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Archive for 23 noviembre 2013

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Apareció muerta hace dos meses, drogada y asfixiada, atada de pies y manos con una cuerda de color naranja… Tenía sólo 12 años y había sido adoptada en China cuando tenía pocos meses.

Sus padres, Rosario Porto Ortega y Alfonso Basterra, eran dos personajes relevantes de la vida social de Santiago de Compostela:  ella, una conocida abogada, hija única de un renombrado letrado y cónsul de Francia; él, periodista en varios medios .  Les gustaba recordar que cuando Asunta aterrizó en Santiago, no paraba de llorar…

Con el tiempo, la hija se convirtió en una niña alegre y estudiosa. Hablaba con fluidez varios idiomas, tocaba muy bien el piano, practicaba ballet y deportes, sus calificaciones escolares eran las más altas. Destacaba por su belleza oriental y su viva inteligencia. Era la adoración de su abuelo materno, Francisco Porto Mella, con quien daba largos paseos por el parque al atardecer.

En 2010 la vida familiar cambió súbitamente.  Fallecieron los dos abuelos, sin enfermedad previa y con tan sólo siete meses de diferencia.  Charo, la madre, libre ya de la desaprobación de sus padres, cambió de vida: se divorció de su marido, abandonó la abogacía y comenzó a mantener relaciones con un hombre casado.

Hace dos meses, el  sábado 21 de septiembre de 2013, Asunta apareció muerta debajo de un árbol en una zona boscosa. Sus padres habían denunciado previamente su desaparición y hablaban de un secuestro.

Pronto, sus contradicciones (y un increíble relato sobre un desconocido que había intentado estrangular a Asunta tiempo atrás) levantaron sospechas en los investigadores del crimen.

El cadáver no presentaba signos de violencia sexual y había sido cuidadosamente colocado debajo del árbol, signo de que quien lo había dejado allí sentía algún tipo de afecto por la víctima.

El día del funeral, los dos padres fueron detenidos.

El crimen causó estupor y conmocionó a España entera. La crónica negra del país jamás había registrado un caso como éste, en que ambos padres se pusieran de acuerdo para matar a una hija.

Los hechos investigados hablaban de una crueldad y frialdad estremecedoras.

Ese día habían comido los tres en casa del padre, quien espolvoreó un potente ansiolítico, Orfidal, sobre las albóndigas que sirvió a Asunta. Luego, la niña y su madre regresaron a su casa. Cuando Asunta comenzó a cabecear, Charo la metió en su coche y la condujo hasta la finca familiar de Teo.  Allí la ató y asfixió, tapándole la boca y la nariz con un pañuelo. Cuando terminó de anochecer, la llevó hasta una zona boscosa, donde la dejó a la vera del camino.

Familiares y conocidos comenzaron a recordar… Los dos abuelos habían muerto repentinamente  y habían sido incinerados por la hija, a pesar de sus profundas creencias religiosas. Desde que cobrara la suculenta herencia, Charo había emprendido negocios en Marruecos, adonde viajaba muy frecuentemente.

Asunta no aprobaba la nueva pareja sentimental de su madre y se lo había hecho saber, lo que había generado conflicto entre ambas. Sin embargo en junio, durante una estadía en Marruecos, el hombre le había dicho a Rosario que ya no quería seguir con ella.

Charo, una mujer caprichosa, egocéntrica y autoritaria, hija única y mimada al extremo por sus padres, que jamás había sufrido un rechazo,  sufrió una crisis nerviosa que provocó su internamiento médico.

Desde entonces comenzó a tomar Orfidal y tuvo un acercamiento con Alfonso, que la esperaba como un perro fiel. Y también desde esa época Asunta había comenzado a concurrir a clase drogada: “Mi madre me da muchas pastillas”, confesó a una profesora, “mi madre quiere matarme…”

Asunta escribía un blog en inglés en el que contaba cómo ‘un hombre malo’ había matado a un matrimonio, cuyos espíritus vagaban por un parque…

¿Había descubierto Asunta, tal vez, que sus abuelos habían sido asesinados y quisieron silenciarla?

Jamás podrá comprobarse. Pero los investigadores creen firmemente que Charo quería comenzar una nueva vida en Marruecos, sola y sin ataduras, y que Asunta “le sobraba”.

Por su parte, Alfonso, un periodista no muy trabajador, dependía económicamente de Charo. Se supone que por esa razón colaboró en un plan atroz e inconcebible y comenzó a sedar a Asunta a modo de ensayo, hasta encontrar la dosis ideal para dejarla indefensa:  5 cajas de Orfidal.

Cumplieron así el siniestro guión: él la drogó, para que ella pudiera matarla.

Y, como un juguete usado, como una muñeca rota con la que ya nadie quería jugar, Asunta fue abandonada al costado de un camino esa fría y húmeda noche del otoño gallego…

 

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