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Archive for 21 octubre 2010


Desde siempre, y sobre todo cuando son madres, a las mujeres les ha gustado tejer.
Sentir el hilo que pasa por los dedos poco a poco y que se va anudando con paciencia hasta convertirse en una tela que abrigará a los hijos y nietos suele ser una experiencia íntima, recogida, cálida y reconfortante.
Tejían las tres Parcas (Nona, Décima y Morta) decidiendo el destino de los humanos, tejía Penélope aguardando el regreso de Ulises, tejen todavía las mujeres de culturas primitivas para ganarse el sustento, como también lo hacen las humildes arañas para atrapar a sus presas.
Desde la más remota antigúedad, al tejer se le ha atribuído un carácter simbólico y sagrado.
Los sufis se llaman a sí mismos ‘tejedores de lana’, porque usan el simbolismo de la fabricación de alfombras como metáfora de la confección del alma por Dios.
El revolucionario arquitecto norteamericano Christopher Alexander afirma que su creatividad se basa en el estudio de las alfombras turcas.
Sus dibujos, realizados por sufis, no están diseñados y tampoco siguen un pensamiento previo, sino que van surgiendo según se tejen. Una parte del dibujo lleva a la siguiente sin que el artista esté siguiendo un plano.
Los sufis se esfuerzan en tejer las alfombras ‘a la manera de Dios’, es decir, dejándose llevar por una corriente espiritual más que racional. Según ellos, así construyó, o mejor dicho, así va construyendo Dios el mundo.
Si la obra queda demasiado perfecta, hacen a propósito un punto equivocado, una pequeña falla (llamada ‘el punto persa’) como muestra de respeto, con el fin de reservarle la perfección sólo a Dios.
Mahatma Gandhi tejía su propia ropa, en señal de humildad y también para detener ese ruido mental que impide que el yo más profundo se manifieste, lo que también se logra mediante la oración, la meditación, el yoga y la danza mágica, técnicas diferentes para un mismo sendero místico.
En la marginada barriada de Palo Solo, Huixquilucan, a dos horas de la Ciudad de México, un grupo de mujeres se reúnen cada día para tejer en el taller de la cooperativa Mitz, que significa ‘Para ti’ en la lengua indígena náhuatl.
Son dos decenas de mujeres que se afanan en cortar y doblar tiras de papel laminado para luego trenzarlas con una técnica para tejer hojas de palma del pueblo nahua, descendiente de los aztecas.
De sus manos salen bolsos, monederos, agendas, portarretratos o esferas navideñas, unos 3.000 accesorios al mes que se comercializan luego en Alemania, Bélgica, España, Estados Unidos, Gran Bretaña e Italia a precios que van de los 15 a 140 dólares.
Estos ingresos permiten la autosuficiencia económica de las 50 cooperativistas y de sus familias.
La mitad de las ganancias se dividen entre todas las artesanas sin distinción. El resto del dinero se divide entre un 20 por ciento que se entrega a la escuela, otro 20 por ciento destinado a sufragar costos de manufactura y un 10 por ciento restante para gastos operativos.
Los productos Mitz también financian la Casa de los Niños de Palo Solo. Se trata de la única escuela de México para la población pobre que sigue el método de enseñanza Montessori. Fue construida hace más de 20 años sobre lo que antes fue un vertedero.
Desde el nacimiento de la Fundación Mitz hace siete años bajo el lema ‘Tejiendo el porvenir’, 2.500 niños y niñas de la comunidad han sido becados gracias al reciclaje de más 40 toneladas de residuos industriales.
Mitz ya no sólo ha logrado que firmas transnacionales como Mars, Pepsico, Terracycle y Starbucks les donen sus residuos, sino que su alianza con Mars ha sido decisiva para vender los productos en las tiendas M&M en las ciudades de Nueva York, Orlando y Las Vegas, en Estados Unidos.
Hasta ahora, según datos de la Fundación que conjuga comercio justo, autosuficiencia, energía renovable, solidaridad y educación, se han vendido más de 150 mil productos, que han generado más de un millón de dólares de ingresos. Esto indica un crecimiento de la producción de 50 por ciento en los últimos cuatro años.
Mitz se erige en el mejor y más perfecto ejemplo de lo que puede lograr la creatividad y la energía femeninas cuando se unen para trabajar como suelen hacerlo las mujeres: silenciosamente, aplicadamente, pacientemente, limpiamente, para construír un mundo mejor.

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Desde la más remota antigüedad el hombre ha sentido una especie de horror innato, una repugnancia instintiva, en matar a una mujer.
Seguramente por el respeto y temor masculinos ante el vientre que da la vida: matar a una mujer era asesinar la vida.
“Las mujeres y niños, primero”, se gritaba durante los naufragios cuando se llegaba a los botes salvavidas.
En las guerras, se ajusticiaba a los hombres, pero se perdonaba siempre a las mujeres y a los niños, convirtiéndolos en esclavos.
En nuestra época iconoclasta y desacralizada no sólo se practica legalmente el aborto, pisoteando el derecho a la vida del ser en gestación, sino también que se ejecuta sin contemplaciones a las mujeres, dueñas del vientre sagrado.
Ese homicidio del Estado que es la pena de muerte ha sido perpretado, hace pocos días, en EE. UU: Teresa Lewis (41 años, dos hijos y un nieto) se convirtió así en la primera mujer condenada a muerte en el Estado de Virginia desde 1912.
Al parecer, y manipulada por su amante (condenado a cadena perpetua, así como los autores materiales del delito), Teresa había ordenado el crimen de su marido e hijastro, para cobrar el seguro.
No bastó para detener la ejecución el hecho de que Teresa Lewis sufriera un trastorno de la personalidad que la hacía dependiente, ni que tuviera un coeficiente de inteligencia de 72, (tan sólo dos puntos por encima del coeficiente 70 considerado el umbral del retraso mental), ni de que hubiera pasado siete terribles años de espera en el ‘Corredor de la Muerte’.
Tras consumir su última cena a la carta consistente en pechuga de pollo, guisantes con mantequilla y pastel de chocolate, Teresa recibió por vía endovenosa, a las 9 de la mañana, un cóctel mortal de barbitúricos que le paró el corazón.
En su comparecencia en la cumbre de los Objetivos del Milenio en la sede de la ONU en Nueva York, el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, aludió a esta ejecución para comparar a Teresa Lewis con Sakineh Mohammadi Ashtiani, la mujer iraní condenada a ser lapidada por igual delito, acusando a EE. UU. de lanzar una ‘fuerte propaganda’ en nombre del humanismo para salvarla.
De 43 años y también madre de dos hijos, Sakineh ‘confesó’ hace dos meses haber planeado el asesinato de su marido, aunque su abogado (ahora exiliado en Noruega) y muchos otros creen que esta confesión ha sido forzada, como en tantos otros casos.
Condenada inicialmente a 99 latigazos por adulterio (que ya ha recibido), Sakineh volvió a ser juzgada y condenada, esta vez, a la muerte por lapidación, aunque la ingente labor de organizaciones de defensa de los derechos humanos ha logrado que esta terrible sentencia se cambie por la de ahorcamiento.
Sakineh sólo ha dicho: “Me matarán por ser mujer, en un país que cree que puede hacer lo que quiere con las mujeres”, sabedora de que su peor delito ha sido el tener dos relaciones extramatrimoniales en un país que lapida a los adúlteros.
Ambos casos no han tardado en ser utilizados para fines políticos.
La crítica antinorteamericana dice que los dos son similares y que se carga las tintas en el caso iraní para demonizar al Islam y preparar a la opinión pública para una próxima invasión norteamericana a Irán.
Otros, en cambio, ven al Islam como al gran enemigo de los valores de Occidente y de los derechos de la mujer.
Lo cierto es que los países del mundo que más aplican la pena capital son tanto Estados Unidos (con 3.260 condenados esperando en el ‘Corredor de la Muerte’, entre ellos 52 mujeres) como Irán (que ostenta uno de los índices de ejecución más altos del mundo, con 388 ejecutados en 2009) junto a China y Arabia Saudí.
En la psique colectiva, sin embargo, predomina la sensata y apabullante certeza de que el mandato bíblico “ojo por ojo y diente por diente” no es propio de seres humanos evolucionados.
Nunca un crimen justificará otro crimen, ni un asesinato se redimirá jamás a través de otro asesinato.

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