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Archive for the ‘. “A Conciencia” Revista Fusión’ Category

Alejandro, solo en la frontera

Alejandro, solo en la frontera

La fotografía de Alejandro dio la vuelta al mundo.
Tomada por la reportera Jennifer Whitney en una zona fronteriza de Texas y publicada en el New York Times, en ella se ve al pequeño de 8 años que acaba de llegar a la frontera entre México y EE UU, en el momento en que un agente de la patrulla de la frontera verifica el único documento que trae: su certificado de nacimiento.
Alejandro, como miles de otros menores centroamericanos, ha emigrado solo y después de pasarse tres semanas viajando desde Honduras, su país natal, acaba de llegar a su meta: los Estados Unidos. Su imagen, que luego se volvió viral en Internet, documenta el drama incesante de la emigración infantil hacia EE UU.
Siempre hubo niños emigrantes que dejaban a sus familias detrás para buscar un futuro mejor. Durante los siglos XIX y XX muchos galleguitos de 13 años arribaban al puerto de Buenos Aires para “hacerse las Américas”, apretando un atado de ropas entre las manos y con una mirada desolada en los ojos. Pero eran casos puntuales. Jamás se habían visto tantas oleadas de un éxodo infantil masivo como las que se están produciendo desde hace tres años de Honduras, El Salvador y Guatemala hacia Estados Unidos.
En estos momentos hay casi 50.000 menores en los centros de detención estadounidenses, diseñados para atender a 8.000. A diferencia de los niños indocumentados solos de origen mexicano, Estados Unidos no puede devolverlos de inmediato, por lo que tienen que ser tomados bajo custodia de las autoridades federales. Son verdaderas “patatas calientes” que queman en las manos de los países de acogida, de tránsito y de origen, patatas que nadie quiere recoger y que están causando, en palabras del propio presidente Barack Obama, una crisis humanitaria incalculable.
¿Cómo llegan? En camiones, haciendo autoestop en la carretera, en tren o a pie. Para atravesar la frontera entre México y EE UU se suben a los techos de un tren de mercancías apodado “La Bestia” por sus innumerables accidentes mortales. Comen lo que les dan o lo que encuentran o lo que roban, beben el agua de los bebederos de las vacas y duermen envueltos en sus harapos al raso, bajo un árbol.
Muchos son captados por mafiosos, los “Coyotes”, que prometen llevarlos al otro lado y que, muchas veces, después de haberles quitado todo su dinero, los esclavizan, los violan, los matan o los venden a proxenetas para su comercio sexual, lo que se acentúa en el caso de las niñas. Son numerosos los testimonios que afirman haberlos visto vagando desorientados por el desierto después de haber sido violados, atormentados por la asfixia y la sed.
¿Qué los lleva a afrontar tantos riesgos? La violencia y la miseria. Casi 13 millones de menores centroamericanos viven inmersos en la pobreza extrema, condenados por un modelo económico inhumano.
En esas condiciones, la vida familiar se desintegra. Los padres (a veces los dos) emigran para enviar dinero a sus familias. Los niños, mal protegidos por sus abuelos, caen en las garras de las maras, terroríficas pandillas que los utilizan para sus fines delictivos. Esas mismas maras suelen condenarlos a muerte cuando las han desobedecido. O, como a Ángel, un salvadoreño que consiguió huir y refugiarse en EE UU, les ordenan matar a otro, en este caso a su hermano pequeño.
El miedo a esas condenas, el deseo de reunirse con sus padres en el paraíso del norte, el anhelo de aventura y una infantil subestimación de los peligros se conjuntan para impulsarlos a un viaje casi suicida para hacer realidad el Sueño Americano.
Cuando se les pregunta por qué se han atrevido a emigrar solos dan respuestas candorosas y estremecedoras: “Si no encuentro a mi papá, tal vez alguna señora norteamericana me adopte y me envíe a la escuela”, “Quiero trabajar para pagarle las medicinas a mi mamá”, “Cuando sea rico mandaré a buscar a mi abuelita”, “No quiero regresar a Honduras, allá matan gente y no se puede jugar”…
Elizabeth Kennedy, profesora de la Universidad Estatal de San Diego y de la Universidad de California, afirma que el miedo y las amenazas de muerte son las principales causas de la emigración infantil hacia Estados Unidos en el último tiempo: “Hice más de 400 entrevistas a niños refugiados y el 60 % me dijo que huían del crimen, las maras y la violencia. Más del 90 % tienen familiares en Estados Unidos”.
Buscando el camino a casa (Which Way Home), el documental de Rebecca Cammisa, ‘Sister Helen’, que expone el tremendo periplo, ha recibido por este motivo numerosos premios internacionales y fue nominado en 2010 al mejor documental por la Academia de Hollywood.
¿Cómo poner fin a este terrible drama? Por ahora no hay soluciones mágicas. Las autoridades estadounidenses están abocadas a evitar que más menores entren en el país de manera inmediata. Los congresistas, a su vez, debaten dos probables soluciones: enviar más dinero a los países de origen o reforzar las fronteras.
Mientras tanto, cada día continúan llegando pequeños féretros blancos de regreso a sus hogares centroamericanos. Es la desoladora vuelta a casa de las víctimas de accidentes de tren, de la extrema deshidratación del desierto, del hambre o del depravado abuso sexual.
O, como Nohemí Álvarez, una ecuatoriana de 12 años, por haberse suicidado en un albergue de Ciudad Juárez después de que la hubieran liberado de un traficante de personas…
Todos sabemos que no se le pueden poner puertas al hambre y a la desesperación.
Así que es preciso que los países ricos reflexionen urgentemente sobre las consecuencias que habrá para ellos si seguimos dentro de este sistema económico global rapaz y caníbal, en un planeta cada día más pequeño.

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Era una agradable mañana de primavera, en la que el aire tibio y perfumado llegaba a ráfagas desde las colinas.

El sábado 10 de junio de 1944, los habitantes del apacible pueblo de Oradour-sur-Glane, en la región francesa de Lemosín,  se dedicaban a sus tareas habituales.

A las 14:15 horas, acabado el almuerzo, las mujeres lavaban y tendían ropa al sol, los niños jugaban cerca de sus madres y los hombres, mientras esperaban el reparto semanal de tabaco, aprovechaban para comentar las noticias que llegaban sobre el avance aliado desde las playas de Normandía.

De pronto se oyeron los roncos motores de una caravana de vehículos blindados. Más de 150 soldados alemanes de la 2ª División Panzer de las SS “Das Reich” descendieron rápidamente, rodearon el pueblo y ordenaron a los pobladores reunirse en la plaza.

Los separaron en dos grupos, los hombres por un lado y por el otro, las mujeres y los niños.

Los primeros fueron repartidos entre cuatro graneros locales y los casi 500 mujeres y niños, encerrados en la iglesia del pueblo.
Después, comenzó el horror.

Los hombres fueron ametrallados  y rematados a punta de pistola. En la iglesia, donde gemían de pánico las madres abrazadas a sus hijos, los cobardes verdugos, incapaces de mirar a los ojos a sus inocentes víctimas, arrojaron por las ventanas bombas de humo tóxico para envenenarlas.

Cuando vieron que ésto no bastaba y que se sucedían los gritos de dolor, arrojaron granadas de mano, ametrallando a los que  intentaban escapar. Por último, incendiaron el edificio de madera, que ardió como una gigantesca pira.

Los soldados completaron su siniestra obra prendiendo fuego a los 328 edificios del pueblo y reduciéndolos a cenizas.

En la masacre de ese día murieron, de una forma atroz, un total de 642 personas: 189 hombres, 240 mujeres y 213 niños.

Sólo unos pocos vecinos lograron salvarse, menos de una decena. Un niño llamado Roger Godfrin, alertado por su instinto infantil, se había escabullido de la plaza y había corrido hasta un bosque.  Una mujer, Margueritte Rouffanche, había logrado saltar de una ventana de la iglesia y había huído a una huerta, donde un soldado la había ametrallado y dejado por muerta. Algunos hombres, malheridos, se habían quedado quietos debajo de las pilas de cadáveres en los graneros…

Contó Margueritte, días más tarde, que una joven vecina suya había intentado pasarle su bebé de siete meses para que lo salvara, pero que ambos habían sido alcanzados por las ráfagas de ametralladora…

Después de la liberación, el general Charles de Gaulle ordenó que los restos de Oradour-sur-Glane se conservaran tal como habían quedado el día de la tragedia.

Nueve años más tarde, en 1953, se iniciaron los Procesos de Burdeos, en los que 65 soldados (la mitad de ellos franceses alsacianos de etnia alemana) fueron encausados por la carnicería. Los juicios provocaron una profunda tensión en Francia, dividida entre los que condenaban la matanza y los ciudadanos de Alsacia, pro-alemanes. Dos de los acusados fueron condenados a muerte (aunque sólo pasaron por la cárcel), el resto fue absuelto o cumplió penas leves.

Ninguno de los 21 oficiales nazis que declararon ante el Tribunal logró dar una explicación para tamaño castigo colectivo, aunque se supone que de esta manera el régimen nazi había pretendido vengar su derrota en el Desembarco de Normandía.

Durante la guerra, no sólo Oradour sufrió la crueldad de los SS. También la conocieron la villas de Kortelisy (actual Ucrania), Lídice en Checoslovaquia (hoy República Checa), el pueblo holandés de Putten y los villorrios italianos de Sant’Anna di Stazzema y Marzabotto, así como innumerables aldeas soviéticas…

A finales de los años 80 surgió la iniciativa de convertir las fachadas ennegrecidas, los coches calcinados y los restos de objetos cotidianos que permanecían entre las ruinas de Oradour-sur-Glane en un Memorial que recordase para siempre a la humanidad el horror de la guerra y la inhumana barbarie nazi.

A 70 años de esa atrocidad, el presidente alemán Joaquim Gauck y su homólogo francés François Hollande han visitado las ruinas.

Ambos recorrieron, tomados de la mano, las desoladas calles y, juntos también, inclinaron la cabeza y rezaron ante el destruído altar de la iglesia, escenificando la reconciliación franco-alemana después de la Segunda Guerra Mundial.

“Francia y Alemania han entendido que el horror de la guerra puede volver en cualquier momento. Frente a ello, han querido construir una Europa que avanza apoyada en la libertad, la dignidad y la solidaridad”, ha señalado el presidente alemán, antes de fundirse en un emocionado abrazo con Hollande.

Desde su inauguración en 1999 más de medio millón de personas han visitado el Memorial de Oradour, convertido en lugar de recogimiento y reflexión.

Y todos ellos, sin excepción, se han estremecido ante las palabras escritas en el cartel situado a la entrada del pueblo:

Souviens-toi!..”  (¡Acuérdate!..).

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“¡Mira, papá! ¡Bueyes pintados!…”

Estas palabras de una niña de ocho años cambiaron para siempre la historia del conocimiento humano: acababan de descubrirse las famosas pinturas rupestres de la Cueva de Altamira, en Santillana del Mar, oculta entre las verdes praderas de Cantabria.

Corría el año 1879 y el hidalgo don Marcelino Sanz de Sautuola había decidido visitar la gruta en compañía de su hijita María Justina. Sabía del lugar por referencias de un aparcero suyo, Modesto Cubillas, que la había hallado accidentalmente hacía tres años mientras cazaba con su perro.

Hombre culto y aficionado a la arqueología y la paleontología, Marcelino  pasaba los veranos en una casona del pueblo santanderino de Puente de San Miguel.  Solía entretener sus ocios estivales hurgando el suelo de las cavernas de la región, en busca de fósiles y de utensilios primitivos de sílex.

Pero hasta ese día jamás había levantado los ojos para mirar los techos abovedados de la cueva de Altamira.  Con el aliento entrecortado contempló maravillado el inmenso lienzo de pinturas que decoraban el techo de la sala principal de la gruta. Ante sus ojos atónitos desfilaron toros enormes, jabalíes, caballos y bisontes,  pintados con una perfección y un colorido incomparables.

Profundamente impresionado por su hallazgo, Marcelino Sanz de Sautuola escribió a sus amigos antropólogos, envió un informe a la Academia y un año más tarde, en 1880, publicó su hoy famoso libro Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander.

Su revelación tuvo un fuerte impacto sobre los científicos de la época y pronto la cueva de Altamira fue objeto de innumerables controversias.

¿Databan verdaderamente sus dibujos de la prehistoria o eran obra de algún pintor moderno? ¿Era posible que aquellos seres humanos tan poco evolucionados, casi simios, hubieran sido capaces de producir esas obras de arte?

A fines del siglo XIX la ciencia comenzaba a dar sus primeros y tímidos pasos.  La Iglesia todavía no aceptaba la novedosa teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin y se escandalizaba ante la idea de un Adán y una Eva grotescos y vestidos con pieles.

En el otro extremo, el evolucionismo tampoco admitía la evidencia de Sautuola, creyendo que, como el progreso había sido lineal, la manifestación del arte recién había aparecido en las últimas etapas humanas  y no entre los pueblos salvajes de la Edad de Piedra.

Pero Marcelino, convencido de la importancia de su hallazgo, dedicó el resto de su vida a defenderlo. Comenzó así una desigual batalla en la que se llegó a poner en duda no sólo su credibilidad, sino también su honor.

Por suerte, Sautuola no estaba solo. Su gran amigo, el eminente prehistoriador y catedrático Juan Vilanova había visitado Altamira en 1880 y desde entonces luchaba a su lado por imponer la verdad.

Ambos invitaron a numerosos miembros de la comunidad científica internacional a visitar la caverna. Pero casi siempre éstos llegaban a las mismas conclusiones: los dibujos y pinturas eran demasiado perfectos, demasiado complejos, para hacer sido realizados en una época tan remota. Los expertos los atribuían a soldados romanos, a fenicios, a antiguas civilizaciones orientales… Cualquier autoría parecía más creíble que la del del hombre del Paleolítico.

Sautuola y Vilanova, empecinados, consultaron al más famoso prehistoriador del mundo, el francés Émile Cartailhac. Pero éste también rehusó avalar la autenticidad del descubrimiento: le resultaba inaceptable que dibujos con tal maestría fueran obra de hombres salvajes… Otras máximas autoridades en la materia como Virchow, Mortillet y Undset llegaron a calificarlos como “obra de falsarios o de dementes”… Marcelino atravesó, entonces, un verdadero calvario. Se reían de él, lo tachaban de loco o, peor todavía, de farsante y embustero.

Pasó el tiempo y las pinturas de Altamira cayeron en el olvido. En 1888, Marcelino Sanz falleció a los 58 años sin haber conseguido el reconocimiento de su hallazgo, tal vez extenuado por tanta incomprensión… Juan Vilanova tomó el testigo y prosiguió su lucha, dando conferencias y asistiendo a congresos para hablar del tema, hasta que murió seis años después que su amigo.

La cueva de Altamira fue, entonces, cerrada con una puerta cuya llave guardó la joven María Justina Sanz de Sautuola.

Años después, a fines del siglo XIX, se descubrieron en el sur de Francia numerosas cuevas con arte mural de factura muy similar a la de Altamira, aunque no con la perfección de ésta: Chabot, La Mouthe, Les Combarelles,  Font-de-Gaume, etc…

Todas tenían, indudablemente, un origen paleolítico.

Una nueva generación de estudiosos, con la mente mucho más abierta que las de sus predecesores, había tomado el relevo: Capitán, Peyrony y el sacerdote católico Henri Breuil, entre los más destacados.

Ante la evidencia, los científicos se rindieron.  La comunidad científica internacional recordó entonces la injusticia cometida con los dos investigadores españoles, Sautuola y Vilanova.

Émile Cartailhac, tozudo pero noble, decidió rectificar su fatídico error.

Una mañana, acompañado de Breuil, se presentó en casa de María, a solicitarle humildemente les permitiera acceder a la cueva de Altamira.  Acompañados por la muchacha, los dos científicos recorrieron las diferentes salas y, alumbrados con una antorcha, admiraron los impresionantes frescos.

Cartailhac, abrumado y enjugándose las gruesas gotas de sudor que se deslizaban por su frente, tuvo que apoyarse en el hombro del joven abad Henri Breuil. Después, cabizbajo, se dirigió a  María: “Ahora ya no puedo hacer más que una cosa: he de rehabilitar a su padre ante la ciencia… “

Acompañados por la joven viajaron a Santander para rendir homenaje ante la tumba de Marcelino Sanz de Sautuola.

Cartailhac, uno de los más grandes opositores a la autenticidad de Altamira, escribió entonces el artículo La cueva de Altamira. Mea culpa de un escéptico, en el que no sólo reconocía su equivocación sino donde también expresaba su respeto y admiración por Sautuola. Lo que significó, también, el reconocimiento universal del carácter paleolítico de las pinturas de Altamira.

Desgraciadamente, Marcelino Sanz de Sautuola, fallecido 14 años antes, no había llegado a disfrutar de la restitución de su honor, ni de la posterior confirmación científica de sus premoniciones…

Desde entonces, las modernas técnicas de datación arqueológica ratificaron la originalidad de las pinturas, otorgándoseles en la actualidad una antigüedad de 20.000 años.

La gruta con los admirables frescos, que el propio Breuil definió como la “Capilla Sixtina del arte paleolítico” y que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985, es hoyuna de las piedras angulares en el estudio del arte rupestre y un verdadero hito en la historia de la humanidad.

Y,  asimismo, constituye el mensaje enviado por nuestros antepasados Homo Sapiens de la Edad de Piedra, a través de 200 siglos de oscuridad y silencio: “Éramos como vosotros, teníamos vuestra misma sensibilidad y dignidad;  también amábamos la vida y la belleza…”

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Se lo denominó “el juicio del siglo”.

Hace justo tres años, el 14 de febrero de 2011, un juez de Lago Agrio, en la Amazonia ecuatoriana, dictó una sentencia histórica: condenó a la compañía Chevron (ex-Texaco) a pagar 9.500 millones de dólares para reparar los gravísimos daños causados a la naturaleza de ese lugar y a sus habitantes.

El protagonista de esa lucha desigual, que muchos han equiparado a la de David contra Goliat, ha sido un abogado ecuatoriano de 41 años, viudo y con cuatro hijos, Pablo Fajardo Mendoza, hijo de campesinos analfabetos.

Nacido en una choza como el quinto de diez hermanos, Pablo trabajó de niño desbrozando maleza con un machete. Al mismo tiempo, a instancias de sus padres, estudiaba en la misión que dos frailes capuchinos de origen navarro habían construído en la selva. Ellos también le enseñaron a rebelarse contra las injusticias.

Lo que más sublevó al joven Pablo fue ver a los indígenas trabajando por sueldos míseros y envenenándose con la contaminación. Y comenzó su rebelión. A los 16 años fundó un comité de derechos humanos formado por 50 campesinos e indígenas damnificados por la contaminación. También se dedicó a investigar…

Desde 1964 Texaco había perforado en la Amazonia 356 pozos petroleros. Por cada pozo que perforaba construía cuatro o cinco piscinas para arrojar desechos tóxicos, siempre cerca de un río. La idea era deshacerse de ellos de forma fácil y barata.

Los ríos, así contaminados, llevaban en sus aguas azufre y otros tóxicos que, al evaporarse, caían sobre la selva en forma de lluvia ácida. El objetivo de la compañía transnacional era extraer petróleo con la menor inversión posible, por lo que se ahorró 8.500 millones de dólares incumpliendo las normas más elementales de seguridad y gestión de desechos.

Chevron no sólo intoxicó y destruyó parte de la selva amazónica, provocó abortos, leucemia y  cáncer en más de 2.000 de sus habitantes, a quienes también desplazó y alcoholizó, sino que en sus campamentos se violó al 10 % de las mujeres indígenas y, en una verdadera campaña de terror, hasta llegó a secuestrar a niños en helicópteros para abandonarlos muy lejos. Dos de ellos debieron caminar a través de la selva durante ocho días para regresar a sus casas…

De las cinco tribus indígenas que vivían en esa zona, dos, las de los Tetetes y los Sansahuaris, han desaparecido para siempre.

Al poco tiempo de comenzar su labor social Pablo fue despedido de su trabajo. Los frailes que lo protegían lo emplearon, entonces, en la misión y le consiguieron becas para que continuara sus estudios. El adolescente aprovechó para fundar, junto a otros niños, una escuela que todavía funciona.

Muy pronto, los afectados de otros pueblos comenzaron a unirse al movimiento de damnificados por la contaminación que había creado Pablo. Una abogada estadounidense, Judith Kimberling, publicó sobre el tema el libro Amazon Crude (El crudo de Amazonia), que atrajo la atención internacional. Tres abogados estadounidenses aceptaron representar a los afectados y el 3 de noviembre de 1993, en un juzgado de Nueva York, presentaron la primera demanda contra Texaco.

Al año siguiente, el adolescente Pablo terminó la escuela secundaria. Cansado de que, ante sus reclamaciones, las autoridades de su país le repitieran: “búsquese un abogado”, decidió estudiar Derecho. Lo hizo desde su chabola y por correspondencia, subvencionado por una familia española a la que habían acudido los frailes navarros que siempre le habían protegido.

En 2004, obtuvo su título.

Junto al líder indígena Luis Yanza, Pablo Fajardo fundó el Frente de Defensa de la Amazonia (FDA) en nombre de los 30.000 afectados por la contaminación petrolera. Todos ellos pertenecen a los pueblos Cofán, Siona, Secoya, Kichwa y Huaorani, que hasta 1964 vivían en completa armonía con la naturaleza, en la escasamente poblada zona del oriente de Ecuador.

La página web Texacotoxico.org expone las aterradoras cifras de los impactos ambientales causados por la multinacional en la Amazonia ecuatoriana:

. 480.000 hectáreas de selva contaminada

. 60.000 millones de litros de agua tóxica arrojada a esteros y ríos

. 650.000 barriles de crudo vertidos

. 880 fosas o piscinas construídas sin aislantes para alojar vertidos y deshechos de crudo

La contienda de más de 20 años entre los indígenas y la compañía multinacional fue implacable.

Por un lado Texaco, la mayor empresa petrolera del mundo, poseedora de yacimientos de petróleo, refinerías, buques petroleros y activos que valen 233.000 millones de dólares; que contrató a 2.000 abogados y gastó 1.300 millones de dólares para defenderse.

Por el otro, Pablo Fajardo y cuatro abogados más, sólo armados con su verdad.

Texaco los acusó de terrorismo, extorsión e incluso utilizaron leyes para perseguir a mafiosos.

Los argumentos de defensa de la transnacional son: que el petróleo no contamina, que la Amazonia es un terreno petrolero y que ahí no tiene por qué vivir nadie, que el cáncer se produce por la falta de higiene de los indígenas, que el petróleo es biodegradable y que a las pocas semanas ya no se notan sus efectos.

Los integrantes de FDA (Frente de Defensa de la Amazonia), con Pablo Fajardo como cabeza visible, sufrieron por parte de la multinacional persecusiones, amenazas y decenas de acciones judiciales, 25 de ellas tan sólo en EE UU.

En 2004, ocho días antes de comenzar la fase pericial del juicio, el hermano de Pablo, William Fajardo, de 28 años, fue secuestrado, torturado salvajemente y asesinado por unos desconocidos. Pablo, desde entonces, ha debido de cambiar constantemente de domicilio tras haber sido tiroteado por sicarios en dos ocasiones.

El pueblo Cofán, asimismo, sufrió su propio calvario, que comenzó cuando sus integrantes se convirtieron en  desplazados ambientales al ver que ya nada germinaba y que allí no se podía vivir. El chamán Guillermo Quenamá condujo a su gente a otras tierras y se enfrentó a Chevron. Por ello recibió un castigo ejemplarizante: le alcoholizaron hasta la muerte y prostituyeron a su viuda, Marina, en los campamentos de Texaco, durante 20 años.

Aunque la sentencia que obliga a Chevron-Texaco a pagar 9.500 millones de dólares ha sido inapelable, el litigio ambiental más importante de la historia todavía no ha acabado. Para que el fallo se haga efectivo, el dinero debe cobrarse. Pero Chevron ha vendido todo lo que tenía en Ecuador y sólo mantiene una cuenta con 352 dólares.

El equipo de Pablo Fajardo se ha visto obligado a recurrir a Cortes judiciales donde la compañía posee activos, como Canadá, Brasil o Argentina.

“Aunque Chevron ha dicho que no pagará, tiene inversiones en 50 países. Y la sentencia en Ecuador dice que la indemnización se puede cobrar en cualquier parte. Le obligaremos a pagar”, afirma Fajardo, “Y no descansaré hasta que pague. Sólo así dejarán de repetir este crimen”.

La indemnización de 9.500 millones de dólares se destinarán en su totalidad a descontaminar la selva y a regenerar el ecosistema de los indígenas. Representa, por lo tanto, el desagravio de muchas humildes comunidades aborígenes.

Y, también, la humillación del gigante petrolero, que deberá morder el polvo de su derrota.

En estos momentos y después de viajar por Francia, Alemania y Bélgica, Pablo Fajardo hace una gira por España para crear una red internacional y solidaria que denuncie el daño ambiental.

Este valiente y carismático abogado ecuatoriano fue nombrado Héroe del Año de la CNN en 2007 y también obtuvo el Premio Goldman, el Nobel del Medio Ambiente, en 2008.

Sin embargo, no hay nada que lo enorgullezca más que el apodo de “el hijo del rayo” con que lo conoce su gente de Río Agrio.

Allí todavía recuerdan que, el día en que nació, el parto se presentaba mal. La madre, exhausta, había dejado de luchar. La partera vió que estaban por fallecer madre e hijo. Pero se desató una tormenta, la palmera que había junto a la choza recibió la descarga de un rayo y, del susto, la madre repentinamente dio a luz a Pablo. La palmera quedó partida en dos y a sus pies brotó una fuente de agua cristalina y purísima…

Todo un presagio de lo que sería una vida extraordinaria.

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Desde que comenzó la crisis económica global se escuchan voces que pronostican el fin de la supremacía occidental, después de cinco siglos de dominación.

Occidente y Oriente se enfrentaron desde sus diferentes posturas ante el mundo ya durante las Guerras Médicas entre Grecia y Persia, en el siglo V a.C.

Grecia defendía las libertades individuales, el arte y la democracia; Persia imperaba a través de la tiranía, la guerra y el sometimiento de las masas a un único poder: el Rey de Reyes. A partir de allí, Occidente y Oriente se desarrollaron de manera divergente.

En la actualidad, Occidente flaquea, con su hegemonía económica amenazada por China y su seguridad quebrada por el fanatismo islamista. Ha perdido la confianza en sí mismo y se ha replegado en espera de tiempos mejores.

¿Cuándo comenzó la supremacía occidental, que se justificaba en la quimera de la superioridad de la raza blanca? En el siglo XV, con la primer carabela que emprendió la conquista de América, coincidiendo con la expulsión de judíos y musulmanes de España.

Según la escritora tunecina Sophie Bessis en su libro Occidente y los otros, a partir de allí, bajo este doble signo de una apropiación y una expulsión, Occidente, utilizando de ariete la inteligencia del Renacimiento, construyó una identidad colectiva de superioridad y supremacía en base a mitos y universalidades.

Con el triunfo de la Razón, dice Bessis en su crítica implacable, comenzó una lectura sesgada de la historia que ignoraba intencionadamente la presencia de Oriente en el pensamiento europeo.

Por ejemplo, inventando el mito del origen exclusivamente grecorromano de Occidente, para lo que borró las influencias babilónicas, caldeas, egipcias e indias asimiladas por la Grecia presocrática hasta Alejandro Magno.

España, por su parte, tan interracial y multicultural, renegó de sus raíces mediterráneas para obsesionarse con el etnocentrismo y la “limpieza de sangre” hasta 1865.

La creencia en la supremacía blanca, que comenzó a extenderse a partir del “descubrimiento” de América,  justificó ideológicamente tanto la conquista de poblaciones indígenas como la trata de esclavos africanos, basándose en el supuesto carácter infrahumano de esas razas.

Aunque se hable del Siglo de Oro de poetas, artistas y sabios, lo real es que fue entonces cuando Europa comenzó a aplicar la ley de la selva, la del más fuerte.

Las herramientas ideológicas de su dominación fueron la deshumanización del ‘otro’ y la construcción de una identidad cerrada, ambas presentes todavía en el subsconsciente de la Europa de hoy.

La cristiandad y la raza sirvieron para legitimar no sólo la conquista de América sino también todas las demás colonizaciones. Justo es destacar que España aceptó la mezcla racial desde el principio, a condición de que el americano aceptase ser cristiano, lo que fue el origen de la actual población mestiza en toda Hispanoamérica.

Las colonias británicas, en cambio, optaron por una férrea separación de razas y hasta por el genocidio de las tribus indias. ¡El matrimonio interracial estuvo prohibido en algunos estados norteamericanos hasta 1967!

Niall Ferguson, profesor en Harvard y un historiador muy influyente, en su ensayo Civilización: Occidente y el resto,  defiende en cambio la cultura occidental y lamenta el ocaso de quinientos años de supremacía de Occidente.

En este trabajo, Ferguson admite las injusticias de esta dominación, la arrogancia y su contradicción entre la proclamación de la igualdad de todos los seres humanos y el rechazo al otro, pero pone en valor aspectos positivos.

Afirma que Occidente triunfó gracias a sus killer apps (aplicaciones demoledoras): competencia, ciencia, propiedad privada, medicina, sociedad de consumo y ética del trabajo.

El punto clave es, para Niall Ferguson, que las instituciones sociales que permitieron la supremacía de Occidente ahora están siendo adoptadas por Oriente, lo que explica su ascenso en las últimas décadas.

Según Ferguson, el progresivo declive de Occidente se debe a la pérdida de confianza en sí mismo causada por su ácida autocrítica en lo que respecta a su historia de esclavitud e imperialismo, su presunta adicción a la guerra y la exclusión de minorías raciales en derechos y privilegios.

El muy weberiano y harvardiano Ferguson también achaca este deterioro a la secularización de la sociedad y al reemplazo de la cultura del trabajo por el hedonismo consumista.

Al demoledor ataque a Occidente de Sophie Bessis y a la indulgente defensa neoliberal de Niall Ferguson se suma una tercera voz, ésta conciliadora.

El historiador Felipe Fernández-Armesto, catedrático de la Universidad de Notre Dame, en su nuevo libro 1492: el nacimiento de la modernidad expone que desde esa fecha los lazos de interdependencia económica y de intercambio cultural que hoy se extienden por todo el mundo han ido multiplicándose. Fue, explica, el inicio de las grandes transferencias ecológicas que llevaron plantas, animales, gentes y microbios, desde Eurasia y África hacia el Nuevo Mundo y al revés.

Desde la prehistoria, hombres y culturas se habían separado “en un proceso divergente”. Pero desde 1492 “de forma asombrosa y repentina, surgió un nuevo modelo convergente. Nunca antes, ni nunca después en la historia de la evolución en este planeta, sucedió tal cosa dentro de un solo año», afirma Fernández-Armesto. Para él, Cristóbal Colón no fue el único protagonista de este milagro. También lo fueron los judíos sefardíes, el Extremo Oriente, el Índico, Rusia y las sociedades indígenas precolombinas.

Y todo gracias a China, para el historiador,  el gran motor del mundo…

“De allí nos llegaron todos los ingredientes de nuestro armario de ideas y tecnologías por los cuales solemos felicitarnos. Sin la pólvora, no hubiéramos experimentado una revolución militar. Sin el papel, no se habría dado nuestra forma moderna de gobernar burocráticamente. Sin papel moneda, no habría nacido nuestro capitalismo que amamos tanto. Sin los altos hornos de carbón, jamás habría surgido la revolución industrial. Todos son inventos chinos».

¿Será la comunidad mundial capaz de organizarse en el mundo multipolar al que aspiran China y otras potencias emergentes? ¿O continuará la pugna de superpotencias rivales?

Sin embargo, no sólo es el auge de estas economías lo que amenaza la supremacía occidental sino algo que la corroe por dentro: el fracaso progresivo de un sistema liberal basado en un capitalismo financiero, cuya principal equivocación ha sido olvidar el valor de lo humano.

La opinión pública occidental aspira a un desarrollo más equilibrado e igualitario, que ojalá coincida con la búsqueda de una sociedad más armoniosa por parte de los chinos.

Hace poco, el embajador norteamericano Chas W. Freeeman jr.,  explicaba:  “Los emblemas actuales de Estados Unidos son los bombarderos, las tropas terrestres, los aviones no tripulados cargados de armas letales; China evoca, cada vez más, torres y multitud de grúas, ingenieros, contenedores cargados de bienes de consumo… Los chinos pagan cash, entregan mercaderías a cambio de dinero y no exigen de sus socios comerciales que se adapten a sus preferencias políticas o les ayuden a promover su agenda imperial, como lo hacía Estados Unidos.”

Mientras tanto, Occidente expía sus pecados…

Hace poco el museo Quai Branlyde París ofrecía la muestra Exhibiciones: la invención del salvaje, una vasta exposición de 600 obras, documentos de época y filmes de archivo que hurgan en una herida todavía sin cicatrizar:  la ignominiosa locura colectiva que vivió Occidente entre aproximadamente 1850 y 1940.

Fue entonces, cuando, en las “exposiciones universales” de las principales ciudades, desde  Chicago a París y desde Londres a Berlín, se exhibían en zoos humanos a “salvajes”, “negroides” e “indígenas”, junto con mujeres barbudas, enanos y personas contrahechas, en un verdadero atentado a la dignidad humana.

Hasta que, finalmente,  toda esta paranoia de superioridad de la raza blanca explotó en forma de nazismo en Alemania, fascismo en Italia y franquismo en España.

Y, con tristeza y un estremecimiento de repulsa, recuerdo también al más cercano “negro de Bagnoles”, un africano disecado que se exhibió en el museo de esa localidad catalana hasta que, hace bien pocos años, alguien se apiadó de él y lo devolvió para ser enterrado en su bosquimana aldea natal…

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Apareció muerta hace dos meses, drogada y asfixiada, atada de pies y manos con una cuerda de color naranja… Tenía sólo 12 años y había sido adoptada en China cuando tenía pocos meses.

Sus padres, Rosario Porto Ortega y Alfonso Basterra, eran dos personajes relevantes de la vida social de Santiago de Compostela:  ella, una conocida abogada, hija única de un renombrado letrado y cónsul de Francia; él, periodista en varios medios .  Les gustaba recordar que cuando Asunta aterrizó en Santiago, no paraba de llorar…

Con el tiempo, la hija se convirtió en una niña alegre y estudiosa. Hablaba con fluidez varios idiomas, tocaba muy bien el piano, practicaba ballet y deportes, sus calificaciones escolares eran las más altas. Destacaba por su belleza oriental y su viva inteligencia. Era la adoración de su abuelo materno, Francisco Porto Mella, con quien daba largos paseos por el parque al atardecer.

En 2010 la vida familiar cambió súbitamente.  Fallecieron los dos abuelos, sin enfermedad previa y con tan sólo siete meses de diferencia.  Charo, la madre, libre ya de la desaprobación de sus padres, cambió de vida: se divorció de su marido, abandonó la abogacía y comenzó a mantener relaciones con un hombre casado.

Hace dos meses, el  sábado 21 de septiembre de 2013, Asunta apareció muerta debajo de un árbol en una zona boscosa. Sus padres habían denunciado previamente su desaparición y hablaban de un secuestro.

Pronto, sus contradicciones (y un increíble relato sobre un desconocido que había intentado estrangular a Asunta tiempo atrás) levantaron sospechas en los investigadores del crimen.

El cadáver no presentaba signos de violencia sexual y había sido cuidadosamente colocado debajo del árbol, signo de que quien lo había dejado allí sentía algún tipo de afecto por la víctima.

El día del funeral, los dos padres fueron detenidos.

El crimen causó estupor y conmocionó a España entera. La crónica negra del país jamás había registrado un caso como éste, en que ambos padres se pusieran de acuerdo para matar a una hija.

Los hechos investigados hablaban de una crueldad y frialdad estremecedoras.

Ese día habían comido los tres en casa del padre, quien espolvoreó un potente ansiolítico, Orfidal, sobre las albóndigas que sirvió a Asunta. Luego, la niña y su madre regresaron a su casa. Cuando Asunta comenzó a cabecear, Charo la metió en su coche y la condujo hasta la finca familiar de Teo.  Allí la ató y asfixió, tapándole la boca y la nariz con un pañuelo. Cuando terminó de anochecer, la llevó hasta una zona boscosa, donde la dejó a la vera del camino.

Familiares y conocidos comenzaron a recordar… Los dos abuelos habían muerto repentinamente  y habían sido incinerados por la hija, a pesar de sus profundas creencias religiosas. Desde que cobrara la suculenta herencia, Charo había emprendido negocios en Marruecos, adonde viajaba muy frecuentemente.

Asunta no aprobaba la nueva pareja sentimental de su madre y se lo había hecho saber, lo que había generado conflicto entre ambas. Sin embargo en junio, durante una estadía en Marruecos, el hombre le había dicho a Rosario que ya no quería seguir con ella.

Charo, una mujer caprichosa, egocéntrica y autoritaria, hija única y mimada al extremo por sus padres, que jamás había sufrido un rechazo,  sufrió una crisis nerviosa que provocó su internamiento médico.

Desde entonces comenzó a tomar Orfidal y tuvo un acercamiento con Alfonso, que la esperaba como un perro fiel. Y también desde esa época Asunta había comenzado a concurrir a clase drogada: “Mi madre me da muchas pastillas”, confesó a una profesora, “mi madre quiere matarme…”

Asunta escribía un blog en inglés en el que contaba cómo ‘un hombre malo’ había matado a un matrimonio, cuyos espíritus vagaban por un parque…

¿Había descubierto Asunta, tal vez, que sus abuelos habían sido asesinados y quisieron silenciarla?

Jamás podrá comprobarse. Pero los investigadores creen firmemente que Charo quería comenzar una nueva vida en Marruecos, sola y sin ataduras, y que Asunta “le sobraba”.

Por su parte, Alfonso, un periodista no muy trabajador, dependía económicamente de Charo. Se supone que por esa razón colaboró en un plan atroz e inconcebible y comenzó a sedar a Asunta a modo de ensayo, hasta encontrar la dosis ideal para dejarla indefensa:  5 cajas de Orfidal.

Cumplieron así el siniestro guión: él la drogó, para que ella pudiera matarla.

Y, como un juguete usado, como una muñeca rota con la que ya nadie quería jugar, Asunta fue abandonada al costado de un camino esa fría y húmeda noche del otoño gallego…

 

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El año pasado, Malala Yousafzai, de 15 años, era una estudiante aventajada del Valle de Swat, Paquistán.

A pesar de que los talibanes que controlaban la región habían prohibido la educación de las niñas, Malala, desde su blog, defendía desde los 11 años el derecho de las mujeres a aprender.

Una mañana que iba a la escuela fue abordada por un terrorista que le descerrajó varios tiros en la cara y el cuello. Malala quedó en estado crítico. Trasladada a Birmingham, Reino Unido, para su tratamiento y seguridad, la niña tuvo que sufrir varias intervenciones quirúrgicas para reparar los daños causados por los proyectiles. En una de ellas los médicos tuvieron que cubrir el gran agujero abierto en su cráneo con una placa de titanio.

La animosa Malala, milagrosamente viva y con su capacidad intelectual intacta después de múltiples cirugías cerebrales, ha conservado, como recuerdo de su batalla por la vida, el pedazo de cráneo que le extirparon.

Cuando volvió a clase en una escuela de Inglaterra, la adolescente exclamó: “Volver al colegio me hace muy feliz. Mi sueño es que todos los niños en el mundo puedan ir a la escuela, porque es su derecho”.

Su caso dio la vuelta al mundo, causando oleadas de apoyo y adhesión en todas partes. Ha sido galardonada con decenas de premios internacionales y ahora le ha sido concedido el Premio Sájarov a la Libertad de Conciencia, el más importante de la Unión Europea. También este año aspiraba al Nóbel de la Paz 2013, la nominada más joven de la historia.

El pasado 12 de julio, día en que Malala cumplía 16 años, pronunció un discurso ante las Naciones Unidas en Nueva York: “Pensaron que las balas nos iban a silenciar, pero fracasaron. Y luego, a partir del silencio, surgieron miles de voces”.

Hace unos días ha aparecido su autobiografía Yo soy Malala, cuyos derechos se destinarán a la Fundación Malala, que becará a 40 niñas paquistaníes para que prosigan sus estudios. “Que estas 40 niñas se conviertan en 40 millones”, anheló Malala.

Bajo el lema: “En estos momentos, 250 millones de niñas en el mundo viven en la pobreza. Y, sin embargo, ellas son la fuerza más poderosa para cambiar el planeta” el movimiento Efecto Niña, auspiciado por las fundaciones Nike, NoVo, Coalición de las Naciones Unidas para las Niñas Adolescentes y el Plan Internaciona (impulsor de la celebración del Día Internacional de la Niña cada 11 de octubre y de la campaña “Por Ser Niña”) busca acabar con la doble discriminación –género y edad- que sufren millones de pequeñas en todo el mundo.

¿Por qué se habla de niñas y no de niños? Porque las niñas tienen tres veces más probabilidades que los varones de ser asesinadas, abandonadas, esclavizadas, mutiladas y violadas, de convertirse en niñas-esposas, analfabetas ó mendigas.

En escalofriantes cifras de la Unicef, en la actualidad y de manera anual:

. 100 millones de niñas desaparecen por feticidio ó abandono

. 14 millones de niñas son forzadas a casarse y a quedar embarazadas

. 140 millones de niñas han sufrido mutilación genital (y la cifra aumenta en 2 millones cada año)

. el 50 por ciento de las agresiones sexuales se dan contra niñas menores de 16 años

Ahora es, entonces, cuando el ejemplo de Malala nos recuerda que la llave de la libertad de esas futuras mujeres ha sido, es y seguirá siendo, el acceso a la educación. Sólo la educación logrará que ésta sea la hora de las niñas.

Una sola mujer educada en una comunidad primitiva produce “el Efecto Niña”, es decir, instruye, educa y se convierte en ejemplo para las otras mujeres. Una mujer educada será la madre de una familia educada, será el espejo donde se mirarán no sólo sus hijas sino las amigas de sus hijas y las hijas de sus hijas.

Escolarizar a las niñas es romper esa barrera amasada con siglos de sumisión, ignorancia y marginalidad que separa a las mujeres de los hombres en los países donde aquellas son menospreciadas.

Una mujer educada ya no baja la cabeza y mantiene su dignidad y su igualdad frente a cualquiera.

Hace poco, un periodista británico entrevistó a Malala y le preguntó qué haría si un asesino talibán se presentara ante ella otra vez.

“Le hablaría de lo importante que es la educación”, contestó Malala. “Y que quiero educación incluso para sus hijos. También le diría: ‘Eso es lo que quiero decirte, ahora haz lo que quieras’”.

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