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Archive for 30 abril 2008

El ensayo El vientre cósmico; la mujer en la posmodernidad se presentó, junto con la Colección Techo de Cristal, en el transcurso del XVII de la AILCFH (Asociación Internacional de Literatura y Cultura Femenina Hispánica) “Mujeres Trasatlánticas. Cruce de lenguas. Zonas de encuentros”.
Este congreso se realizó en el gratísimo marco de la primavera sevillana.

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presentacion

¿Cómo es realmente la mujer del siglo XXI? ¿En qué se diferencia de la mujer sometida de épocas anteriores? ¿Qué es lo que ha conservado a través del tiempo, porque hace a la esencia de su femineidad? ¿Le es posible la igualdad con el hombre sin renunciar a su óptica diferente y a sus propios valores?

La posmodernidad propone un nuevo paradigma integrador, que supera la visión dualista de los opuestos y que sugiere modos de vida más amables y menos agresivos.

La mujer y la naturaleza han sido, hasta ahora, las grandes invisibles. Sin embargo, fue imposible eclipsarlas totalmente y han estado siempre presentes en el subsconciente colectivo. Hoy la energía femenina, en estado de latencia también en los hombres, está saliendo a la luz.

Nace una nueva conciencia cósmica que aporta valores como el amor incondicional, la sensibilidad, la intuición, la solidaridad, el espíritu de cooperación, la aceptación, el cuidado de la vida, la empatía, la vocación de servicio y la fluidez de comunicación.

Tras un largo proceso de milenios, la mujer está comenzando a reconocer su verdadera identidad, a hablar con su propia voz y a ocupar el rol protagónico que tiene el deber de desempeñar en la escena planetaria, para que sea posible rectificar el ahora equivocado curso del río de la humanidad.

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El vientre cósmico

vientre cosmico
(Ensayo, Editorial Sirpus, Barcelona, España, 2007)

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viento jardin
(Novela, Editorial Atlántida, Buenos Aires, Argentina, 1995)

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Misa roja

misa roja
(Novela, Emecé Editores, Buenos Aires, Argentina, 1985)

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Pasaje de ida

pasaje de ida
(Novela, Emecé Editores, Buenos Aires, Argentina, 1982)

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El tema de las energías renovables parece estar siempre presente. No es para menos: gran parte de nuestra civilización se mueve impulsada por esta fuerza lograda a través de combustibles, masas hidráulicas, desintegración de átomos y otros medios. En todos los países occidentales se trabaja incesantemente en la manera de aprovechar al máximo la luz solar así como otras energías alternativas y sostenibles.

Recuerdo un consejo que escuché repetidamente en los medios de comunicación de Estados Unidos hace unos años, cuando allí atravesaron una crisis energética: Save Energy (ahorre energía).

La frase hizo saltar en mi cerebro la chispa de la reflexión sobre nuestras propias fuerzas, nuestra propia energía.

¿Cómo administramos nuestros impulsos vitales? ¿Tenemos la sensatez de ‘apagar las luces’ cuando abandonamos una habitación mental o de calcular cuándo, cómo y de qué manera gastaremos nuestros voltajes diarios? ¿Prevemos, como lo haríamos con cualquier máquina, un período de descanso para que se enfríe el motor, para que no se gasten las piezas de forma exagerada y terminen girando enloquecidamente?

No, lamentablemente.

Solemos actuar con el convencimiento infantil de que somos todopoderosos, inagotables y eternos, como el cosmos.

¡Ay, cuánta razón tiene la Biblia cuando castiga duramente el pecado de soberbia, el padre de todos los pecados, el que nos hace competir con lo verdaderamente inmutable! No acostumbramos a dimensionar nuestros motores cotidianos, preparando pequeños descansos, ligeros refrigerios, breves recreos para el espíritu.

Tampoco lo hacemos, mucho menos, en el sentido global de la vida, planeando alguna forma de existencia placentera y descansada para nuestra tercera edad. Siempre me sorprende que la gente se quede atónita al descubrir signos de envejecimiento en la propia persona o en los demás. Pareciera que la declinación de los bríos, tan natural en todo ser vivo, fuera un accidente inesperado; que la vejez ‘aconteciera’ de repente, como un mazazo en la nuca, en lugar de transcurrir con la previsible graduación de matices de cualquier atardecer…

Gran parte de la responsabilidad sobre esta forma de pensar la tiene nuestra cultura occidental, que ignora lo que los orientales conocen muy bien: el valor del vacío.

Vivimos acicateados hacia la acción constante. ¿Es ella siempre fructífera? ¿No nos agotamos a veces, inútilmente, como el hamster que galopa dentro de la rueda de su jaula?

Este concepto de la importancia de ‘lo que no es’ parece a primera vista una sofisticación del Oriente, un delirio intelectual, una metafísica oscura, absurda e incomprensible.

Sin embargo, el principio fundamental del arte marcial conocido como judo, que es el de aprovechar la fuerza del adversario, existe, y es muy efectivo.

También se probó eficaz la hipótesis de Mahatma Gandhi sobre la ‘no-violencia’, por cierto oriental como el primero y basada en la misma filosofía, que obligó a retirarse de la India a uno de los imperios más poderosos de la Tierra.

Se habla siempre de la fuerza de la presencia. ¿Y qué de la fuerza de la ausencia? El que ha padecido la orfandad o la viudez o cualquier otro tipo de carencia afectiva producida por la falta de un ser querido, sabe muy bien que la ausencia es mucho más poderosa que la presencia.

Todos conocemos la validez de una frase dicha a tiempo, de algún gesto airado que puso las cosas en su lugar para algún desubicado. Pero poco se dice sobre el peso que suele tener un silencio, la inacción, la falta de reacción ante un agravio. La abstención. Hay mutismos que valen por mil palabras, silencios que duelen más que una lluvia de reproches y que dejan cicatrices más profundas.

Alguna vez hemos cometido, o padecido en carne propia, el pecado de omisión.

Regreso obligadamente a Gandhi a raíz de la frase que pronunció a propósito de la ira, y que decía más o menos así: “La injusticia me enfadaba muchísimo, me sacaba de mis casillas. Hasta que un día me dí cuenta de que enojarme me cansaba y disminuía mi fortaleza. Que la ira reprimida se transmutaba en energía pura, que era la que me mantenía luchando”.

Y quien decía ésto no era, como se pretendió, un santón o un místico. Era el hombre de acción, el político sagaz, el experto en el manejo de sus ímpetus, al extremo de vivir, de acuerdo con su esposa, en un perpetuo estado de castidad sexual desde los treinta años “para preservar el vigor mental”…

La monumental obra de filosofía china, el Tao Te Ching fue edificada sobre uno de los más sólidos pilares: el wey-wu (‘el hacer no haciendo’ o doctrina de la acción) y se aplica a la ley del movimiento.

Este principio, más cosmogónico que religioso, postuló seiscientos años antes de Cristo algunas verdades sobre la dinámica que recién en el siglo XX fueron refrendadas por la física moderna, como los principios del Yin y del Yang (ánodo y cátodo) cuya alternancia caracteriza a la vida biológica y natural. Al movimiento Yin (contracción) sigue el Yang (expansión) caracterizándose esta discontinuidad por su rítmo previsible y regular, tan constante e incesante como las sístole y diástole del corazón.

Dice el Tao Te Ching en su poema número 11, La utilidad de la nada:

Treinta rayos convergen hacia el centro de una rueda, pero es el vacío del centro el que hace útil a la rueda.
Con arcilla se moldea un recipiente, pero es precisamente por el espacio que no contiene arcilla por el que lo utilizamos como recipiente.
Abrimos puertas y ventanas en una casa, pero es por los espacios vacíos que podemos utilizarla.
Así, de la existencia provienen las cosas y de la no-existencia su utilidad.

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