de vida tan acelerado, complicado, estresante, compulsivo e insatisfactorio que llevamos.
Son los seguidores de la Simplicidad Voluntaria (o Downshifting) , que abogan por eliminar todo lo superfluo e innecesario de sus vidas, para liberar tiempo y recursos, para vivir un vida más consciente, libre y plena.
En su libro Voluntary Simplicity, Duane Elgin basa este movimiento en la filosofía estoica, en Epícteto exactamente.
Y nos recuerda que la vida austera y frugal había sido ya propuesta como modelo de sabiduría hace más de 2.000 años por Lao Tse, Platón, Aristóteles, Jesús y el budismo zen.
El movimiento de Simplicidad Voluntaria propone abandonar la idea de que para tener calidad de vida hay que acumular dinero, posesiones materiales y prestigio personal.
Al contrario, la fórmula consistiría en trabajar menos, querer menos y gastar menos. Reducir las actividades vitales a los elementos básicos, es decir, a las actividades o relaciones que realmente necesitamos o deseamos fervientemente.
Y prescindir de todo lo que sobra. Vivir más ligeramente, dejando de lado todas aquellas distracciones que nos alejan de una verdadera calidad de vida.
Ellos consideran que el valor que damos al dinero, al estatus y a la competencia envenena nuestras relaciones personales. La vida feliz será imposible mientras no simplifiquemos nuestros hábitos y no moderemos nuestros deseos.
Esta elección de la simplicidad inclina también hacia una forma de vida más natural, más respetuosa de la vida animal y de los ecosistemas.
Surgido al final de la década de los ochenta, este movimiento propone reducir tiempo de las labores para disfrutar más de nuestro entorno. Y así obtener más tiempo de ocio y de reflexión, de momentos compartidos con nuestros seres queridos.
Hoy está más cuestionado que nunca el postulado del neoliberalismo: un crecimiento económico ilimitado en un planeta de recursos limitados.
Porque si todo el mundo viviera como un europeo harían falta 3,5 planetas Tierra para solventarlo. Y 5, si lo hiciera como un estadounidense…
De ahí que ya se haya desechado la idea de ‘crecimiento sostenible’, dado que el crecimiento económico no es sostenible de modo alguno.
Por lo tanto, de la mano de la Simplicidad Voluntaria llega también la alternativa al capitalismo: la Teoría del Decrecimiento, surgida a comienzos de este siglo XXI.
Su ideólogo, el economista bretón Serge Latouche, profesor de la Universidad París-Sur, es un implacable crítico de la sociedad de consumo y de su cultura de usar y tirar.
Latouche sostiene que la única manera de frenar el deterioro del medioambiente, que amenaza seriamente el futuro de la humanidad, es vivir en una sociedad que produzca menos y consuma menos.
En su último libro, La sociedad de la abundancia frugal afirma: “Hay que trabajar menos para ganar más, porque cuanto más se trabaja, menos se gana. Es la ley del mercado. Si trabajas más, incrementas la oferta de trabajo, y como la demanda no aumenta, los salarios bajan. Cuanto más se trabaja, más se hace descender los salarios. Hay que trabajar menos horas para que trabajemos todos, pero sobre todo, trabajar menos para vivir mejor. Esto es más importante y más subversivo. Nos hemos convertido en enfermos, en toxicodependientes del trabajo. ¿Y qué hace la gente cuando le reducen el tiempo de trabajo? Ver la tele. La tele es el veneno por excelencia, el vehículo para la colonización del imaginario”.
¿Cómo podemos interiorizar y poner en práctica cuanto antes una manera de vida más simple, aquí y ahora?
He aquí algunos ejemplos:
. Eliminar el exceso de posesiones y de actividades que produce desorden físico o mental.
. Limitar el consumo de bienes materiales a aquellos que realmente necesitamos.
. Trabajar en algo satisfactorio y creativo.
. Reciclar y compartir.
. Vivir de manera natural, compasiva hacia todos los seres vivos y solidaria con otros humanos.
. Ser autosuficientes en nuestras necesidades diarias y practicar el intercambio.
. Desplazarnos en transporte público, en bicicleta o andando.
. Tener una sola cuenta bancaria, una sola tarjeta de crédito y pagar siempre en efectivo.
. Hacernos socios de una biblioteca para no comprar, en lo posible, libros ni revistas.
. Reducir el estrés y la aceleración todo lo que se pueda.
. No llevar reloj, si uno no lo necesita.

Porque, como aconsejó el sabio Mahatma Gandhi, quien hilaba en la rueca el algodón para su propia ropa para no ser más que el pobre más pobre de la India: “Necesitamos vivir simplemente para que otros, simplemente, puedan vivir”.

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Wascham

Wascham

Una pequeña víctima de la guerra de Siria, Wascham, de 3 años, murió poco después de tomarse esta foto en el hospital donde los médicos trataban de curarle las heridas.
Mientras agonizaba les dijo a los adultos que le rodeaban: “Cuando muera, le contaré a Dios todo lo que ustedes han hecho …”
Por supuesto, los médicos no eran responsables de tamaña barbarie. Pero ¿quién lo es? ¿Acaso somos los demás tan inocentes como creemos?
Según Unicef, unos 15 millones de niños en todo el mundo se han visto atrapados en conflictos bélicos durante 2014. Cada año, las guerras matan en el mundo aproximadamente a unas 250.000 personas. Millones se ven obligadas a abandonar sus hogares y convertirse en refugiadas en otros países.
La guerra se ceba especialmente en las mujeres y las niñas, que si bien no son las que más mueren en combate, sufren en cambio hambre y violaciones o se ven obligadas a contraer matrimonios forzados para sobrevivir o para alimentar a la familia.
Sin armas no habría guerras… ¿Quién las proporciona?
La industria armamentística, un negocio global que mueve alrededor de 1,5 billones de dólares al año en todo el mundo.
Los seis exportadores de armas más importantes son, llamativamente, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU: Estados Unidos de América, Rusia, China, Francia y Reino Unido, aunque otros grandes comerciantes son también Alemania, Israel, Italia, Suecia, Sudáfrica, España, Bélgica y Ucrania.
¿Quién las compra? Pakistán, China, Emiratos Árabes y Arabia Saudita, entre otros.
¿Dónde se utilizan? En las guerras recientes de Ucrania, Irak, Gaza, Siria y Libia, así como en otras que vienen de lejos como las de Afganistán, Somalia, Mali, Sudán del Sur y República Centroafricana.
O sea que, en líneas generales, los países más desarrollados producen armas, que son compradas por países emergentes, para ser utilizadas en países subdesarrollados…
La pregunta obvia que la gente se hace es ¿por qué, si se sabe de lo nefasto y brutal de las guerras, se sigue fabricando y vendiendo armas? ¿Acaso no ha habido ya demasiado dolor?
Según Jordi Calvo Rufanges, catedrático de la Unesco, las amenazas a la seguridad (reales o ficticias) sirven a los gobiernos para justificar el gasto público militar y la fabricación de armas, así como su comercio y financiación.
Es así como somos los contribuyentes quienes dedicamos un porcentaje de nuestros ingresos a su mantenimiento. En el caso de España, el 4% de los Presupuestos Generales del Estado, que en 2014 fue de unos 16.500 millones de euros. También se destinan otros 23.000 millones de euros en forma de crédito para la industria militar.
Que, por supuesto, no le bastan. El resto lo ponen los bancos privados…. con nuestros ahorros.
Algunas de las organizaciones pacifistas más importantes de España ( la Asociación Española de Investigación para la Paz (AIPAZ), el Centre d’Estudis per la Pau J.M.Delàs, Justícia i Pau ó la Càtedra UNESCO sobre Pau i Drets Humans, entre ellas) han denominado “Banca Armada” a los bancos que colaboran con el complejo militar industrial.
Estos son, en orden de importancia:

1. BBVA (3.626.568.802 €)
2. Santander (1.723.751.052 €)
3. Bankia (392.516.426 €)
4. Banca March (177.415.618 €)
5. Liberbank (92.764.436 €)
6. Caixabank (37.447.993 €)
7. Catalunya Caixa (ahora BBVA) (31.960.000 €)
8. Banco Sabadell (25.503.453 €)
9. Banco Popular-Pastor (21.883.030 €)
10. Ibercaja-Caja 3 (20.755.411 €)

Unos 7.000 millones de euros les fueron otorgados a la industria militar en plena crisis, cuando el crédito a las familias y las pymes estaba prácticamente congelado. Cifra que alcanza alturas vertiginosas, unos 113.000 millones de euros, si se suma a la banca extranjera en España: BNP, Deutsche Bank, Citibank, Barclays Bank, ING, Bankinter o aseguradoras como Allianz, AXA o AIG.
Lo que significa que no sólo con nuestros impuestos sino también con nuestros ahorros los españoles financiamos, sin quererlo, la industria militar.
Dado que el índice de endeudamiento medio de ésta suele llegar al 73 %, sin ayuda de los bancos privados las fábricas de armas no podrían mantenerse.
Sin financiación, las empresas de armamento en el estado español sólo alcanzarían a la cuarta parte de su producción.

Lo que, extrapolado a nivel mundial, significa que, sin dinero privado, habría cuatro veces menos armas en todo el planeta. Cuatro veces menos guerras, cuatro veces menos sufrimiento humano…

Pero el dinero no tiene corazón. Mientras fabricar armas sea un buen negocio siempre habrá banqueros dispuestos a respaldarlo.

Afortunadamente, la gente de buena voluntad se está organizando para erradicar este monstruo milenario, la guerra.

Desde la web Bancaarmada.org se están lanzando campañas para que sus clientes presionen a estas entidades financieras, especialmente al Grupo BBVA y Banco Santander, para que cancelen sus inversiones en empresas de armamento y para que opten por prácticas más éticas.
Otra iniciativa muy importante ha sido la aprobación, el 2 de abril de 2013, del Tratado sobre el Comercio de Armas por parte de casi todos los países miembros de la ONU, con tan sólo los votos en contra de Irán, Siria y Corea del Norte.
Este Tratado prohíbe a los Estados transferir armas convencionales a otros países si saben que van a ser utilizadas para cometer genocidios, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra o facilitar su comisión.
Entrará en vigor dentro de pocos días, el 25 de diciembre de 2014 y se cree que será una medida decisiva para detener las atrocidades sin medida cometidas hasta ahora.
Tal vez entonces, y sólo entonces, el pequeño Wascham pueda descansar en paz…

barrer ¿Quién era aquella anciana señora alemana que insistía en barrer el desierto? ¿Por qué quitaba una y otra vez el polvo que, empecinadamente, el viento pampeano volvía a depositar sobre los surcos?
La historia comenzó en 1931, cuando el cónsul alemán de Cuzco, Perú, puso un anuncio en los periódicos solicitando una institutriz para sus hijos.
Entre más de 80 candidatas eligió a Victoria María Reiche Neuman, nacida en Dresde en 1903 y licenciada en magisterio por la Universidad de Hamburgo.
Finalizado su contrato con el cónsul en 1934, María decidió permanecer en Perú como profesora de alemán. En el concurrido salón de té de la aristócrata inglesa Amy Meredith conoció, poco después, al arqueólogo norteamericano Paul Kosok, quien le encargó la traducción de textos científicos.
En 1941 María acompañó a Kosok a la Pampa de Nazca, en el km 419 de la Panamericana sur, y quedó sobrecogida con la agreste belleza del lugar y con las misteriosas líneas trazadas en su suelo.
Los más de 800 increíbles dibujos del milenario pueblo Nazca, tan gigantescos que eran sólo visibles desde el cielo, sacudieron profundamente a Victoria María.
¿Cómo, en una época en la que no existían los aviones, habían podido ejecutarse con tamaña perfección? ¿Qué representaban y a quiénes estaban dirigidos? A partir de ese día, María Reiche sólo se dedicó a una tarea: investigar el misterio.
Advirtió que las líneas y figuras era atravesadas continuamente por vehículos y transeúntes, que las iban borrando. Para preservarlos, se fue a vivir a una cabaña sin agua ni corriente eléctrica a pocos kilómetros de Nazca.
Cada noche (debido al insoportable calor del desierto durante el día), durante años, barrió con una escoba el polvo y las piedras que cubrían los surcos, para que pudieran verse con claridad los dibujos y las líneas. Con esa misma escoba espantaba a los niños y a los jóvenes que osaban pisarlos y que la consideraban una bruja loca.
Pasó hambre, alimentándose durante días enteros con un poco de pan con margarina. Tenía un solo vestido y se cubría los pies con calcetines y unas sandalias. Pese al tremendo frío nocturno del desierto llegó a dormir sobre los surcos, preocupada de que pudieran pisarlos mientras ella descansaba.
Sola, cargando los instrumentos de medición y una escalera de mano, sin llevar provisiones, midió casi mil líneas, recorriendo el desierto de arriba abajo.
Entre otros, identificó los geoglifos del Colíbrí (66 metros), el Pájaro Gigante (300 por 54 metros), la Araña (46 metros) y el Árbol.
Un día, descubrió algo impresionante: si uno se paraba en la cabeza de la figura de la Parihuana (flamenco de 300 metros) durante una mañana del 20 al 23 de junio y se seguía con la mirada la dirección del pico, se podía observar con nitidez la salida del sol, exactamente en un punto del cerro ubicado en esa dirección. Por su parte, el pico de la figura del Colibrí apuntaba a la posición que tenía el Sol el 22 de diciembre, o sea el solsticio de verano en el hemisferio Sur.
María Reiche percibió, también, que los cuatro dedos del Mono coincidían con las fases de la Luna, mientras que la Araña se relacionaba con la constelación de Orión.
Entonces, tuvo una revelación: las líneas pampeanas representaban el calendario astronómico más grande del mundo, mediante el cual el primitivo pueblo Nazca observaba los movimientos de los cuerpos celestes y calculaba los tiempos exactos para sembrar y para cosechar. (En años posteriores también se especuló con la posibilidad de que fueran pistas de aterrizaje para alienígenas…)
En 1948 María publicó la primera de las numerosas obras que escribiría sobre sus descubrimientos. Poco tardaron los turistas en sobrevolar la zona en avionetas. María les rogaba que la llevaran, para contemplar los surcos desde el aire, pero nadie se lo permitió. Al final, un fumigador accedió a transportarla y, poco después, María se hizo atar al patín de un helicóptero para poder fotografiar Nazca desde fuera de la cabina.
Ella sola construyó un mirador de 74 metros de altura, para que las personas interesadas pudiesen apreciar las líneas y figuras. Aunque el acceso al mirador era completamente gratuito, María pagó, de su propio y exiguo bolsillo, a un vigilante para que lo cuidase.
Al principio, los lugareños se reían de Victoria María y, creyéndola desquiciada, la llamaban “la mujer que barre el desierto”. Con el tiempo, llegaron a reverenciarla casi como a una santa.
En 1992 el gobierno de Perú, denominándola “Ilustrísima Dama de las Pampas” le otorgó la nacionalidad peruana, en reconocimiento a su arduo trabajo de investigación y preservación. También recibió la Orden al Mérito por Servicios Distinguidos y cinco títulos de Doctora Honoris Causa.
Poco más tarde, en 1994, las Líneas de Nazca (que datan del año 300 a.C al año 500 d. C.) fueron reconocidas por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad.
“Quiero”, afirmaba María, “convertir a mi obra en un instrumento para eliminar las injusticias. Y para que los peruanos –que son gente de cualidades culturales, morales y físicas especiales– recuperen su propia estimación. Siempre les digo: yo soy chola, porque me siento muy unida a los cholitos, sobre todo ahora que tengo la nacionalidad peruana”.
El 8 de junio de 1998 María Reiche, enferma de Parkinson y casi ciega, falleció de un cáncer de ovarios. Tenía ya 95 años, pero hasta el final de su vida siguió investigando y publicando. Sus restos descansan hoy en el mausoleo que se erige junto al Museo María Reiche, en Nazca.
Su hija adoptiva y continuadora de su obra, Ana María Cogorno, cuenta que María, al poco tiempo de llegar a Nazca, sufrió la infección del dedo medio de la mano izquierda, que debió ser amputado. Cuando en 1952 descubrió que la figura del Mono había sido dibujado con nueve dedos quedó profundamente impresionada y con la certeza de que ella estaba predestinada a cuidar de los increíbles surcos de la Pampa de San José.
Una pasión expresada en sus propias palabras: “Tengo definida mi vida hasta el último minuto de mi existencia. El tiempo será poco para estudiar la maravilla que encierran las pampas peruanas, allí moriré. ¡Todo por Nazca! Si cien vidas tuviera, todas las daría por Nazca. Y si mil sacrificios tuviera que hacer, los haría, si por Nazca fuera”…

Alejandro, solo en la frontera

Alejandro, solo en la frontera

La fotografía de Alejandro dio la vuelta al mundo.
Tomada por la reportera Jennifer Whitney en una zona fronteriza de Texas y publicada en el New York Times, en ella se ve al pequeño de 8 años que acaba de llegar a la frontera entre México y EE UU, en el momento en que un agente de la patrulla de la frontera verifica el único documento que trae: su certificado de nacimiento.
Alejandro, como miles de otros menores centroamericanos, ha emigrado solo y después de pasarse tres semanas viajando desde Honduras, su país natal, acaba de llegar a su meta: los Estados Unidos. Su imagen, que luego se volvió viral en Internet, documenta el drama incesante de la emigración infantil hacia EE UU.
Siempre hubo niños emigrantes que dejaban a sus familias detrás para buscar un futuro mejor. Durante los siglos XIX y XX muchos galleguitos de 13 años arribaban al puerto de Buenos Aires para “hacerse las Américas”, apretando un atado de ropas entre las manos y con una mirada desolada en los ojos. Pero eran casos puntuales. Jamás se habían visto tantas oleadas de un éxodo infantil masivo como las que se están produciendo desde hace tres años de Honduras, El Salvador y Guatemala hacia Estados Unidos.
En estos momentos hay casi 50.000 menores en los centros de detención estadounidenses, diseñados para atender a 8.000. A diferencia de los niños indocumentados solos de origen mexicano, Estados Unidos no puede devolverlos de inmediato, por lo que tienen que ser tomados bajo custodia de las autoridades federales. Son verdaderas “patatas calientes” que queman en las manos de los países de acogida, de tránsito y de origen, patatas que nadie quiere recoger y que están causando, en palabras del propio presidente Barack Obama, una crisis humanitaria incalculable.
¿Cómo llegan? En camiones, haciendo autoestop en la carretera, en tren o a pie. Para atravesar la frontera entre México y EE UU se suben a los techos de un tren de mercancías apodado “La Bestia” por sus innumerables accidentes mortales. Comen lo que les dan o lo que encuentran o lo que roban, beben el agua de los bebederos de las vacas y duermen envueltos en sus harapos al raso, bajo un árbol.
Muchos son captados por mafiosos, los “Coyotes”, que prometen llevarlos al otro lado y que, muchas veces, después de haberles quitado todo su dinero, los esclavizan, los violan, los matan o los venden a proxenetas para su comercio sexual, lo que se acentúa en el caso de las niñas. Son numerosos los testimonios que afirman haberlos visto vagando desorientados por el desierto después de haber sido violados, atormentados por la asfixia y la sed.
¿Qué los lleva a afrontar tantos riesgos? La violencia y la miseria. Casi 13 millones de menores centroamericanos viven inmersos en la pobreza extrema, condenados por un modelo económico inhumano.
En esas condiciones, la vida familiar se desintegra. Los padres (a veces los dos) emigran para enviar dinero a sus familias. Los niños, mal protegidos por sus abuelos, caen en las garras de las maras, terroríficas pandillas que los utilizan para sus fines delictivos. Esas mismas maras suelen condenarlos a muerte cuando las han desobedecido. O, como a Ángel, un salvadoreño que consiguió huir y refugiarse en EE UU, les ordenan matar a otro, en este caso a su hermano pequeño.
El miedo a esas condenas, el deseo de reunirse con sus padres en el paraíso del norte, el anhelo de aventura y una infantil subestimación de los peligros se conjuntan para impulsarlos a un viaje casi suicida para hacer realidad el Sueño Americano.
Cuando se les pregunta por qué se han atrevido a emigrar solos dan respuestas candorosas y estremecedoras: “Si no encuentro a mi papá, tal vez alguna señora norteamericana me adopte y me envíe a la escuela”, “Quiero trabajar para pagarle las medicinas a mi mamá”, “Cuando sea rico mandaré a buscar a mi abuelita”, “No quiero regresar a Honduras, allá matan gente y no se puede jugar”…
Elizabeth Kennedy, profesora de la Universidad Estatal de San Diego y de la Universidad de California, afirma que el miedo y las amenazas de muerte son las principales causas de la emigración infantil hacia Estados Unidos en el último tiempo: “Hice más de 400 entrevistas a niños refugiados y el 60 % me dijo que huían del crimen, las maras y la violencia. Más del 90 % tienen familiares en Estados Unidos”.
Buscando el camino a casa (Which Way Home), el documental de Rebecca Cammisa, ‘Sister Helen’, que expone el tremendo periplo, ha recibido por este motivo numerosos premios internacionales y fue nominado en 2010 al mejor documental por la Academia de Hollywood.
¿Cómo poner fin a este terrible drama? Por ahora no hay soluciones mágicas. Las autoridades estadounidenses están abocadas a evitar que más menores entren en el país de manera inmediata. Los congresistas, a su vez, debaten dos probables soluciones: enviar más dinero a los países de origen o reforzar las fronteras.
Mientras tanto, cada día continúan llegando pequeños féretros blancos de regreso a sus hogares centroamericanos. Es la desoladora vuelta a casa de las víctimas de accidentes de tren, de la extrema deshidratación del desierto, del hambre o del depravado abuso sexual.
O, como Nohemí Álvarez, una ecuatoriana de 12 años, por haberse suicidado en un albergue de Ciudad Juárez después de que la hubieran liberado de un traficante de personas…
Todos sabemos que no se le pueden poner puertas al hambre y a la desesperación.
Así que es preciso que los países ricos reflexionen urgentemente sobre las consecuencias que habrá para ellos si seguimos dentro de este sistema económico global rapaz y caníbal, en un planeta cada día más pequeño.

. Oradour

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Era una agradable mañana de primavera, en la que el aire tibio y perfumado llegaba a ráfagas desde las colinas.

El sábado 10 de junio de 1944, los habitantes del apacible pueblo de Oradour-sur-Glane, en la región francesa de Lemosín,  se dedicaban a sus tareas habituales.

A las 14:15 horas, acabado el almuerzo, las mujeres lavaban y tendían ropa al sol, los niños jugaban cerca de sus madres y los hombres, mientras esperaban el reparto semanal de tabaco, aprovechaban para comentar las noticias que llegaban sobre el avance aliado desde las playas de Normandía.

De pronto se oyeron los roncos motores de una caravana de vehículos blindados. Más de 150 soldados alemanes de la 2ª División Panzer de las SS “Das Reich” descendieron rápidamente, rodearon el pueblo y ordenaron a los pobladores reunirse en la plaza.

Los separaron en dos grupos, los hombres por un lado y por el otro, las mujeres y los niños.

Los primeros fueron repartidos entre cuatro graneros locales y los casi 500 mujeres y niños, encerrados en la iglesia del pueblo.
Después, comenzó el horror.

Los hombres fueron ametrallados  y rematados a punta de pistola. En la iglesia, donde gemían de pánico las madres abrazadas a sus hijos, los cobardes verdugos, incapaces de mirar a los ojos a sus inocentes víctimas, arrojaron por las ventanas bombas de humo tóxico para envenenarlas.

Cuando vieron que ésto no bastaba y que se sucedían los gritos de dolor, arrojaron granadas de mano, ametrallando a los que  intentaban escapar. Por último, incendiaron el edificio de madera, que ardió como una gigantesca pira.

Los soldados completaron su siniestra obra prendiendo fuego a los 328 edificios del pueblo y reduciéndolos a cenizas.

En la masacre de ese día murieron, de una forma atroz, un total de 642 personas: 189 hombres, 240 mujeres y 213 niños.

Sólo unos pocos vecinos lograron salvarse, menos de una decena. Un niño llamado Roger Godfrin, alertado por su instinto infantil, se había escabullido de la plaza y había corrido hasta un bosque.  Una mujer, Margueritte Rouffanche, había logrado saltar de una ventana de la iglesia y había huído a una huerta, donde un soldado la había ametrallado y dejado por muerta. Algunos hombres, malheridos, se habían quedado quietos debajo de las pilas de cadáveres en los graneros…

Contó Margueritte, días más tarde, que una joven vecina suya había intentado pasarle su bebé de siete meses para que lo salvara, pero que ambos habían sido alcanzados por las ráfagas de ametralladora…

Después de la liberación, el general Charles de Gaulle ordenó que los restos de Oradour-sur-Glane se conservaran tal como habían quedado el día de la tragedia.

Nueve años más tarde, en 1953, se iniciaron los Procesos de Burdeos, en los que 65 soldados (la mitad de ellos franceses alsacianos de etnia alemana) fueron encausados por la carnicería. Los juicios provocaron una profunda tensión en Francia, dividida entre los que condenaban la matanza y los ciudadanos de Alsacia, pro-alemanes. Dos de los acusados fueron condenados a muerte (aunque sólo pasaron por la cárcel), el resto fue absuelto o cumplió penas leves.

Ninguno de los 21 oficiales nazis que declararon ante el Tribunal logró dar una explicación para tamaño castigo colectivo, aunque se supone que de esta manera el régimen nazi había pretendido vengar su derrota en el Desembarco de Normandía.

Durante la guerra, no sólo Oradour sufrió la crueldad de los SS. También la conocieron la villas de Kortelisy (actual Ucrania), Lídice en Checoslovaquia (hoy República Checa), el pueblo holandés de Putten y los villorrios italianos de Sant’Anna di Stazzema y Marzabotto, así como innumerables aldeas soviéticas…

A finales de los años 80 surgió la iniciativa de convertir las fachadas ennegrecidas, los coches calcinados y los restos de objetos cotidianos que permanecían entre las ruinas de Oradour-sur-Glane en un Memorial que recordase para siempre a la humanidad el horror de la guerra y la inhumana barbarie nazi.

A 70 años de esa atrocidad, el presidente alemán Joaquim Gauck y su homólogo francés François Hollande han visitado las ruinas.

Ambos recorrieron, tomados de la mano, las desoladas calles y, juntos también, inclinaron la cabeza y rezaron ante el destruído altar de la iglesia, escenificando la reconciliación franco-alemana después de la Segunda Guerra Mundial.

“Francia y Alemania han entendido que el horror de la guerra puede volver en cualquier momento. Frente a ello, han querido construir una Europa que avanza apoyada en la libertad, la dignidad y la solidaridad”, ha señalado el presidente alemán, antes de fundirse en un emocionado abrazo con Hollande.

Desde su inauguración en 1999 más de medio millón de personas han visitado el Memorial de Oradour, convertido en lugar de recogimiento y reflexión.

Y todos ellos, sin excepción, se han estremecido ante las palabras escritas en el cartel situado a la entrada del pueblo:

Souviens-toi!..”  (¡Acuérdate!..).

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“¡Mira, papá! ¡Bueyes pintados!…”

Estas palabras de una niña de ocho años cambiaron para siempre la historia del conocimiento humano: acababan de descubrirse las famosas pinturas rupestres de la Cueva de Altamira, en Santillana del Mar, oculta entre las verdes praderas de Cantabria.

Corría el año 1879 y el hidalgo don Marcelino Sanz de Sautuola había decidido visitar la gruta en compañía de su hijita María Justina. Sabía del lugar por referencias de un aparcero suyo, Modesto Cubillas, que la había hallado accidentalmente hacía tres años mientras cazaba con su perro.

Hombre culto y aficionado a la arqueología y la paleontología, Marcelino  pasaba los veranos en una casona del pueblo santanderino de Puente de San Miguel.  Solía entretener sus ocios estivales hurgando el suelo de las cavernas de la región, en busca de fósiles y de utensilios primitivos de sílex.

Pero hasta ese día jamás había levantado los ojos para mirar los techos abovedados de la cueva de Altamira.  Con el aliento entrecortado contempló maravillado el inmenso lienzo de pinturas que decoraban el techo de la sala principal de la gruta. Ante sus ojos atónitos desfilaron toros enormes, jabalíes, caballos y bisontes,  pintados con una perfección y un colorido incomparables.

Profundamente impresionado por su hallazgo, Marcelino Sanz de Sautuola escribió a sus amigos antropólogos, envió un informe a la Academia y un año más tarde, en 1880, publicó su hoy famoso libro Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander.

Su revelación tuvo un fuerte impacto sobre los científicos de la época y pronto la cueva de Altamira fue objeto de innumerables controversias.

¿Databan verdaderamente sus dibujos de la prehistoria o eran obra de algún pintor moderno? ¿Era posible que aquellos seres humanos tan poco evolucionados, casi simios, hubieran sido capaces de producir esas obras de arte?

A fines del siglo XIX la ciencia comenzaba a dar sus primeros y tímidos pasos.  La Iglesia todavía no aceptaba la novedosa teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin y se escandalizaba ante la idea de un Adán y una Eva grotescos y vestidos con pieles.

En el otro extremo, el evolucionismo tampoco admitía la evidencia de Sautuola, creyendo que, como el progreso había sido lineal, la manifestación del arte recién había aparecido en las últimas etapas humanas  y no entre los pueblos salvajes de la Edad de Piedra.

Pero Marcelino, convencido de la importancia de su hallazgo, dedicó el resto de su vida a defenderlo. Comenzó así una desigual batalla en la que se llegó a poner en duda no sólo su credibilidad, sino también su honor.

Por suerte, Sautuola no estaba solo. Su gran amigo, el eminente prehistoriador y catedrático Juan Vilanova había visitado Altamira en 1880 y desde entonces luchaba a su lado por imponer la verdad.

Ambos invitaron a numerosos miembros de la comunidad científica internacional a visitar la caverna. Pero casi siempre éstos llegaban a las mismas conclusiones: los dibujos y pinturas eran demasiado perfectos, demasiado complejos, para hacer sido realizados en una época tan remota. Los expertos los atribuían a soldados romanos, a fenicios, a antiguas civilizaciones orientales… Cualquier autoría parecía más creíble que la del del hombre del Paleolítico.

Sautuola y Vilanova, empecinados, consultaron al más famoso prehistoriador del mundo, el francés Émile Cartailhac. Pero éste también rehusó avalar la autenticidad del descubrimiento: le resultaba inaceptable que dibujos con tal maestría fueran obra de hombres salvajes… Otras máximas autoridades en la materia como Virchow, Mortillet y Undset llegaron a calificarlos como “obra de falsarios o de dementes”… Marcelino atravesó, entonces, un verdadero calvario. Se reían de él, lo tachaban de loco o, peor todavía, de farsante y embustero.

Pasó el tiempo y las pinturas de Altamira cayeron en el olvido. En 1888, Marcelino Sanz falleció a los 58 años sin haber conseguido el reconocimiento de su hallazgo, tal vez extenuado por tanta incomprensión… Juan Vilanova tomó el testigo y prosiguió su lucha, dando conferencias y asistiendo a congresos para hablar del tema, hasta que murió seis años después que su amigo.

La cueva de Altamira fue, entonces, cerrada con una puerta cuya llave guardó la joven María Justina Sanz de Sautuola.

Años después, a fines del siglo XIX, se descubrieron en el sur de Francia numerosas cuevas con arte mural de factura muy similar a la de Altamira, aunque no con la perfección de ésta: Chabot, La Mouthe, Les Combarelles,  Font-de-Gaume, etc…

Todas tenían, indudablemente, un origen paleolítico.

Una nueva generación de estudiosos, con la mente mucho más abierta que las de sus predecesores, había tomado el relevo: Capitán, Peyrony y el sacerdote católico Henri Breuil, entre los más destacados.

Ante la evidencia, los científicos se rindieron.  La comunidad científica internacional recordó entonces la injusticia cometida con los dos investigadores españoles, Sautuola y Vilanova.

Émile Cartailhac, tozudo pero noble, decidió rectificar su fatídico error.

Una mañana, acompañado de Breuil, se presentó en casa de María, a solicitarle humildemente les permitiera acceder a la cueva de Altamira.  Acompañados por la muchacha, los dos científicos recorrieron las diferentes salas y, alumbrados con una antorcha, admiraron los impresionantes frescos.

Cartailhac, abrumado y enjugándose las gruesas gotas de sudor que se deslizaban por su frente, tuvo que apoyarse en el hombro del joven abad Henri Breuil. Después, cabizbajo, se dirigió a  María: “Ahora ya no puedo hacer más que una cosa: he de rehabilitar a su padre ante la ciencia… “

Acompañados por la joven viajaron a Santander para rendir homenaje ante la tumba de Marcelino Sanz de Sautuola.

Cartailhac, uno de los más grandes opositores a la autenticidad de Altamira, escribió entonces el artículo La cueva de Altamira. Mea culpa de un escéptico, en el que no sólo reconocía su equivocación sino donde también expresaba su respeto y admiración por Sautuola. Lo que significó, también, el reconocimiento universal del carácter paleolítico de las pinturas de Altamira.

Desgraciadamente, Marcelino Sanz de Sautuola, fallecido 14 años antes, no había llegado a disfrutar de la restitución de su honor, ni de la posterior confirmación científica de sus premoniciones…

Desde entonces, las modernas técnicas de datación arqueológica ratificaron la originalidad de las pinturas, otorgándoseles en la actualidad una antigüedad de 20.000 años.

La gruta con los admirables frescos, que el propio Breuil definió como la “Capilla Sixtina del arte paleolítico” y que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985, es hoyuna de las piedras angulares en el estudio del arte rupestre y un verdadero hito en la historia de la humanidad.

Y,  asimismo, constituye el mensaje enviado por nuestros antepasados Homo Sapiens de la Edad de Piedra, a través de 200 siglos de oscuridad y silencio: “Éramos como vosotros, teníamos vuestra misma sensibilidad y dignidad;  también amábamos la vida y la belleza…”

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Se lo denominó “el juicio del siglo”.

Hace justo tres años, el 14 de febrero de 2011, un juez de Lago Agrio, en la Amazonia ecuatoriana, dictó una sentencia histórica: condenó a la compañía Chevron (ex-Texaco) a pagar 9.500 millones de dólares para reparar los gravísimos daños causados a la naturaleza de ese lugar y a sus habitantes.

El protagonista de esa lucha desigual, que muchos han equiparado a la de David contra Goliat, ha sido un abogado ecuatoriano de 41 años, viudo y con cuatro hijos, Pablo Fajardo Mendoza, hijo de campesinos analfabetos.

Nacido en una choza como el quinto de diez hermanos, Pablo trabajó de niño desbrozando maleza con un machete. Al mismo tiempo, a instancias de sus padres, estudiaba en la misión que dos frailes capuchinos de origen navarro habían construído en la selva. Ellos también le enseñaron a rebelarse contra las injusticias.

Lo que más sublevó al joven Pablo fue ver a los indígenas trabajando por sueldos míseros y envenenándose con la contaminación. Y comenzó su rebelión. A los 16 años fundó un comité de derechos humanos formado por 50 campesinos e indígenas damnificados por la contaminación. También se dedicó a investigar…

Desde 1964 Texaco había perforado en la Amazonia 356 pozos petroleros. Por cada pozo que perforaba construía cuatro o cinco piscinas para arrojar desechos tóxicos, siempre cerca de un río. La idea era deshacerse de ellos de forma fácil y barata.

Los ríos, así contaminados, llevaban en sus aguas azufre y otros tóxicos que, al evaporarse, caían sobre la selva en forma de lluvia ácida. El objetivo de la compañía transnacional era extraer petróleo con la menor inversión posible, por lo que se ahorró 8.500 millones de dólares incumpliendo las normas más elementales de seguridad y gestión de desechos.

Chevron no sólo intoxicó y destruyó parte de la selva amazónica, provocó abortos, leucemia y  cáncer en más de 2.000 de sus habitantes, a quienes también desplazó y alcoholizó, sino que en sus campamentos se violó al 10 % de las mujeres indígenas y, en una verdadera campaña de terror, hasta llegó a secuestrar a niños en helicópteros para abandonarlos muy lejos. Dos de ellos debieron caminar a través de la selva durante ocho días para regresar a sus casas…

De las cinco tribus indígenas que vivían en esa zona, dos, las de los Tetetes y los Sansahuaris, han desaparecido para siempre.

Al poco tiempo de comenzar su labor social Pablo fue despedido de su trabajo. Los frailes que lo protegían lo emplearon, entonces, en la misión y le consiguieron becas para que continuara sus estudios. El adolescente aprovechó para fundar, junto a otros niños, una escuela que todavía funciona.

Muy pronto, los afectados de otros pueblos comenzaron a unirse al movimiento de damnificados por la contaminación que había creado Pablo. Una abogada estadounidense, Judith Kimberling, publicó sobre el tema el libro Amazon Crude (El crudo de Amazonia), que atrajo la atención internacional. Tres abogados estadounidenses aceptaron representar a los afectados y el 3 de noviembre de 1993, en un juzgado de Nueva York, presentaron la primera demanda contra Texaco.

Al año siguiente, el adolescente Pablo terminó la escuela secundaria. Cansado de que, ante sus reclamaciones, las autoridades de su país le repitieran: “búsquese un abogado”, decidió estudiar Derecho. Lo hizo desde su chabola y por correspondencia, subvencionado por una familia española a la que habían acudido los frailes navarros que siempre le habían protegido.

En 2004, obtuvo su título.

Junto al líder indígena Luis Yanza, Pablo Fajardo fundó el Frente de Defensa de la Amazonia (FDA) en nombre de los 30.000 afectados por la contaminación petrolera. Todos ellos pertenecen a los pueblos Cofán, Siona, Secoya, Kichwa y Huaorani, que hasta 1964 vivían en completa armonía con la naturaleza, en la escasamente poblada zona del oriente de Ecuador.

La página web Texacotoxico.org expone las aterradoras cifras de los impactos ambientales causados por la multinacional en la Amazonia ecuatoriana:

. 480.000 hectáreas de selva contaminada

. 60.000 millones de litros de agua tóxica arrojada a esteros y ríos

. 650.000 barriles de crudo vertidos

. 880 fosas o piscinas construídas sin aislantes para alojar vertidos y deshechos de crudo

La contienda de más de 20 años entre los indígenas y la compañía multinacional fue implacable.

Por un lado Texaco, la mayor empresa petrolera del mundo, poseedora de yacimientos de petróleo, refinerías, buques petroleros y activos que valen 233.000 millones de dólares; que contrató a 2.000 abogados y gastó 1.300 millones de dólares para defenderse.

Por el otro, Pablo Fajardo y cuatro abogados más, sólo armados con su verdad.

Texaco los acusó de terrorismo, extorsión e incluso utilizaron leyes para perseguir a mafiosos.

Los argumentos de defensa de la transnacional son: que el petróleo no contamina, que la Amazonia es un terreno petrolero y que ahí no tiene por qué vivir nadie, que el cáncer se produce por la falta de higiene de los indígenas, que el petróleo es biodegradable y que a las pocas semanas ya no se notan sus efectos.

Los integrantes de FDA (Frente de Defensa de la Amazonia), con Pablo Fajardo como cabeza visible, sufrieron por parte de la multinacional persecusiones, amenazas y decenas de acciones judiciales, 25 de ellas tan sólo en EE UU.

En 2004, ocho días antes de comenzar la fase pericial del juicio, el hermano de Pablo, William Fajardo, de 28 años, fue secuestrado, torturado salvajemente y asesinado por unos desconocidos. Pablo, desde entonces, ha debido de cambiar constantemente de domicilio tras haber sido tiroteado por sicarios en dos ocasiones.

El pueblo Cofán, asimismo, sufrió su propio calvario, que comenzó cuando sus integrantes se convirtieron en  desplazados ambientales al ver que ya nada germinaba y que allí no se podía vivir. El chamán Guillermo Quenamá condujo a su gente a otras tierras y se enfrentó a Chevron. Por ello recibió un castigo ejemplarizante: le alcoholizaron hasta la muerte y prostituyeron a su viuda, Marina, en los campamentos de Texaco, durante 20 años.

Aunque la sentencia que obliga a Chevron-Texaco a pagar 9.500 millones de dólares ha sido inapelable, el litigio ambiental más importante de la historia todavía no ha acabado. Para que el fallo se haga efectivo, el dinero debe cobrarse. Pero Chevron ha vendido todo lo que tenía en Ecuador y sólo mantiene una cuenta con 352 dólares.

El equipo de Pablo Fajardo se ha visto obligado a recurrir a Cortes judiciales donde la compañía posee activos, como Canadá, Brasil o Argentina.

“Aunque Chevron ha dicho que no pagará, tiene inversiones en 50 países. Y la sentencia en Ecuador dice que la indemnización se puede cobrar en cualquier parte. Le obligaremos a pagar”, afirma Fajardo, “Y no descansaré hasta que pague. Sólo así dejarán de repetir este crimen”.

La indemnización de 9.500 millones de dólares se destinarán en su totalidad a descontaminar la selva y a regenerar el ecosistema de los indígenas. Representa, por lo tanto, el desagravio de muchas humildes comunidades aborígenes.

Y, también, la humillación del gigante petrolero, que deberá morder el polvo de su derrota.

En estos momentos y después de viajar por Francia, Alemania y Bélgica, Pablo Fajardo hace una gira por España para crear una red internacional y solidaria que denuncie el daño ambiental.

Este valiente y carismático abogado ecuatoriano fue nombrado Héroe del Año de la CNN en 2007 y también obtuvo el Premio Goldman, el Nobel del Medio Ambiente, en 2008.

Sin embargo, no hay nada que lo enorgullezca más que el apodo de “el hijo del rayo” con que lo conoce su gente de Río Agrio.

Allí todavía recuerdan que, el día en que nació, el parto se presentaba mal. La madre, exhausta, había dejado de luchar. La partera vió que estaban por fallecer madre e hijo. Pero se desató una tormenta, la palmera que había junto a la choza recibió la descarga de un rayo y, del susto, la madre repentinamente dio a luz a Pablo. La palmera quedó partida en dos y a sus pies brotó una fuente de agua cristalina y purísima…

Todo un presagio de lo que sería una vida extraordinaria.

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