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Aisha, joven afgana de 18 años, mostrando su cara mutilada en la portada de la revista Time del 9 de agosto de 2010


Hace pocos días, el 9 de agosto de 2010, la revista norteamericana Time mostraba en portada una cruel imagen: el primer plano de la cara mutilada de Aisha, una joven afgana de 18 años, a la que el año pasado, ejecutando un castigo ordenado por la justicia Taliban, su marido le cortó la nariz y las orejas.
Según relata en ese mismo medio la periodista Aryn Baker en el artículo Qué pasará si dejamos Afganistán, ese aciago día, poco antes de la medianoche, los Taliban tocaron a la puerta de los padres de la joven, exigiendo que Aisha fuera castigada por haber huído de la casa de su marido.
La muchacha aseguró que sus familiares políticos la trataban como a una esclava y que, si no hubiera huído, habrían terminado por matarla.
Pero fue inútil. Su juez, un comandante Taliban local, permaneció inconmovible y exigió que se cumpliera la sentencia.
Mientras que el cuñado de Aisha la sujetaba, su marido extrajo un cuchillo de sus ropas. Primero le cortó las dos orejas. Luego empezó con su nariz.
Ahora Aisha se encuentra en un refugio secreto para mujeres maltratadas de Kabul, reponiéndose de sus heridas y escuchando obsesivamente las noticias por la radio.
Le aterra que el gobierno afgano llegue a un acuerdo político con los Taliban.
“Ellos son los que me hicieron esto”, dice, tocándose la cara mutilada. “¿Cómo podemos reconciliarnos con ellos?..”
Detrás de esta desesperada pregunta existen numerosas posturas enfrentadas.
En primer lugar, la de los políticos norteamericanos, que ven cada día más claro que el conflicto comenzado hace casi nueve años por Bush debe terminar, ya que no se puede seguir enviando soldados y recursos por tiempo indeterminado.
A la que se suman las denuncias del sitio web wikileaks.org, capitaneado por su fundador Julián Assange, el que ha revelado las frecuentes matanzas de civiles afganos inocentes durante las operaciones de las tropas norteamericanas.
Debido a toda esta presión, en diciembre el Presidente Obama presentó un plan que tenía el objeto de retirar las tropas estadounidenses de Afganistán, de manera escalonada, a partir de julio de 2011.
Sin embargo este plan, opinan sus críticos, no hará más que envalentonar a los Taliban y a otros grupos extremistas que operan en la región.
El pasado mes de junio el Presidente de Afganistán, Hamid Karzai, estableció una comisión de paz con el cometido de evaluar una posible negociación con los Taliban.
En julio, el dirigente de Human Rights Watch, Tom Malinowski, se entrevistó con Karzai, quien dudaba que existiera algún espacio para los derechos humanos cuando se estaban perdiendo cada día tantas vidas humanas.
“Esencialmente él me preguntó”, relata Malinowski, “¿Qué es más importante, proteger el derecho de una chica a ir a la escuela o salvar su vida?”
Firmar la paz significará pactar con los Taliban y aceptar gran parte de su medieval e intransigente posición sobre el rol de la mujer, y ya se alzan voces cuestionándolo.
Algunas parlamentarias afganas, como Fawzia Koofi, temen que el escaso progreso en materia de igualdad logrado hasta el momento retroceda en aras de un rápido acuerdo de paz.
Mozhdah Jamalzadah, una refugiada afgana que vive en Canadá y que es activista por los derechos de la mujer, suele contar un chiste que circula por Kabul.
En él un equipo de especialistas extranjeros en Derechos Humanos se admira de ver un día en la rural región de Helmand, donde se hacen fuertes los Taliban, a una mujer caminando seis pasos por delante de su marido, cuando siempre están obligadas a caminar seis pasos detrás de su amo y señor. Cuando los extranjeros se apresuran a felicitar al marido por su postura igualitaria éste les aclara que lo hace, en realidad, por estar ambos caminando sobre un campo minado.
Hace pocos días el jefe de la misión militar de EE UU en Afganistán, el general David Petraeus, ha reabierto el debate sobre la salida en 2011 de las tropas estadounidenses de ese país asiático de casi 33 millones de habitantes, al ofrecer la posibilidad de una prolongación de la misión, algo que venía reclamando a Obama la cúpula militar de EE UU con el argumento de que la estrategia militar adoptada sólo hace unos meses está empezando a dar fruto.
¿Será esta alternativa salomónica la solución al dilema?
Mozhdah, que considera que un retiro de tropas estadounidenses demasiado prematuro y precipitado podría resultar nefasto para las mujeres afganas, afirma: “Si se sacrifica a las mujeres para obtener la paz también se sacrifica a los hombres que las apoyan y se abandona el país a los fundamentalistas que fueron el origen del problema”.
Ella y otras luchadoras desean que llegue pronto el día en que hombres y mujeres afganos simplemente caminen juntos, lado a lado, y en la misma dirección.

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Hace unas semanas, el caso de la francesa Chantal Sébire reactualizó el tema de la eutanasia en todo el mundo.
Chantal, quien padecía desde hacía ocho años un cáncer en la cara que la había desfigurado y dejado ciega en medio de terribles dolores, solicitaba a las autoridades francesas que le administraran la eutanasia. De 52 años y madre de tres hijos, Chantal afirmaba: “Me siento literalmente devorada por el dolor”.
Se le denegó la eutanasia y a los pocos días apareció muerta en su domicilio: se había administrado la eutanasia ella misma. Como el gallego Ramón Sampedro Cameán, quien inspiraría más tarde la película “Mar adentro”.
En España, no sólo no está permitida la eutanasia, sino que lo ocurrido en el Hospital Severo Ochoa de Leganés hace tres años ha tenido funestas consecuencias.
Como se recordará, en 2005 el entonces consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Manuel Lamela, dio crédito a una denuncia anónima y sentó en el banquillo al doctor Luis Montes y a algunos de sus compañeros, acusándolos de practicar la eutanasia a 400 enfermos terminales del hospital. En realidad sólo les habían suministrado cuidados paliativos, es decir, sedación contra el dolor.
Algunos compararon a estos médicos compasivos con Josef Mengele, el siniestro médico nazi, mientras que otros se agolparon ante las puertas del juzgado gritando: «Doctor muerte, en la cárcel quiero verte».
Ahora la Audiencia Provincial de Madrid ha sobreseído el caso y ha limpiado el nombre de los médicos.
Pero el daño está hecho. No sólo los acusados han sufrido un calvario largo e injusto sino que, a partir de ese momento, todos los médicos españoles restringieron al mínimo los cuidados paliativos, por temor a que les ocurriera algo parecido.
O sea, que desde hace tres años muchos enfermos terminales en España mueren entre dolores atroces y en medio de una espantosa agonía, sin acceso a los medicamentos que podrían aliviarles y permitirles dejar este mundo serenamente.
Los detractores de la eutanasia la comparan, de manera sesgada, con los exterminios nazis y alegan que su legalización abriría la posibilidad de que se la aplicara a pedido de herederos impacientes o de parientes hartos de una enfermedad demasiado larga. Agregan que la sedación suprime el dolor pero acorta la vida (lo que es cierto).
Sin embargo, el 70 % de los médicos y más del 85 % de los españoles están a favor de los cuidados paliativos. El famoso cardiólogo sudafricano Christian Barnard admitió una vez que, de acuerdo con su hermano, también médico, había practicado la eutanasia a su madre, agonizante de cáncer.
Es respetable que alguien se oponga a la aplicación de la eutanasia, para sí o para algún ser querido, por razones religiosas. Pero no es respetable que pretenda imponer sus creencias a todo el conjunto de la sociedad.
La muerte es parte de la vida. Como tal, cada persona debería poder elegir cuándo y de qué modo quiere morir. Y absolutamente todos deberíamos tener una muerte digna, en paz y sin sufrimiento. Éste es uno de los derechos más elementales de la libertad humana.
Para evitar posibles abusos, habría que regularizar la eutanasia, como ya lo han hecho Holanda, Bélgica y Suiza. De todos ellos el mejor modelo es el holandés, el más claro y mejor regulado y, en la opinión de los expertos, perfectamente extrapolable a España.
La Asociación Federal Derecho a Morir Dignamente describe el problema en estas palabras: “Se muere mal cuando la muerte no es aceptada, se muere mal cuando los que cuidan no están formados en el manejo de las reacciones emocionales que emergen de la comunicación con los pacientes, se muere mal cuando la muerte se deja a lo irracional, al miedo, a la soledad, en una sociedad donde no se sabe morir…”

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