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De izquierda a derecha, Stefan Petzner, Claudia Heider y Jöerg Heider

De izquierda a derecha, Stefan Petzner, Claudia Heider y Jöerg Heider


El pasado 11 de octubre falleció, en un gravísimo accidente de coche, Jöerg Heider, el austríaco que se hizo famoso en todo el mundo por liderar el ultranacionalista-liberal Partido de la Libertad de Austria y llevarlo al gobierno.
En la actualidad, ejercía como gobernador de Carinthia por segunda vez.
Heider había alcanzado la notoriedad por su postura de extrema derecha, desde la que no dudó en alabar las políticas nazis y en hacer frecuentes comentarios xenófobos y antisemíticos, lo que provocó el malestar de varios países que impusieron diferentes sanciones al gobierno de su partido.
Su muerte, a los 58 años, fue muy lamentada en Austria y catalogada de “tragedia humana” por el presidente austríaco Heinz Fischer.
Jöerg Heider fue enterrado con honras nacionales en medio de una muchedumbre acongojada.
Días más tarde comenzaron a conocerse algunos detalles de su muerte, que hicieron tambalear el pedestal al que lo habían subido.
Se supo, por ejemplo, que cuando ocurrió el accidente fatal el coche Volkswagen Phaeton de Heider iba a 142 km por hora, más del doble del límite de la velocidad permitida (70 km por hora) y que la tasa de alcohol en su sangre era del 1.8 %, también muy superior al límite legal de 0.5 %.
Luego otra noticia añadió un detalle escabroso: la noche de su muerte Jöerg Heider había estado bebiendo en un conocido bar de homosexuales, donde había conversado en actitud más que íntima con un atractivo joven.
Después llegó el añadido de que, horas antes de ir al mencionado bar, había mantenido una fuerte discusión con Stefan Petzner, su hombre de confianza, portavoz del partido y proclamado como su sucesor oficial.
Finalmente el escándalo estalló con virulencia cuando Petzner, de 27 años, confesó consternado una semana después, durante una entrevista de radio: “Jöerg y yo estábamos conectados por algo verdaderamente especial. Teníamos una relación que iba mucho más lejos que la amistad. Fue el hombre de mi vida”.
Después admitió que Heider y él habían sido amantes durante años.
Jöerg Heider, casado y con dos hijas, presumía de ser un “hombre de familia”, aunque ahora se conoce que llevó una doble vida durante años.
En palabras de Stefan Petzner, su esposa era para Heider “como una madre”.
Y agregó con tristeza: “Yo sólo lo tenía a él, y ahora estoy solo. Jöerg me decía con frecuencia: ‘Eres el amor de mi vida’. Él y yo sabíamos lo que significaba y esto permanecerá para siempre entre nosotros”.
Hasta aquí esta es una historia más de homosexualidad no asumida y nos preguntamos por qué ha causado tanta conmoción en Austria.
Más de uno se ha preguntado: ¿son los austríacos, acaso, un pueblo de miras tan estrechas y tan intolerante con la diversidad sexual?
Pues no.
Los austríacos, como el resto de europeos, consideran que lo escandaloso no es la opción homosexual del fallecido, a la que todo el mundo tiene derecho.
Tampoco les escandaliza, aunque les disguste, la hipocresía social en la vida de doble moral que llevaba el político fallecido.
La verdadera y profunda provocación la constituye el hecho de que Jöerg Heider, que por su condición sexual se sabía perteneciente a una minoría, haya defendido hasta el fin de sus días la ideología nazi.
Como se sabe, los nazís consideraban a los homosexuales hombres débiles y afeminados que eran absolutamente despreciables, ya que no podían luchar por la nación alemana y tampoco engendrarían hijos que sirvieran de soldados al Tercer Reich.
Según los relatos de algunos supervivientes, los prisioneros homosexuales de los campos de exterminio nazis eran los más castigados, abusados y humillados de todos.
Diversos documentos refieren que, ya fuera en la fábrica de cohetes de Dora-Mittelbau o en las canteras de Flossenbürg y Buchenwald, en Alemania, siempre se les daban las tareas más mortíferas a los homosexuales.
En lugar de superar a sus padres, ambos nazis fanáticos, Jöerg Heider decidió llevar adelante las ideas de éstos, aunque se contradijeran estrepitosamente con su propia naturaleza.
Igual que Adolf Hitler, quien, avergonzado de tener una abuela judía, se dedicó a exterminar a todos los judíos de Europa.
El que puso, finalmente, las cosas en su justo lugar fue su amante, Stefan Petzner, quien con una loable candidez obligó a Heider a salir del armario desde su propia tumba.

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