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Hubo un tiempo, en los albores de la humanidad, cuando de la sabiduría de la mujer , y de su intuitivo cuidado de la vida, dependía el tejido mismo de la sociedad.
Las mujeres fueron las primeras sacerdotisas que aseguraban mediante ritos la benevolencia de la Diosa e interpretaban su sagrada voluntad.
Llevadas por su instinto de preservar la vida, las mujeres prehistóricas aprendieron a desentrañar los misterios de las hierbas medicinales y eso las convirtió en las primeras sanadoras.
Eran las que ayudaban a venir al mundo a los recién nacidos, las que velaban junto a los agonizantes y las que amortajaban a los muertos.
Las que sabían distinguir entre los frutos silvestres y hongos comestibles y aquellos que eran venenosos.
Las inventoras de las primeras letras, con fines religiosos, y las encargadas de transmitir todos estos conocimientos de madre a hija, a través de las generaciones.
Con el cambio de paradigma que le otorgó el poder a los varones , allì por el año 3.000 a C, sobrevino la desvalorización de lo femenino.
Se consideró a la mujer, a partir de entonces, un ser inferior, subordinado al hombre, carente de razón y hasta de alma, una mero vientre productor de hijos, que tenía el imperativo de embellecerse para ser objeto de deseo.
Aunque desde la Ilustración las mujeres comenzaron su rebelión definitiva contra esta etiqueta, todavía en nuestros días quedan resabios, de los que hay que tomar conciencia.
Las mujeres de hoy deberían preguntarse, por ejemplo, de dónde viene la tiranía de la moda y de los cánones de belleza actuales, que la condenan a la desnutrición y a la eterna inseguridad.
¿Quién dicta los imperativos de adelgazar, o de machacarse en el gimnasio, o de perforarse los lóbulos de las orejas, el labio inferior o el ombligo para ser deseable?
En el siglo XIX los burgueses franceses ordenaban a sus hijas: “Sois belle et tait toi” (Sé bella y cállate).
Y ellas lo aprendieron al pie de la letra.
¿Qué voz susurrante y milenaria les dice constantemente que son demasiado gordas, demasiado bajas, demasiado golosas o demasiado charlatanas?
Se trata de la silenciosa voz de la inferioridad, interiorizada en los abismos del subsconsciente, que después de 50 siglos de desvalorización femenina se ha convertido ya en una sólida convicción, que se evidencia tanto en lo personal como en lo profesional.
Del 14 al 16 de mayo de 2009 se celebró en Santiago de Chile la Cumbre Global de las Mujeres, llamada informalmente “el Davos de las Mujeres”.
La Cumbre reunió a mujeres de negocios, profesionales y líderes gubernamentales, con el objetivo de explorar estrategias y mejores prácticas que permitan acelerar el progreso económico de las mujeres en todo el mundo.
En ella se llegó a varias conclusiones muy importantes, que podrían resumirse en una sola: en palabras de Krista Wallochik , Consejera Delegada de Norman Broadbent España, son las propias inseguridades de la mujer (falta de confianza, miedo al fracaso, excesivo perfeccionismo) las que le impiden avanzar, las que la autolimitan.
Y aconsejan vivamente el perder el miedo a a equivocarse y a cometer errores, que sólo han de verse como oportunidades de aprendizaje.
En suma, perderle el miedo al fracaso.
El futuro liderazgo está en manos de la mujer, sin lugar a dudas.
Pero sólo si tiene fe en sí misma y retoma el sendero de la autoestima, cuyo rumbo perdió en algún recodo del camino.

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“Menos tu vientre, todo es oscuro. Menos tu vientre claro y profundo.” (Miguel Hernández)

“Menos tu vientre, todo es oscuro. Menos tu vientre claro y profundo.” (Miguel Hernández)


Desde sus comienzos la humanidad adoró la fuente de la vida humana, la misma que originaba toda la existencia animal y vegetal, bajo la forma de la Gran Diosa Madre, la Dadora de Todo.
Los hombres y las mujeres primitivos se reconocían, a ellos y a su entorno, como partes de un todo que era la naturaleza, que a su vez era parte de un todo que era el cosmos.
Se trataba a la naturaleza con respeto y maravilla, por ser la suprema manifestación del gran misterio de la vida y de la muerte.
Con temor y admiración los primeros humanos contemplaban cómo el prodigioso milagro de la vida humana surgía de las profundidades del vientre de la mujer.
Con el tiempo, estos seres inocentes comenzaron a albergar temores.
Tal vez el sol no saldría mañana….
Quizás la primavera no regresaría a cubrir de brotes tiernos las ramas desnudas de los árboles y éstos no se cubrirían de frutos…
Comenzaron, entonces, a practicar rituales con el fin de asegurarse la buena voluntad de la Diosa y su exhuberante generosidad.
Para honrarla, celebraron grandes fiestas donde hombres y mujeres copulaban frenéticamente, orgías colectivas donde el acto sexual era el protagonista, como símbolo de la fecundación de la Madre Naturaleza.
Pasaron los años y surgió otra modalidad religiosa, la prostitución sagrada.
Ésta obligaba a las doncellas vírgenes a servir como sacerdotisas-prostitutas durante cierto número de años en el templo de la Diosa, para preservar el sagrado misterio de la fecundidad en la memoria de los hombres.
Tiempo después estas costumbres también se perdieron y surgió, entonces, la idealización del héroe, del guerrero que con la fuerza de su brazo, a golpes de espada y con férrea voluntad, podía cambiar el rumbo de los acontecimientos.
La admiración callada por el milagro de la vida fue reemplazada, poco a poco, por el temor a la jerarquía autoritaria y a la soberanía de la voluntad.
El cuerpo de la mujer dejó de ser el sagrado templo de la vida para cosificarse en un objeto placentero, un juguete para el espasmo egoísta de un minuto y la satisfacción de la dominación instantánea.
Sin saberlo, el varón calmaba así sus más profundos temores ante el enorme misterio de la existencia.
Si dominaba a la mujer, controlaba la vida.
Si poseía ese vientre todopoderoso que lo había expulsado y que podía volver a devorarlo, estaba a salvo de la muerte.
Así nacieron actividades tan tristes y tan alejadas de la dignidad humana como lo son la pornografía y la prostitución.
Para recuperar nuestra alma y nuestra unidad con el cosmos, debemos regresar a los valores dictados por nuestra intuición más esencial.
Y recordar que todo lo que denigre el cuerpo de la mujer, ese sagrado templo de la vida, constituye un crimen de lesa humanidad contra nuestra más intrínseca naturaleza.

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