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Desde que comenzó la crisis económica global se escuchan voces que pronostican el fin de la supremacía occidental, después de cinco siglos de dominación.

Occidente y Oriente se enfrentaron desde sus diferentes posturas ante el mundo ya durante las Guerras Médicas entre Grecia y Persia, en el siglo V a.C.

Grecia defendía las libertades individuales, el arte y la democracia; Persia imperaba a través de la tiranía, la guerra y el sometimiento de las masas a un único poder: el Rey de Reyes. A partir de allí, Occidente y Oriente se desarrollaron de manera divergente.

En la actualidad, Occidente flaquea, con su hegemonía económica amenazada por China y su seguridad quebrada por el fanatismo islamista. Ha perdido la confianza en sí mismo y se ha replegado en espera de tiempos mejores.

¿Cuándo comenzó la supremacía occidental, que se justificaba en la quimera de la superioridad de la raza blanca? En el siglo XV, con la primer carabela que emprendió la conquista de América, coincidiendo con la expulsión de judíos y musulmanes de España.

Según la escritora tunecina Sophie Bessis en su libro Occidente y los otros, a partir de allí, bajo este doble signo de una apropiación y una expulsión, Occidente, utilizando de ariete la inteligencia del Renacimiento, construyó una identidad colectiva de superioridad y supremacía en base a mitos y universalidades.

Con el triunfo de la Razón, dice Bessis en su crítica implacable, comenzó una lectura sesgada de la historia que ignoraba intencionadamente la presencia de Oriente en el pensamiento europeo.

Por ejemplo, inventando el mito del origen exclusivamente grecorromano de Occidente, para lo que borró las influencias babilónicas, caldeas, egipcias e indias asimiladas por la Grecia presocrática hasta Alejandro Magno.

España, por su parte, tan interracial y multicultural, renegó de sus raíces mediterráneas para obsesionarse con el etnocentrismo y la “limpieza de sangre” hasta 1865.

La creencia en la supremacía blanca, que comenzó a extenderse a partir del “descubrimiento” de América,  justificó ideológicamente tanto la conquista de poblaciones indígenas como la trata de esclavos africanos, basándose en el supuesto carácter infrahumano de esas razas.

Aunque se hable del Siglo de Oro de poetas, artistas y sabios, lo real es que fue entonces cuando Europa comenzó a aplicar la ley de la selva, la del más fuerte.

Las herramientas ideológicas de su dominación fueron la deshumanización del ‘otro’ y la construcción de una identidad cerrada, ambas presentes todavía en el subsconsciente de la Europa de hoy.

La cristiandad y la raza sirvieron para legitimar no sólo la conquista de América sino también todas las demás colonizaciones. Justo es destacar que España aceptó la mezcla racial desde el principio, a condición de que el americano aceptase ser cristiano, lo que fue el origen de la actual población mestiza en toda Hispanoamérica.

Las colonias británicas, en cambio, optaron por una férrea separación de razas y hasta por el genocidio de las tribus indias. ¡El matrimonio interracial estuvo prohibido en algunos estados norteamericanos hasta 1967!

Niall Ferguson, profesor en Harvard y un historiador muy influyente, en su ensayo Civilización: Occidente y el resto,  defiende en cambio la cultura occidental y lamenta el ocaso de quinientos años de supremacía de Occidente.

En este trabajo, Ferguson admite las injusticias de esta dominación, la arrogancia y su contradicción entre la proclamación de la igualdad de todos los seres humanos y el rechazo al otro, pero pone en valor aspectos positivos.

Afirma que Occidente triunfó gracias a sus killer apps (aplicaciones demoledoras): competencia, ciencia, propiedad privada, medicina, sociedad de consumo y ética del trabajo.

El punto clave es, para Niall Ferguson, que las instituciones sociales que permitieron la supremacía de Occidente ahora están siendo adoptadas por Oriente, lo que explica su ascenso en las últimas décadas.

Según Ferguson, el progresivo declive de Occidente se debe a la pérdida de confianza en sí mismo causada por su ácida autocrítica en lo que respecta a su historia de esclavitud e imperialismo, su presunta adicción a la guerra y la exclusión de minorías raciales en derechos y privilegios.

El muy weberiano y harvardiano Ferguson también achaca este deterioro a la secularización de la sociedad y al reemplazo de la cultura del trabajo por el hedonismo consumista.

Al demoledor ataque a Occidente de Sophie Bessis y a la indulgente defensa neoliberal de Niall Ferguson se suma una tercera voz, ésta conciliadora.

El historiador Felipe Fernández-Armesto, catedrático de la Universidad de Notre Dame, en su nuevo libro 1492: el nacimiento de la modernidad expone que desde esa fecha los lazos de interdependencia económica y de intercambio cultural que hoy se extienden por todo el mundo han ido multiplicándose. Fue, explica, el inicio de las grandes transferencias ecológicas que llevaron plantas, animales, gentes y microbios, desde Eurasia y África hacia el Nuevo Mundo y al revés.

Desde la prehistoria, hombres y culturas se habían separado “en un proceso divergente”. Pero desde 1492 “de forma asombrosa y repentina, surgió un nuevo modelo convergente. Nunca antes, ni nunca después en la historia de la evolución en este planeta, sucedió tal cosa dentro de un solo año», afirma Fernández-Armesto. Para él, Cristóbal Colón no fue el único protagonista de este milagro. También lo fueron los judíos sefardíes, el Extremo Oriente, el Índico, Rusia y las sociedades indígenas precolombinas.

Y todo gracias a China, para el historiador,  el gran motor del mundo…

“De allí nos llegaron todos los ingredientes de nuestro armario de ideas y tecnologías por los cuales solemos felicitarnos. Sin la pólvora, no hubiéramos experimentado una revolución militar. Sin el papel, no se habría dado nuestra forma moderna de gobernar burocráticamente. Sin papel moneda, no habría nacido nuestro capitalismo que amamos tanto. Sin los altos hornos de carbón, jamás habría surgido la revolución industrial. Todos son inventos chinos».

¿Será la comunidad mundial capaz de organizarse en el mundo multipolar al que aspiran China y otras potencias emergentes? ¿O continuará la pugna de superpotencias rivales?

Sin embargo, no sólo es el auge de estas economías lo que amenaza la supremacía occidental sino algo que la corroe por dentro: el fracaso progresivo de un sistema liberal basado en un capitalismo financiero, cuya principal equivocación ha sido olvidar el valor de lo humano.

La opinión pública occidental aspira a un desarrollo más equilibrado e igualitario, que ojalá coincida con la búsqueda de una sociedad más armoniosa por parte de los chinos.

Hace poco, el embajador norteamericano Chas W. Freeeman jr.,  explicaba:  “Los emblemas actuales de Estados Unidos son los bombarderos, las tropas terrestres, los aviones no tripulados cargados de armas letales; China evoca, cada vez más, torres y multitud de grúas, ingenieros, contenedores cargados de bienes de consumo… Los chinos pagan cash, entregan mercaderías a cambio de dinero y no exigen de sus socios comerciales que se adapten a sus preferencias políticas o les ayuden a promover su agenda imperial, como lo hacía Estados Unidos.”

Mientras tanto, Occidente expía sus pecados…

Hace poco el museo Quai Branlyde París ofrecía la muestra Exhibiciones: la invención del salvaje, una vasta exposición de 600 obras, documentos de época y filmes de archivo que hurgan en una herida todavía sin cicatrizar:  la ignominiosa locura colectiva que vivió Occidente entre aproximadamente 1850 y 1940.

Fue entonces, cuando, en las “exposiciones universales” de las principales ciudades, desde  Chicago a París y desde Londres a Berlín, se exhibían en zoos humanos a “salvajes”, “negroides” e “indígenas”, junto con mujeres barbudas, enanos y personas contrahechas, en un verdadero atentado a la dignidad humana.

Hasta que, finalmente,  toda esta paranoia de superioridad de la raza blanca explotó en forma de nazismo en Alemania, fascismo en Italia y franquismo en España.

Y, con tristeza y un estremecimiento de repulsa, recuerdo también al más cercano “negro de Bagnoles”, un africano disecado que se exhibió en el museo de esa localidad catalana hasta que, hace bien pocos años, alguien se apiadó de él y lo devolvió para ser enterrado en su bosquimana aldea natal…

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Gene Sharp, en una foto reciente.


Con sus 84 años a cuestas, camina encorvado mientras revisa las orquídeas que cultiva en el fondo de su casa, una antigua construcción en el modesto barrio oeste de Boston. Después se sienta ante una mesa abarrotada de libros, en su mayoría ensayos, con su perro labrador echado a los piés.
Parece un viejo inofensivo, pero no lo es.
En realidad Gene Sharp ha cambiado, y muchas veces, la historia del mundo. Casi todas las revoluciones del planeta desde hace décadas llevan su sello intelectual: Ucrania, Servia, Birmania, Kurdistán, Venezuela, Vietnam, Zimbabue, Guatemala, Australia, China, Japón, Georgia, Tailandia, Irán, Ucrania, entre muchas, hasta las más recientes de la Primavera Árabe como Túnez y Egipto. La lucha que en estos momentos se lleva a cabo en Siria también practica sus enseñanzas.
¿Quién es Gene Sharp?
Según sus propias palabras, y a partir de su formación religiosa, todo surgió a partir de una pregunta: ¿cómo hacer para convertir al mundo en un lugar mejor? Su primera respuesta fue la insumisión: en 1953 estuvo preso durante 9 meses por negarse a ir a luchar en la guerra de Corea.
Después de doctorarse en la Universidad de Oxford fue nombrado Investigador Asociado del Centro para Asuntos Internacionales de la Universidad de Harvard. Asimismo, es fundador de la Institución Albert Einstein, cuya misión consiste en defender las libertades e instituciones democráticas, oponerse a la opresión, la dictadura y el genocidio, y reducir la violencia con instrumento político.
Tras las huellas de Gandhi, ha hecho de la resistencia no violenta su bandera.
Autor de libros tan influyentes como La política de la acción no violenta, De la dictadura a la democracia y La relevancia de Gandhi en el mundo moderno, afirma tajantemente: “Todo pasa por identificar la fuente del poder de una dictadura. Puede ser el apoyo popular, la legitimidad, el apoyo institucional, etc, de la que dependa la existencia de esa dictadura. El plan consiste en organizarse para reducir esa fuente de poder y así debilitar al régimen hasta que se desmorone y caiga por sí mismo”.
Sharp acuñó el término “jiu-jitsu político”, el que, siguiendo las reglas del judo, consiste en derribar al oponente mediante un desequilibrio generado por una táctica política estratégica o maniobra.
Su creencia fundamental es la de que toda estructura de poder se basa en la obediencia de los sujetos a las órdenes de los dirigentes. De esa forma, si el sujeto no obedece, los líderes no tienen poder.
Humilde y sensato, erudito y creativo, Gene Sharp lleva más de 50 años luchando por la democracia: “Lo hago para que la gente oprimida pueda alcanzar la libertad, para que los terroristas no se conviertan en terroristas ya que pueden apelar a este otro tipo de lucha armada”.
Sus 198 Métodos de Acción No Violenta ha sido el manual estratégico de todas las rebeliones populares de las últimas décadas. Traducido a más de treinta idiomas, ha pasado de frontera en frontera, a escondidas de las policías secretas de todo el planeta.
En él se explican tácticas de desobediencia civil que van desde cómo aplicar el boicot de los consumidores, a de qué manera organizar una manifestación pacífica, hasta el modo de ridiculizar a los gobernantes despóticos en obras de teatro.
Está demostrado que estas 198 claves funcionan y son efectivas a la hora de erosionar el poder político, tanto, que su difusión aterra a los gobiernos autoritarios.
Cuando el manual llegó a Rusia, los servicios de inteligencia allanaron la imprenta y las librerías donde estaba en venta fueron misteriosamente consumidas por el fuego.
Las autoridades iraníes se apresuraron a transmitir una película de propaganda animada en la televisión estatal que mostraba a Gene Sharp complotando para derrocar al gobierno de Irán desde Washington.
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, utilizó su programa semanal para advertirles a sus conciudadanos que Sharp era una amenaza a la seguridad nacional.
Ahora, los 198 Métodos pueden descargarse gratuitamente por internet.
Uno de los mejores colaboradores de Gene Sharp es el también anciano Bob Helvey, coronel retirado de EE UU, héroe de la guerra de Vietnam, condecorado en 1968 por su extraordinario heroísmo en acción.
“Vietnam me convenció de que tienen que existir alternativas de cambio que no incluyan el matar a la gente”, afirma. Su impecable mentalidad de estratega militar impresiona mucho a los jóvenes revolucionarios a los que asesora, más idealistas y menos prácticos que él.
Los dos, Sharp y Helvey, trabajan instruyendo a todo aquel que lo necesite en su lucha por la democracia.
“La rebelión de la Plaza Tiananmen, a la que acudí como observador, fracasó porque los estudiantes no tenían ni planificación ni decisiones estratégicas, como por ejemplo, cuándo abandonar la plaza. Improvisaban constantemente y por eso fracasaron y fueron masacrados”, afirma Sharp.
Considerado por sus detractores como colaborador de la CIA y por sus seguidores como justo merecedor del Premio Nobel de la Paz, Gene Sharp, a pesar de sus dificultades económicas, prosigue su trabajo tranquila y calladamente.
Ignorado por el gran público, está considerado como la persona más influyente en la política mundial después del Che Guevara.
Le gusta repetir a los jóvenes su frase favorita: “Jamás te rindas. Mientras no te rindas, no estás derrotado”.
En momentos como el actual, en el que hay tanto por lo que luchar, un viejo-joven-rebelde como Gene Sharp constituye un ejemplo y una inspiración.

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