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Apareció muerta hace dos meses, drogada y asfixiada, atada de pies y manos con una cuerda de color naranja… Tenía sólo 12 años y había sido adoptada en China cuando tenía pocos meses.

Sus padres, Rosario Porto Ortega y Alfonso Basterra, eran dos personajes relevantes de la vida social de Santiago de Compostela:  ella, una conocida abogada, hija única de un renombrado letrado y cónsul de Francia; él, periodista en varios medios .  Les gustaba recordar que cuando Asunta aterrizó en Santiago, no paraba de llorar…

Con el tiempo, la hija se convirtió en una niña alegre y estudiosa. Hablaba con fluidez varios idiomas, tocaba muy bien el piano, practicaba ballet y deportes, sus calificaciones escolares eran las más altas. Destacaba por su belleza oriental y su viva inteligencia. Era la adoración de su abuelo materno, Francisco Porto Mella, con quien daba largos paseos por el parque al atardecer.

En 2010 la vida familiar cambió súbitamente.  Fallecieron los dos abuelos, sin enfermedad previa y con tan sólo siete meses de diferencia.  Charo, la madre, libre ya de la desaprobación de sus padres, cambió de vida: se divorció de su marido, abandonó la abogacía y comenzó a mantener relaciones con un hombre casado.

Hace dos meses, el  sábado 21 de septiembre de 2013, Asunta apareció muerta debajo de un árbol en una zona boscosa. Sus padres habían denunciado previamente su desaparición y hablaban de un secuestro.

Pronto, sus contradicciones (y un increíble relato sobre un desconocido que había intentado estrangular a Asunta tiempo atrás) levantaron sospechas en los investigadores del crimen.

El cadáver no presentaba signos de violencia sexual y había sido cuidadosamente colocado debajo del árbol, signo de que quien lo había dejado allí sentía algún tipo de afecto por la víctima.

El día del funeral, los dos padres fueron detenidos.

El crimen causó estupor y conmocionó a España entera. La crónica negra del país jamás había registrado un caso como éste, en que ambos padres se pusieran de acuerdo para matar a una hija.

Los hechos investigados hablaban de una crueldad y frialdad estremecedoras.

Ese día habían comido los tres en casa del padre, quien espolvoreó un potente ansiolítico, Orfidal, sobre las albóndigas que sirvió a Asunta. Luego, la niña y su madre regresaron a su casa. Cuando Asunta comenzó a cabecear, Charo la metió en su coche y la condujo hasta la finca familiar de Teo.  Allí la ató y asfixió, tapándole la boca y la nariz con un pañuelo. Cuando terminó de anochecer, la llevó hasta una zona boscosa, donde la dejó a la vera del camino.

Familiares y conocidos comenzaron a recordar… Los dos abuelos habían muerto repentinamente  y habían sido incinerados por la hija, a pesar de sus profundas creencias religiosas. Desde que cobrara la suculenta herencia, Charo había emprendido negocios en Marruecos, adonde viajaba muy frecuentemente.

Asunta no aprobaba la nueva pareja sentimental de su madre y se lo había hecho saber, lo que había generado conflicto entre ambas. Sin embargo en junio, durante una estadía en Marruecos, el hombre le había dicho a Rosario que ya no quería seguir con ella.

Charo, una mujer caprichosa, egocéntrica y autoritaria, hija única y mimada al extremo por sus padres, que jamás había sufrido un rechazo,  sufrió una crisis nerviosa que provocó su internamiento médico.

Desde entonces comenzó a tomar Orfidal y tuvo un acercamiento con Alfonso, que la esperaba como un perro fiel. Y también desde esa época Asunta había comenzado a concurrir a clase drogada: “Mi madre me da muchas pastillas”, confesó a una profesora, “mi madre quiere matarme…”

Asunta escribía un blog en inglés en el que contaba cómo ‘un hombre malo’ había matado a un matrimonio, cuyos espíritus vagaban por un parque…

¿Había descubierto Asunta, tal vez, que sus abuelos habían sido asesinados y quisieron silenciarla?

Jamás podrá comprobarse. Pero los investigadores creen firmemente que Charo quería comenzar una nueva vida en Marruecos, sola y sin ataduras, y que Asunta “le sobraba”.

Por su parte, Alfonso, un periodista no muy trabajador, dependía económicamente de Charo. Se supone que por esa razón colaboró en un plan atroz e inconcebible y comenzó a sedar a Asunta a modo de ensayo, hasta encontrar la dosis ideal para dejarla indefensa:  5 cajas de Orfidal.

Cumplieron así el siniestro guión: él la drogó, para que ella pudiera matarla.

Y, como un juguete usado, como una muñeca rota con la que ya nadie quería jugar, Asunta fue abandonada al costado de un camino esa fría y húmeda noche del otoño gallego…

 

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El año pasado, Malala Yousafzai, de 15 años, era una estudiante aventajada del Valle de Swat, Paquistán.

A pesar de que los talibanes que controlaban la región habían prohibido la educación de las niñas, Malala, desde su blog, defendía desde los 11 años el derecho de las mujeres a aprender.

Una mañana que iba a la escuela fue abordada por un terrorista que le descerrajó varios tiros en la cara y el cuello. Malala quedó en estado crítico. Trasladada a Birmingham, Reino Unido, para su tratamiento y seguridad, la niña tuvo que sufrir varias intervenciones quirúrgicas para reparar los daños causados por los proyectiles. En una de ellas los médicos tuvieron que cubrir el gran agujero abierto en su cráneo con una placa de titanio.

La animosa Malala, milagrosamente viva y con su capacidad intelectual intacta después de múltiples cirugías cerebrales, ha conservado, como recuerdo de su batalla por la vida, el pedazo de cráneo que le extirparon.

Cuando volvió a clase en una escuela de Inglaterra, la adolescente exclamó: “Volver al colegio me hace muy feliz. Mi sueño es que todos los niños en el mundo puedan ir a la escuela, porque es su derecho”.

Su caso dio la vuelta al mundo, causando oleadas de apoyo y adhesión en todas partes. Ha sido galardonada con decenas de premios internacionales y ahora le ha sido concedido el Premio Sájarov a la Libertad de Conciencia, el más importante de la Unión Europea. También este año aspiraba al Nóbel de la Paz 2013, la nominada más joven de la historia.

El pasado 12 de julio, día en que Malala cumplía 16 años, pronunció un discurso ante las Naciones Unidas en Nueva York: “Pensaron que las balas nos iban a silenciar, pero fracasaron. Y luego, a partir del silencio, surgieron miles de voces”.

Hace unos días ha aparecido su autobiografía Yo soy Malala, cuyos derechos se destinarán a la Fundación Malala, que becará a 40 niñas paquistaníes para que prosigan sus estudios. “Que estas 40 niñas se conviertan en 40 millones”, anheló Malala.

Bajo el lema: “En estos momentos, 250 millones de niñas en el mundo viven en la pobreza. Y, sin embargo, ellas son la fuerza más poderosa para cambiar el planeta” el movimiento Efecto Niña, auspiciado por las fundaciones Nike, NoVo, Coalición de las Naciones Unidas para las Niñas Adolescentes y el Plan Internaciona (impulsor de la celebración del Día Internacional de la Niña cada 11 de octubre y de la campaña “Por Ser Niña”) busca acabar con la doble discriminación –género y edad- que sufren millones de pequeñas en todo el mundo.

¿Por qué se habla de niñas y no de niños? Porque las niñas tienen tres veces más probabilidades que los varones de ser asesinadas, abandonadas, esclavizadas, mutiladas y violadas, de convertirse en niñas-esposas, analfabetas ó mendigas.

En escalofriantes cifras de la Unicef, en la actualidad y de manera anual:

. 100 millones de niñas desaparecen por feticidio ó abandono

. 14 millones de niñas son forzadas a casarse y a quedar embarazadas

. 140 millones de niñas han sufrido mutilación genital (y la cifra aumenta en 2 millones cada año)

. el 50 por ciento de las agresiones sexuales se dan contra niñas menores de 16 años

Ahora es, entonces, cuando el ejemplo de Malala nos recuerda que la llave de la libertad de esas futuras mujeres ha sido, es y seguirá siendo, el acceso a la educación. Sólo la educación logrará que ésta sea la hora de las niñas.

Una sola mujer educada en una comunidad primitiva produce “el Efecto Niña”, es decir, instruye, educa y se convierte en ejemplo para las otras mujeres. Una mujer educada será la madre de una familia educada, será el espejo donde se mirarán no sólo sus hijas sino las amigas de sus hijas y las hijas de sus hijas.

Escolarizar a las niñas es romper esa barrera amasada con siglos de sumisión, ignorancia y marginalidad que separa a las mujeres de los hombres en los países donde aquellas son menospreciadas.

Una mujer educada ya no baja la cabeza y mantiene su dignidad y su igualdad frente a cualquiera.

Hace poco, un periodista británico entrevistó a Malala y le preguntó qué haría si un asesino talibán se presentara ante ella otra vez.

“Le hablaría de lo importante que es la educación”, contestó Malala. “Y que quiero educación incluso para sus hijos. También le diría: ‘Eso es lo que quiero decirte, ahora haz lo que quieras’”.

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Dos millones de hijas rechazadas mueren cada año en el mundo…
Ésta es la escalofriante cifra con la que concluye el ‘Informe sobre el desarrollo mundial 2012: Igualdad de género y desarrollo’, elaborado por el Banco Mundial.
Y estos dos millones de ‘niñas desaparecidas’ corresponden al millón y medio de abortos selectivos que se realizan en embarazos avanzados debido a que el feto es una niña, además de otro medio millón de hijas menores de cinco años que mueren porque en sus hogares paupérrimos prefieren alimentar mejor a los hijos varones o porque, simplemente, no las alimentan después de nacer.
Este horror, hasta ahora practicado mayoritariamente en China, India y Corea del Sur, se está extendiendo paulatinamente al Cáucaso y a los Balcanes.
A pesar de que las autoridades de estos países han tratado de detener esta terrible práctica, prohibiendo el uso de ecografías para detectar el sexo de los fetos y penalizando a los médicos si lo informan, en los últimos 20 años han aumentado los feticidios de niñas en China hasta superar al millón en 2008.
Sólo en la India se calcula que se han abortado diez millones de fetos femeninos en los últimos 20 años.
En China, la ‘Política del Hijo Único’ no hizo más que empeorar las cosas ya que, puestos a elegir, los padres preferían abortar, abandonar o dejar morir a las niñas para tener un varón como hijo único, sobre todo en las zonas rurales muy atrasadas.
En el campo hacen falta brazos para la cosecha y las hijas salen demasiado caras porque hay que darles una dote para poder casarlas.
Si la hija no se casa, será una carga -y probablemente una deshonra- para la familia durante toda la vida. Además, un niño resulta de más ayuda en el campo, afirman.
Y, en países donde no existen los sistemas de pensiones, el hijo varón se convierte, asimismo, en el seguro para la vejez de los padres.
Este feminicidio masivo, horroroso en sí mismo, que no es ni más ni menos que un asesinato de niñas por el sólo hecho de serlo, trae aparejado también funestos corolarios.
Cuando pasan los años, los hombres en edad de casarse superan al número de mujeres de su generación, por lo que paralelamente han ido aumentando el secuestro y la venta de niñas, la prostitución infantil y la violación de mujeres.
Una de las medidas que más éxito están teniendo para frenar esta masacre silenciosa es el el Programa Nanda Devi para Niñas, lanzado hace tres años por el gobierno de Uttarakhand, en el Himalaya indio.
En él se establece que a cada niña nacida luego de enero de 2009 en familias que viven bajo la línea de pobreza le corresponde un depósito fijo de 105 dólares, que puede retirarse con intereses cuando la beneficiaria tenga 18 años y haya terminado la escuela secundaria.
“Esos programas son lentos, pero sin duda logran un cambio en una sociedad donde el deseo de tener un heredero varón es un asunto social complejo”, afirma Shashi Bhushan, de Shri Bhuvaneshwari Mahila Ashram (SBMA), una organización no gubernamental que ayuda a proteger los derechos de las mujeres.
Tomar conciencia de que estas barbaridades todavía se cometen en nuestros tiempos y denunciarlas públicamente es comenzar a erradicarlas, en nombre de la humanidad y de esos millones de gritos silenciosos que, sin embargo, llegan a nuestros oídos.

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Golam, una niña afgana de 11 años y su marido de 40, el día de su boda (Foto Premio Unicef 2007, de Stephanie Sinclair)


Hace pocos días, en la provincia de Hajjah, en Yemén, falleció una niña llamada Elham Mahdi a consecuencias de una hemorragia interna. Elham tenía doce años y había sido casada contra su voluntad hacía tres días con un adulto que le doblaba la edad.
La hemorragia que le causó la muerte se debió a las relaciones sexuales forzadas (entiéndase violaciones) a las que la sometió su marido durante esos tres días de suplicio.
Esta muerte es la última en una serie de sucesos recientes
debidos a los matrimonios de niñas en Yemen.
En 2009, otra niña yemení de doce años, Fawziya Ammodi, fue forzada a casarse y murió meses después durante el trabajo de parto, ya que su pequeño cuerpo no estaba aún maduro para este proceso, falleciendo también su bebé..
Según la Organización Seyaj para la Protección de la Infancia, Fawziya se debatió durante un larguísimo parto de tres terribles días antes de morir desangrada.
Los padres suelen casar a sus hijas prematuramente para librarse tanto de cargas económicas como de futuros y potenciales peligros para el honor de la familia.
En 2008 una niña yemení de diez años, Nujood Ali, fue obligada a abandonar la escuela y a casarse con un hombre de treinta.
A partir de entonces la pequeña Nujood fue objeto no sólo de las violaciones y palizas de su marido sino que se convirtió en la esclava de su suegra, quien la obligaba a trabajar sin descanso.
Cansada de escaparse a casa de sus padres y de ser devuelta a sus verdugos porque así lo estipulaba la ley, Nujood se rebeló, convirtiéndose en la protagonista de un hecho sin precedentes.
Un día tomó un taxi y se dirigió a un Juzgado, donde reclamó el divorcio. Después del revuelo mediático que se formó a su alrededor, consiguió el divorcio que pedía.
El año pasado, en Arabia Saudí, la Comisión de Derechos Humanos contrató un abogado para defender el divorcio de una niña de doce años a la que su padre había casado con un hombre de ochenta, tras el pago de una dote de 16.000 €. El anciano, que ya se había casado anteriormente con otras tres menores, la violó la misma noche de bodas.
Este tipo de bodas son frecuentes en países musulmanes como Afganistán, Bangladesh, Pakistán, Yemén y Arabia Saudí, éste último uno de los países más ricos del mundo.
Pero también lo son en otros no musulmanes, como India, Congo o Etiopía, donde casan a niñas de tan sólo siete años.
A pesar de que casi todos estos países han firmado la Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, en la práctica estas atrocidades se siguen perpetrando, ya sea porque algunos clérigos se basan en una interpretación rigorista del Islam, ya sea porque la dote encubre un turbio negocio de compraventa de niños en las zonas más pobres y tribales.
Aunque los nuevos maridos suelen prometer que esperarán a que las novias alcancen la pubertad para consumar el enlace, pocos lo cumplen.
Hace poco el jeque marroquí Mohamed Ben Abderrahman Al Maghraoui afirmaba, en una fatua (edicto islámico) con crudeza: “Una niña de nueve años ofrece, con frecuencia, mejores prestaciones en la cama que una joven de veinte”.
Este teólogo radical fundamentó su edicto en el ejemplo del profeta Mahoma, quien se casó con la menor de sus esposas, Aisha, su favorita, cuando ésta tenía sólo seis años, aunque esperó a que cumpliera los nueve para consumar la boda, teniendo él ya cincuenta y tres.
Al Maghraoui también adujo que el Corán (65:4) aconseja casar a una hija antes de que haya comenzado a menstruar, para preservar el honor de la familia.
Y, añado yo, para que sea posible someterla antes de que haya llegado a la edad de la rebeldía y de la autoafirmación. Una niña es siempre más dócil que una adolescente…
Gaza fue, hace pocos meses, el escenario de una boda masiva. Más de 450 novios en la veintena se casaron con novias menores de diez años. Cada novio recibió de la organización rebelde palestina Hamas un regalo de 500 dólares.
Aunque en Occidente estas terribles costumbres nos horroricen, el Centro Internacional de Investigación Sobre Mujeres estima que actualmente existen más de 51 millones de niñas desposadas en todo el mundo.
Las mujeres del planeta deberíamos unir nuestros esfuerzos para conseguir que se erradiquen y penalicen severamente estas bárbaras costumbres, ya que, por tratarse de criaturas indefensas, constituyen el peor de los atropellos a los Derechos Humanos.

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