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Hace unas semanas, el caso de la francesa Chantal Sébire reactualizó el tema de la eutanasia en todo el mundo.
Chantal, quien padecía desde hacía ocho años un cáncer en la cara que la había desfigurado y dejado ciega en medio de terribles dolores, solicitaba a las autoridades francesas que le administraran la eutanasia. De 52 años y madre de tres hijos, Chantal afirmaba: “Me siento literalmente devorada por el dolor”.
Se le denegó la eutanasia y a los pocos días apareció muerta en su domicilio: se había administrado la eutanasia ella misma. Como el gallego Ramón Sampedro Cameán, quien inspiraría más tarde la película “Mar adentro”.
En España, no sólo no está permitida la eutanasia, sino que lo ocurrido en el Hospital Severo Ochoa de Leganés hace tres años ha tenido funestas consecuencias.
Como se recordará, en 2005 el entonces consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Manuel Lamela, dio crédito a una denuncia anónima y sentó en el banquillo al doctor Luis Montes y a algunos de sus compañeros, acusándolos de practicar la eutanasia a 400 enfermos terminales del hospital. En realidad sólo les habían suministrado cuidados paliativos, es decir, sedación contra el dolor.
Algunos compararon a estos médicos compasivos con Josef Mengele, el siniestro médico nazi, mientras que otros se agolparon ante las puertas del juzgado gritando: «Doctor muerte, en la cárcel quiero verte».
Ahora la Audiencia Provincial de Madrid ha sobreseído el caso y ha limpiado el nombre de los médicos.
Pero el daño está hecho. No sólo los acusados han sufrido un calvario largo e injusto sino que, a partir de ese momento, todos los médicos españoles restringieron al mínimo los cuidados paliativos, por temor a que les ocurriera algo parecido.
O sea, que desde hace tres años muchos enfermos terminales en España mueren entre dolores atroces y en medio de una espantosa agonía, sin acceso a los medicamentos que podrían aliviarles y permitirles dejar este mundo serenamente.
Los detractores de la eutanasia la comparan, de manera sesgada, con los exterminios nazis y alegan que su legalización abriría la posibilidad de que se la aplicara a pedido de herederos impacientes o de parientes hartos de una enfermedad demasiado larga. Agregan que la sedación suprime el dolor pero acorta la vida (lo que es cierto).
Sin embargo, el 70 % de los médicos y más del 85 % de los españoles están a favor de los cuidados paliativos. El famoso cardiólogo sudafricano Christian Barnard admitió una vez que, de acuerdo con su hermano, también médico, había practicado la eutanasia a su madre, agonizante de cáncer.
Es respetable que alguien se oponga a la aplicación de la eutanasia, para sí o para algún ser querido, por razones religiosas. Pero no es respetable que pretenda imponer sus creencias a todo el conjunto de la sociedad.
La muerte es parte de la vida. Como tal, cada persona debería poder elegir cuándo y de qué modo quiere morir. Y absolutamente todos deberíamos tener una muerte digna, en paz y sin sufrimiento. Éste es uno de los derechos más elementales de la libertad humana.
Para evitar posibles abusos, habría que regularizar la eutanasia, como ya lo han hecho Holanda, Bélgica y Suiza. De todos ellos el mejor modelo es el holandés, el más claro y mejor regulado y, en la opinión de los expertos, perfectamente extrapolable a España.
La Asociación Federal Derecho a Morir Dignamente describe el problema en estas palabras: “Se muere mal cuando la muerte no es aceptada, se muere mal cuando los que cuidan no están formados en el manejo de las reacciones emocionales que emergen de la comunicación con los pacientes, se muere mal cuando la muerte se deja a lo irracional, al miedo, a la soledad, en una sociedad donde no se sabe morir…”

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