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Hace pocas semanas la reportera de la BBC Anne Mwathe denunciaba desde la frontera entre Kenia y Somalia: “Las madres somalíes están abandonando a sus bebés junto al camino…”
Una refugiada lo relataba así: “Hubo una sequía. Luego una guerra. No había nada que darle de comer a los niños… Caminé con mis hijos durante 22 días sin tomar alimento, sólo agua. Uno de ellos estaba tan enfermo que, para salvar a los otros, tuve que dejarlo a un costado del camino. Sus ojos todavía me persiguen…”
Demasiado débil para cargarlo en brazos, prosiguió su viaje, tambaleándose y con los más pequeños asidos a sus faldas, hasta alcanzar la meta salvadora: los campos de refugiados de Dadaab.
Para lograrlo atravesó áreas donde acechan bandoleros y grupos armados que intentaron violarla, a ella y hasta a sus hijas pequeñas.
Lo afrontó todo, con tal de llegar a los campos de refugio que, preparados para 90.000 personas, albergan ya a más de 400.000.
Y que son bastante peligrosos…
Arriban 1.300 refugiados por día, en su mayoría mujeres y niños.
Una vez allí, transcurren de siete a doce días antes de que los niños agonizantes reciban la primera ración alimenticia.
La desnutrición, sumada a las enfermedades generadas por el hacinamiento y la falta de agua, hacen el resto.
Y, como si fuera poco, siguen en peligro de ser violados, cuando buscan leña o van al usar el bosque como letrina.
Ya han muerto 30.000 niños, más de la mitad durante la primera semana en los campos de refugio. Y 12 millones de personas siguen todavía en peligro…
¿Qué originó este verdadero infierno sobre la tierra?
Primero, el cambio climático, los fenómenos de El Niño y la Niña que perturbaron las condiciones de humedad en todo el hemisferio sur.
Y también la especulación alimentaria, las empresas de agricultura industrializada que se han apoderado de las tierras y siembran monocultivos de grano que alcanza en los mercados precios tan disparatados que los países pobres no alcanzan a pagarlo.
Fue en verano de 2008 cuando la crisis se trasladó dramáticamente al tercer mundo y mató de hambre a millones de personas a causa de la especulación en los mercados de futuros de materias primas.
La ONU ha pedido a la comunidad internacional los 1.600 millones de euros necesarios para afrontar la crisis. Pero Francia, por ejemplo, sólo ha destinado hasta ahora menos de 10 millones de euros.
Se llegó a anunciar una urgente reunión de donantes, pero tampoco ésta llegó a concretarse… Todo hacía presagiar que, pronto, sucedería lo peor.
Sin embargo, como en los cuentos de hadas, un súper héroe ha acudido a salvar a las personas en peligro.
Esta luz verde de esperanza ha comenzado a brillar desde el pasado 8 de marzo, cuando el Parlamento Europeo aprobó la Tasa Robin Hood, promovida por una alianza de ONG (Intermon Oxfam, Ayuda en Acción, Save the Children, Plan, entre otros) que propusieron un impuesto a las transacciones que realizan los bancos.
Esta tasa del 0,005 % al 0,05 % tendría como objetivo la creación de un fondo para luchar contra la pobreza y ayudar a los países pobres afectados por el cambio climático.
Se calcula que podrían recaudarse unos 300.000 millones € en Europa que, sumados a los 650.000 millones € aportados por el resto de la comunidad internacional, contribuiría tanto a que se redujeran considerablemente las diferencias sociales como los efectos del cambio climático y a que se cumplieran los compromisos adquiridos en el año 2000 por 189 países: los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
La propuesta ante el Parlamento Europeo, defendida por la socialdemócrata griega Anni Podimata, incluye asimismo otras medidas ejemplarizantes, tales como la creación de eurobonos e impuestos verdes.
La Tasa Tobin (así llamada en honor a quien la ideó, el Premio Nobel de Economía estadounidense James Tobin), ahora rebautizada como Tasa Robin Hood, ya ha sido respaldada por Alemania y Francia, aunque EE UU ha pedido calma para evaluar los efectos…
Si se hiciera realidad y comenzara a aplicarse, la justicia cósmica habría logrado que algo de la riqueza colonial acumulada durante siglos por las superpotencias, y que fue arrebatada mediante el saqueo y la opresión, volviera a manos de sus legítimos propietarios.

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Cuando Charles Darwin publicó en 1859 su obra fundamental El origen de las especies, el naturalista inglés marcó, sin lugar a dudas, un antes y un después en el pensamiento científico al inaugurar el evolucionismo que lo ha marcado hasta hoy.
Lo que seguramente Darwin jamás pensó fue que su teoría se vería manipulada y deformada con el fin de justificar atrocidades.
Pocos años más tarde su propio primo, Sir Francis Galton, gestó esa perversa vertiente del evolucionismo llamada Darwinismo Social, que aplicaba las nociones de la selección natural a las razas humanas.
En ella Galton razonaba que las sociedades humanas que buscaban proteger a los desfavorecidos y a los débiles estaban reñidas con la selección natural, que propiciaba la supervivencia de los más aptos.
Así, Sir Francis Galton formuló por primera vez la teoría de la ‘eugenesia’, proponiendo la selección artificial para mejorar la raza humana.
Esta teoría sería aplicada con mucho esmero 60 años después, tanto por el nazismo alemán como por todas las políticas de limpieza étnica y de esterilización de enfermos, pobres y delincuentes en Europa y Estados Unidos.
A fines del siglo XIX el Darwinismo Social le vino como anillo al dedo al naciente neoliberalismo, ya que le permitía justificar sus políticas imperialistas.
En su libro Los holocaustos del fin de la era victoriana Mike Davis cuenta cómo más de 60 millones de personas murieron de hambre durante esa época debido a la desidia de los gobiernos coloniales.
En la India, mientras la hambruna de la década de 1870 causada por una terrible sequía causaba un verdadero genocidio, el virrey Lord Lytton supervisaba una exportación récord a Inglaterra de 6.4 millones de quintales de trigo.
En 1877, también Lord Lytton, conocido por sus extravagancias, encargó “la más colosal y cara comida de la historia del mundo” para más de 10.000 invitados, con el fin de festejar la coronación de la reina Victoria de Inglaterra como Emperatriz de la India.
Los comensales disfrutaron del festín, que duró más de tres días, mientras a las puertas del palacio donde se celebraba el banquete agonizaban multitudes de indios famélicos…
También el colonialismo y la imposición del capitalismo liberal causaron en esa época millones de muertos en China, Brasil, Etiopía, Corea, Vietnam y las Filipinas.
La causa principal se debía a que los imperios obligaban a los campesinos a producir monocultivos de productos para exportar en lugar de otros más diversificados para autoabastecerse, condenándolos así a una muerte segura en caso de catástrofe climática, lo que finalmente sucedió.
Un multimillonario neoliberal, John D. Rockefeller Jr, pontificaba durante la década de 1950: “El crecimiento de un gran negocio es simplemente la supervivencia del más apto… La rosa American Beauty sólo puede alcanzar el máximo de su hermosura y el perfume que nos encantan, si sacrificamos otros capullos que crecen en su alrededor. Esto no es una tendencia malsana del mundo de los negocios. Es, meramente, el resultado de una combinación de una ley de la naturaleza con una ley de Dios.”
Durante la década de 1970 el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano ya afirmaba en su libro Las venas abiertas de América Latina que esta región del mundo había sido saqueada sucesivamente por España, Portugal e Inglaterra.
Por esas fechas, justamente, Henry Kissinger afirmaba rotundamente: “Controla el petróleo y controlarás las naciones, controla los alimentos y controlarás a los pueblos”.
Y en su siniestro informe NSSM 200, apodado también ‘Informe Kissinger’, se preguntaba: “¿Debe ser el alimento considerado como un instrumento de poder nacional? Todo tipo de ayuda debe ajustarse a aquellos países que acepten las condiciones de reducir la tasa de natalidad y de buscar la estabilidad política.”
Para agregar terroríficamente: “Los expertos recomiendan que la política norteamericana, tanto interior como exterior, busque como objetivo la eliminación de unos 2.400 millones de seres humanos en los años venideros”.
Sin palabras…
Se teme que dentro de diez años se produzca una hambruna global de proporciones incalculables que puede saldarse no sólo con millones de muertos sino también con migraciones masivas descontroladas y una violencia enloquecida, la de los que no tienen nada que perder.
Las mujeres, que desde el principio de los tiempos hemos sido las madres nutricias del planeta, deberíamos unir nuestros esfuerzos para impedirlo, ahora que todavía estamos a tiempo.

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