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Geranios rojos tapando las bocas de los fusiles en Túnez


Mao Tse Tung advirtió: “Una sola chispa puede incendiar la pradera”.
En Túnez, la antigua Cartago, esta chispa ha sido la autoinmolación de Mohamed Bouazizi, de 26 años, quien se roció con gasolina en la plaza principal de la ciudad y luego se prendió fuego el pasado 17 de diciembre.
A pesar de su diploma universitario, Mohamed se veía obligado a vender fruta y verdura con un carrito ambulante para sustentar a su familia de varios hermanos. Cuando la policía le prohibió este tipo de venta, le quitó la mercadería y lo golpeó, el joven apeló a la suprema protesta.
Con graves quemaduras, agonizó en el hospital durante dos semanas. Cuando falleció el 4 de enero, su sacrificio había precipitado la caída del gobierno tunecino, cuyo régimen autoritario había durado más de 23 años.
El 14 de enero, Zine al-Abdine Ben Ali, hasta entonces presidente de Túnez, se vio obligado a huir a Arabia Saudita, convirtiéndose en el primer presidente del mundo árabe derrocado por una revuelta popular.
Mohamed Bouazizi había logrado un objetivo tal vez ni soñado: derrocar al régimen y convertirse en un símbolo para todo el mundo árabe.
La chispa de su sacrificio, avivada por bloguistas y activistas que se comunicaban y convocaban a manifestaciones a través de internet y de las redes sociales, desembocó en una ola generalizada de protestas por el desempleo y la corrupción que azota a Túnez.
Rápidamente, este tipo de protestas se está extendiendo ahora a Arabia Saudita, Marruecos, Sudán, Egipto, Mauritania y Argelia, donde no sólo se han producido inmolaciones sino también manifestaciones multitudinarias.
Dos factores hasta hoy desconocidos en la cultura árabe, el suicidio y la libertad de expresión, están generando este fenómeno inesperado.
Desde las mezquitas los imanes recuerdan a sus fieles musulmanes, durante los sermones de los viernes, la prohibición de quitarse la vida que les impone su fe.
Inmolarse como acto de protesta, hecho hasta ahora inédito, ha prendido como el fuego en un reguero de pólvora entre los ciudadanos descontentos, que son la mayoría.
Aquellos que han apelado a este autosacrificio brutal y definitivo como acto de denuncia (como lo hicieron los monjes budistas durante la ocupación de Indochina, ó el estudiante checo Jan Palach cuando la represión rusa en su país) en numerosas ocasiones han alcanzado sus objetivos de torcer el curso de los acontecimientos.
Oriente Medio, hasta ahora adormecido bajo el yugo de gobiernos autoritarios, comienza a despertarse y a pedir justicia y democracia para la región más explosiva del planeta.
Muchos peligros lo acechan, siendo los dos más notorios el caos y el islamismo radical, ya que, habiendo surgido la rebelión de manera espontánea entre los ciudadanos disconformes, la oposición a estos regímenes carece de líderes que la conduzcan.
Mohammad Momani, profesor de la universidad jordana de Yarmuk, previene: “”Los fundamentalistas tienen tendencia a prosperar en las fases de crisis con el mensaje de que todo va mal y de que ellos representan la única solución”.
La volcánica región parece, en estos momentos, libre también de cualquier tipo de control por parte de Occidente.
Estados Unidos, el Gran Hermano, se encuentra virtualmente ausente de su escenario. El Banco Mundial, por su parte, afirmaba hace nueve meses: “Túnez expande su economía y crea empleo”, ajeno como siempre a la cruda realidad tunecina de pobreza, desempleo y falta de oportunidades, y amigo como siempre de las dictaduras que se muestran benévolas con los intereses neoliberales.
Tal como solían afirmar Franklin D. Roosevelt de Anastasio Somoza o Henry Kissinger de Augusto Pinochet: “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”…
Hace casi 3.000 años, en el 814 a.C., la ciudad de Cartago fue fundada en el actual territorio de Túnez por Elisa (ó Dido), princesa fenicia hermana del rey Pigmalión de Tiro.
Elisa, huyendo de la tiranía ejercida por Pigmalión, se refugió en Cartago, donde terminó apuñalándose y arrojándose a una pira funeraria, con el fin inclaudicable de preservar su libertad.
La historia, en su infinito girar, nos devuelve a veces al punto de partida.

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Irán1Después de las elecciones del pasado viernes 14 de junio, Irán se ha convertido en un hervidero.
Los dos principales candidatos a la presidencia, el actual presidente iraní Mahmud Ahmadineyad y el candidato opositor Mir Husein Musavi se disputan los resultados de los comicios, ante la atenta mirada del mundo entero.
Y el ciudadano de a pie tal vez se pregunta: ¿Por qué es tan importante lo que ocurra en Irán?
Primero, porque Irán es en la actualidad la única república teocrática del mundo, ya que el poder se concentra en manos de los líderes religiosos o ayatolás.
Segundo, porque con la ayuda de Rusia, Irán está construyendo su primera estación nuclear.
Aunque las autoridades iraníes aseguran que lo hacen para utilizarla sólo con fines pacíficos, es decir, para proporcionar energía, el hecho no deja de producir alarma en el mundo occidental.
Según el ex presidente de Estados Unidos, George W. Bush, Irán formaba parte del “Eje del Mal”.
Pero lo cierto es que fue justamente la invasión de Irak por parte de las tropas norteamericanas lideradas por George W. Bush lo que afianzó la fuerte influencia actual de Irán sobre Irak y Afganistán.
La antiquísima Persia, hoy Irán, está gobernada con mano de hierro por el líder supremo Ayatolá Alí Jamenei, quien designa tanto al jefe del poder judicial como a los líderes militares, a los directores de radio y televisión y a los líderes de las plegarias de los viernes.
Los desórdenes de esta semana, sin precedentes en los 30 años de la República Islámica, señalan que no sólo se está cuestionando la limpieza de las elecciones del viernes pasado sino que también se comienza a desafiar la autoridad de este líder supremo, Ayatola Jamenei.
Como afirma el analista político Ahmad Rafat, por primera vez se presenta una fractura, no sólo entre laicos y religiosos, sino también en el mismo seno del poder religioso.
Si bien la mayor causa del descontento social es la pésima marcha de la economía, que hace que en Irán, dueño de la décima parte del petróleo del mundo, el combustible sea carísimo y esté racionado, también es cierto que el candidato opositor Mir Husein Musavi encarna las esperanzas de las nuevas generaciones iraníes, de las mujeres que anhelan mayor libertad, de la clase profesional y de los sectores más occidentalizados y progresistas del país.
Las protestas ya han causado ocho muertos y esta cifra podría seguir aumentando si las autoridades iraníes, como lo han prometido, intentan reestablecer el orden con mano dura.
Los que más resisten son los jóvenes quienes, mediante el boca a boca y el correo electrónico, han conseguido convocar a varias manifestaciones en los últimos días, a pesar de que el Gobierno iraní ya ha anulado el servicio de mensajería por sms.
Recordando otras revueltas protagonizadas por estudiantes que fueron reprimidas salvajemente, como la de Hungría en 1956, Checoeslovaquia en 1968 y la de la Plaza Tiananmen en China en 1989, por sólo citar las más recientes, cruzo los dedos para que esta vez los conflictos se resuelvan de una manera más civilizada.

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