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Archive for 29 abril 2008

Había una vez una biblioteca maravillosa.
Estaba en Alejandría y había sido fundada a orillas del río Nilo por Ptolomeo I, rey de Egipto, unos cuatrocientos años antes de la era cristiana.
Contenía todo lo que las mejores mentes de la Antigüedad habían reunido hasta ese entonces sobre matemática, física, biología, literatura, astrono­mía, geografía y medicina.
Fue, hasta su destrucción siete siglos después, el cerebro y el corazón del planeta.
La Biblioteca, deslumbrante creación para su tiempo, estaba conectada con la Universidad y, entre ambas, habían conformado lo que podría entenderse como la primera ciudad universitaria del mun­do.
Por sus espacios deambularon literatos, comediógrafos y lingüistas como Aristófanes y Zenodo; Euclides, el fundador de la geometría, el médico Herófilo, el astrónomo Aristarco, el geógra­fo Eratóstenes, físicos como Arquímedes y Herón.
Allí también funcionaba un centro de copiado y registro de publicaciones que llegó a almacenar en sus anaqueles 500.000 manuscritos hacia el siglo 111 a.C. También contó con una oficina de registro legal de todo texto que llegaba.
El último científico que trabajó en ella fue una mujer, Hipatia, que era matemática, astrónoma, física y jefa de la escuela neopla­tónica de filosofía.
Este asombroso manojo de talento e inteligen­cia poseía además, una gran belleza. Los pretendientes a su mano fueron incontables.
Pero Hipatia jamás se casó: había prometido (como habría de hacerla también algún día Sor Juana Inés de la Cruz, otra beldad admirablemente lúcida) dedicar su vida al estudio.
Y así lo hizo. En una época en que las mujeres no eran más que objetos de propiedad intercambiables entre los hombres, meras piezas de ajedrez, Hipatia fue libre y respetada.
Lo que, por supuesto, despertó sospechas y le ganó enemigos. Eran los suyos tiempos difíciles, conflictivos, tensionados entre la muriente civilización clásica y el naciente cristianismo, que proponía valores distintos.
Cirilo, arzobispo de Alejandría, odiaba a Hipatia. Por la amis­tad que ella mantenía con el gobernador romano y por ser un símbolo de cultura y de ciencia, lo que algunas mentes estrechas de la Iglesia primitiva confundían con paganismo.
A pesar del peligro que corría, Hipatia continuó enseñando y publicando. Hasta que un día del año 415, cuando iba a trabajar a la Biblioteca, cayó en manos de una turba fanática.
La bajaron violentamente del carruaje, desgarraron sus vesti­dos, la violaron y, armados con filosas conchas marinas, la desollaron viva y le arrancaron la carne de los huesos.
Sus restos fueron quema­dos, sus obras destruidas, su nombre olvidado.
Poco después, ese monumento de la cultura universal que era la Biblioteca de Alejandría, comenzó a sufrir el embate de guerre­ros y emperadores.
Los saqueos e incendios la devastaron, por acción de Julio César y Diocleciano y, por fin, supuestamente, del Califa Omar (aunque hoy se cuestiona su participación en estos hechos).
A éste último la leyenda le atribuye las siguientes palabras: “Si lo que estos libros contienen está en el Corán, los libros sobran; y, si lo que contienen no está en el Corán, mienten”.
El célebre dilema de Omar se convirtió, desde entonces y para toda la humanidad, en el paradigma de la intolerancia y el fanatismo religiosos.
Por obra de unos u otros, la Biblioteca acabó constituyendo una inmensa hoguera.
La mayor parte del saber que la humanidad tenía hasta ese entonces, los descubrimientos, las ideas, las pasiones, quedaron irrevocablemente destruidos.
La pérdida fue, y es, incalculable. Baste saber que de las 123 obras teatrales de Sófocles, el famoso dramaturgo griego, que existían en la biblioteca, tan sólo sobrevi­vieron 7, entre ellas Edipo rey y Antígona.
Occidente se hundió, entonces, en mil años de tinieblas y de barbarie, hasta Colón y Copérnico.
Autoamputación monstruosa, mutilación del cerebro infligida por la propia mano que los habitantes de este planeta no debería­mos jamás olvidar. Para que no vuelva a suceder.
En 1987, desde París, llegó la buena nueva: el director general de la Unesco había anunciado que la Biblioteca de Alejandría sería reconstruida en el mismo lugar donde una vez estuviera.
Hoy es una realidad y, desde 2003, está abierta al público.
Al ver las fotos de sus impresionantes salas no pude menos que recordar a Hipatia.
A esa heroína de la cultura que librara la última, desesperada, solitaria batalla por defender la Biblioteca de Alejandría.
Para ella estas líneas de homenaje que le rindo, como mujer y como escritora.
En su recuerdo, recomiendo abrir la siguiente galería de imágenes de la nueva Biblioteca de Alejandría: alexandrialiabrary2-2-from_thirios

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Hace unos días me sorprendí recomendándosela fervorosamente a una amiga que reside en París. “No es una novedad”, le decía yo, “pero…” ¿Una novedad? Caramba, Madame Bovary, ciento cincuenta años después de su publicación, es un verdadero clásico.

La leí, por primera vez, a escondidas, a los doce años. La leí por última, en francés, la semana pasada. ¿Cuántas relecturas en el intermedio? Infinitas –calculo- y desde todos los ángulos, desde aquel completamente sensiblero de la jovencita que alguna vez fui hasta el más despiadado que puede concebirse: el de escritora. Sólo un escritor sabe lo que se siente cuando debe viviseccionar la obra de otro, descuartizarla, examinarla hasta en el más ínfimo detalle. Esto supone, por supuesto, destrozar la arquitectura pacientemente montada de la estructura vertebral, desnudar los fantasmas que fueron los móviles, separar cada página, cada frase, y colocarlas bajo la lupa.

Sin embargo… cada vez que lo hago con esta estupenda novela de Flaubert me cuesta horrores tomar el bisturí y desgarrar la tersa piel de Emma, la protagonista. La obra es tan atrapadora que resulta penoso salir de ese ameno universo paralelo, quitarse las gafas de simple lectora y cumplir con el deber autoimpuesto de cualquier escritor que se precie: investigar. Supongo que el mejor, tal vez el único, modo de probar la calidad literaria de cualquier libro es éste: ¿cuánto tiempo nos lleva descubrir lo que oculta bajo el maquillaje? ¿Lo hacemos con ganas?

Cuando comenzó a escribirla, Gustave Flaubert tenía solamente veinticinco años. Todavía no había publicado nada, pero no era un debutante: los cajones de su escritorio estaban repletos de manuscritos que acumulaba desde hacía más de diez años. En su mayor parte eran muy románticos: algunos autobiográficos, otros fantásticos y desesperanzados, influenciados por Byron, Edgar Quinet y Rabelais. Entre ellos, uno que era el orgullo del joven Flaubert: La tentación de San Antonio, que decide hacer leer a dos de sus amigos más esclarecidos, Louis Bouilhet y Maxime Du Camp. El veredicto unánime, descarnado, no podía ser peor: La tentación… era un mamotreto ilegible. Una recomendación: el autor debía superar estas verborragias farragosas siguiendo una severa cura de rigor, de temas simples y opacos.

Flaubert, dispuesto a todo, acepta. Bouilhet propone: un médico de Ris, ciudad cercana a Rouen, el doctor Delamarre, acababa de perder a su mujer en circunstancias dramáticas. Era joven, era ninfómana, había tenido amantes, se había suicidado tragando arsénico después de algunas aventuras sórdidas. La desdichada Delfina, del burgo normando, interesa a Flaubert. La convierte en Madame Bovary.

Aunque muchos eruditos hayan hurgado en esta historia real, poco han encontrado de ella en la novela. ¿De dónde ha sacado Flaubert esos conocimientos tan exactos de la psicología femenina, esa manera singular, casi perversa, de describir los itinerarios secretos de la sensualidad, de las fantasías de una mujer joven? De su amante de esos años, la poetisa Louise Colet –aseguran algunos- la que se “reconocía, con furor, en el retrato de Emma”. Ella es la que ha revelado a Gustave las lecturas, los sueños, los gustos aristocráticos, el esnobismo de sus años mozos. La que, en suma, le ha descubierto la idea del “bovarysmo”.

Por último, no olvidar la ya célebre frase que pronunció el autor, cuando le preguntaron en qué personaje de la vida real se había basado para su “Emma”: “¡Madame Bovary soy yo!…” Sincera hasta el tuétano. Prisionero de su imaginación, poseído por más demonios de los que aparentaba, Flaubert sabía muy bien que el amor cerebral –religioso o sensual- podía irrigar con generosidad toda una vida.

Pocos meses antes de su publicación, en enero de 1857, Madame Bovary fue acusada (y por ende su autor) de atentar contra la moral pública y la religión. Flaubert fue juzgado y absuelto después de un proceso que duró varias semanas.

Si bien la absolución del novelista lo liberó de culpas y cargos, la publicación, en 1949, de los “escenarios” del libro demuestra que su autor se representaba el argumento en forma mucho más cínica, más brutal, de lo que los velados pasajes de la novela pueden dar a entender. He aquí su método de trabajo: imaginaba una escena. Luego la escribía en forma de diálogo, con detalles tan crudos y tan escabrosos que resultan –aún hoy- impublicables. Luego reescribía ese “escenario” tantas veces como fuera necesario hasta hacerlo digerible a la sensibilidad del público. Los “escenarios”, manuscritos en viejos cuadernos, han quedado intactos para la posteridad y constituyen uno de los más ricos materiales de la génesis de Madame Bovary.

Mucho se ha dicho sobre Flaubert, sobre su realismo, sobre su humanismo, sobre la “nueva novela”. Existe, quizás, un malentendido. El rigor no es conciliación y el escepticismo no es un canto a la condición humana. Flaubert ha repetido: “Las emociones son sensaciones inferiores del alma”. Helado Flaubert.

Para comprender el verdadero carácter de la obra hay que recordar que Madame Bovary fue escrito como una suerte de penitencia, como un ejercicio destinado a limpiar su paleta y a imponerle la sobriedad. Es una ruptura con el pasado, con todo lo que Flaubert ha amado y también con sus tendencias más profundas. Durante los cinco años que dura la redacción, Flaubert no deja de hablar de ella como de una pesadilla.

Las quejas comienzan casi con la primera página: “Mi maldita Bovary me atormenta y agota” escribe a sus amigos, “estoy más cansado que si subiera una montaña, me aburre terriblemente”. Años más tarde, cuando iba por la mitad: “Debo entrar a cada minuto en pieles que me son antipáticas, la fetidez del fondo me dá náuseas… En San Antonio estaba como en mi casa. Aquí, tema, personajes, efectos, todo está fuera de mí. Este libro no es de mi sangre, no lo llevo en mis entrañas. Es sólo un acto de disciplina”.

Flaubert estudió “las humedades del alma” –como él las llamaba- con el mismo cuidado con que había estudiado las religiones humanas y las ensoñaciones de los sabios para escribir La tentación de San Antonio. Según Maurice de Bardèche, uno de sus críticos, Flaubert no era un realista sino un “concienzudo”.

Toda obra maestra es un misterio. Madame Bovary sigue siendo un milagro que todavía nos oculta Flaubert. Ni la potencia del autor, ni su nihilismo absoluto, ni el inmenso olimpo enciclopédico que se había construído y donde leía amargamente el destino de los hombres, nada de todo esto, que era Flaubert, ha pasado a su obra que se le ha hecho llevar en brazos como una ofrenda que los dioses le hubieran encargado de presentar. Flaubert, que aborrecía a los burgueses, es elegido para la posteridad por la más burguesa de las novelas francesas.

En sus propias palabras: “El autor debe ser en su obra como Dios en el universo, presente en todos lados y visible en ninguna parte… El hombre es nada, la obra todo”.

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El río interior

De niños esperamos con naturalidad que nuestros mayores nos señalen el camino. Padres, maestros, cualquiera que represente la autoridad y la sapiencia.

Al llegar a la adolescencia nos rebelamos y los reemplazamos con héroes o ídolos, a veces de nuestra misma edad, de los que también aguardamos la iluminación. Es la época de imitar a los cantantes de rock o a los deportistas sobresalientes o -las almas sensibles- a algún poeta de vanguardia.

Unos años más tarde, en los umbrales de la madurez, seguimos buscando frenéticamente nuevos modelos. Esta vez los encontramos entre los profesores de la universidad, o en algún profesional destacado de la carrera que estamos iniciando, o en alguien que nos parezca más fuerte, seguro de sí mismo, sereno, equilibrado o sabio que los demás.

Pero, en determinado momento de la vida, nos damos cuenta de que nos hemos quedado sin mentores. Los que había han envejecido, nos han desilusionado, o han muerto.

Sobreviene, de repente, un gran vacío. ¿Adónde mirar? ¿A quién tomar como guía o como ejemplo? ¿A quién acudir en busca de consejo y de consuelo?

Es el momento en que se sofoca la creciente sensación de orfandad, de abandono y de angustia con los sustitutos que aparecen en el camino.

Unos se hacen asiduos pacientes del psicoanálisis. Otros tratan de trabajar en algunas de esas grandes empresas paternales y posesivas que más que entidades comerciales parecen gigantescos úteros. Muchos se refugian en los cerrados ambientes de un club exclusivo o de un grupo religioso o de un fervoroso movimiento político. Hay quienes se vuelven hacia los muertos y bucean, en los libros, recuerdos y directivas de los que ya han partido, esas verdades de a puño que no se resignan a dejar de encontrar. Algunos se convierten ellos mismos en mentores y, al mirarse en el reflejo admirativo de los ojos de los jóvenes, creen haber hallado el sentido de la vida.

Todo, con tal de recobrar el sentimiento de protección que teníamos en la infancia, cuando nos dormíamos arropados por la mirada amorosa, vigilante y autoritaria de nuestros padres.

Hasta que no hay más excusas para dilatar el momento tan temido: el de estar frente a uno mismo. Esa persona que está frente a mí, Yo, es la única a la que puedo realmente educar, reformar y guiar.

Asumir la responsabilidad de la propia existencia… ¡Qué susto! ¿Adónde irán a parar las encantadoras palabras de indulgencia que nos habíamos prodigado, las formidables disculpas que nos habíamos inventado?

Es, sin lugar a dudas, una de las experiencias más intensas y estremecedoras por las que pueda pasar el ser humano. Estar solo frente a su alma. Y escuchar su voz (que la tiene) y que algunos llaman ‘conciencia’.

Muchos se atemorizan y, con el fin de no oírla, se aturden con el fragor exterior para tropezar una y otra vez con las paredes del laberinto de las opiniones de los otros, que nunca coinciden entre sí.

El que ha conocido una gran pena sabe muy bien que, si ha sobrevivido al dolor, no ha sido gracias a las palabras de consuelo de la gente, perfectamente prescindibles. El verdadero consuelo proviene del interior. De ese caudal de energía que nos recorre por dentro, mansa y calladamente, como un río subterráneo.

Es la fuente que alimenta nuestros motores, que restaura nuestras fuerzas y que nos hace seguir para adelante. Es la esencia misma de nuestro ser y de nuestra identidad, más real e inmutable que la cara que vemos todos los días en el espejo.

Como un gran caballo dócil, el cuerpo le obedece y ambos marchan al tranco, al unísono, cuando están en armonía. Se alimenta, a su vez, no de lo que nos circunda, sino del movimiento del cosmos, con el que está en permanente conexión.

No es fácil descubrirla. Como el que busca oro, el que desee encontrarla deberá armarse de pico y de pala y cavar hacia adentro, hacia lo más íntimo de los jugos vitales, hasta la más medular de las intenciones, hasta alcanzar el meollo de cualquier posible conflicto.

Se pueden acrecentar y potenciar sus aguas hasta convertirlas en las procelosas de un arroyo bravío, si se le quitan las piedras de las vanidades estériles.

Se las puede menguar -y hasta secar- si se elige vivir en el automatismo de los hábitos del rebaño.

Aunque siempre habrá, esperando, un poco de barro húmedo en el fondo del lecho rocoso.

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Hay un libro que es, probablemente, el texto más antiguo que la humanidad haya conservado. Contiene la sabiduría china acumulada a lo largo de miles de años y reconcilia con generosidad las doctrinas antagónicas de los confucianos y los taoístas. El lector que lo descubre hoy se asombrará de su extraordinaria vigencia.

Me estoy refiriendo al I Ching o Libro de las Mutaciones y de él se decía que había que leerlo después de los cincuenta y cinco años de edad para entenderlo de manera cabal.

Si hay algo en la vida humana de constante es su continuo fluir. Casi como el de un poema. Tiene su ritmo y su cadencia, sus ciclos internos de crecimiento y de decaimiento.

Comienza con la inocente niñez, seguida por la torpe y acalorada adolescencia, en las que se trata de entender y de adaptarse a los valores de la sociedad adulta. Luego sobrevienen las pasiones, las búsquedas y locuras juveniles y, más tarde, la plenitud con sus intensas actividades.

En la madurez hya un leve aflojamiento de la tensión, un endulzamiento del carácter como cuando madura la fruta o se hace más suave el vino bueno. Se adquiere gradualmente un criterio de la vida más tolerante, más cínico y a la vez más bondadoso.

En el ocaso de nuestra vida las glándulas disminuyen su ritmo y, si hemos progresado en calidad humana, ésta es para nosotros la edad de la paz y de la seguridad, de la holganza y el contento.

Nadie puede decir que una vida con niñez, adultez y ancianidad no es una hermosa concertación. El día tiene su mañana, su mediodía y su atardecer, y el año tiene sus estaciones, y bien está que así sea. No hay bien ni mal en la vida, sino lo que está bien de acuerdo con la propia estación.

Si alguien dijera que ha decido ‘aceptar’ la llegada del verano nos parecería un soberano tonto. Posiblemente le contestaríamos conr la conocida respuesta de Henry Thoreau a una feminista que afirmaba que ‘aceptaba el Universo’: “¡Más le vale!..”

Lo primero que hacemos al levantarnos es mirar por la ventana y ver cómo se presenta el día. ¿Soleado? Preparamos ropa fresca y cómoda. ¿Tormentoso? Hacemos algunos cambios en los planes de las actividades de la jornada, previendo que la lluvia puede llegar a demorarnos. ¿Por qué nos rebelamos, entonces, cuando a una época de bonanza sucede otra de conflicto, cuando pasamos de la calma chicha de la rutina a la batalla contra las adversidades?

Como en la sucesión de las estaciones climáticas, al anverso lo reemplaza el reverso, al frío el calor, a la alegría la tristeza. Nuestra cultura inmadura y hedonista pretende permanecer siempre en la cumbre de la felicidad y, cuando no es así, nos quejamos amargamente: “¿Por qué a mí?” como si fuéramos víctimas de alguna tremenda injusticia por parte de los designios divinos.

El campesino tiene fama de manso. En realidad, ésto se debe a que posee una profunda conciencia de su humana pequeñez . Cada vez que se asoma por la puerta de su casa enfrenta el cielo majestuoso, la imponente montaña, el viento despiadado, toda la naturaleza desatada a la que sería insensato oponerse.

En cambio, el habitante de la ciudad, desde su minúsculo balcón, sólo contempla aquello creado por el hombre. Los rascacielos, las calles atestadas de vehículos, cables, cemento y luces. No es sorprendente, entonces, que se sienta miembro de una raza superior y merecedor, por ende, de la más eterna bienaventuranza.

Si la humanidad puede fabricar todo eso que sus ojos están viendo ¿por qué no logra él dominar su melancolía? Allí corre a comprar píldoras antidepresivas, a consultar a cuanto profesional se le ponga a mano, a agobiar con sus cuitas a todos sus amigos…

Sería más sencillo que se dijera a sí mismo las palabras grabadas en el interior de un anillo que regalara un sabio oriental a un famoso rey, asegurándole que contenían la llave de la paz interior: “Ésto también pasará”.

En el siglo XVI, el chino Yüan Chunglang escribió un tratado sobre el cuidado de las flores. Entre otras cosas aseguraba que las flores tienen sus momentos de felicidad y de pena, por lo que regarlas en sus instantes pesarosos les haría daño. A lo que seguían escrupulosos consejos sobre cómo, cuándo y de qué manera humedecerles la tierra. Ésto puede provocarnos una sonrisa si creemos que tan sólo nos encontramos ante un acabado ejemplo de la exquisitez oriental. Y sin embargo, no. Yüan era, simplemente, un experto jardinero. Si las flores tienen sus estados de ánimo fluctuantes ¿qué se puede esperar de nosotros?

La vida es unión y disgregación, es mirar a través de un constante caleidoscopio cuyas pequeñas piezas multicolores se acomodan una y otra vez conformando infinidad de dibujos.

Por eso, pocas verdades hay más profundas que la enseñada por el nieto de Confucio, Tsessé, autor de El medio dorado.

Preconiza el espíritu de la ‘dulce razonabilidad’, que conduce a un perfecto equilibrio entre la acción y la inacción. Propone como vida ideal la de un hombre que vive entre media fama y media oscuridad; que es a medias activo y a medias perezoso, ni tan pobre que no pueda pagar el alquiler ni tan rico que no desee tener un poco más.

Que toca el piano, pero apenas para que le escuchen sus amigos más íntimos y, sobre todo, para su propio placer. Que es coleccionista, pero apenas para adornar su chimenea. Que lee, pero no demasiado. Que no es ni del todo feliz ni del todo desgraciado.

Así lo canta otro clásico chino, Li Mi-an, en su poema La canción de la Mitad y Mitad:


Es más prudente ebrio quien es ebrio a medias;
Y las flores a medio abrir están más bellas;
Como navegan mejor las barcas a media vela;
Y mejor trota el caballo a media rienda;
Quien tiene una mitad de más, suma ansiedad;
Pero quien de menos tiene, con más ansia posee su mitad;
Pues la vida está de dulce y de amargo compuesta;
Es más sabio y más habil quien sólo la mitad prueba.

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derecho
Traducción del ensayo de Noel J. Coulson, Colección Biblioteca del Islam Contemporáneo, Ediciones Bellaterra S. A. (1998)

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Bona nit, buenas noches.
La mujer siempre ha sido la guardiana de la vida.
Esto es lo que afirmo en mi libro El vientre cósmico; la mujer en la posmodernidad, que tuvo el privilegio de inaugurar la Colección Techo de Cristal de Editorial Sirpus.
Sin embargo, y durante los 5.000 años del patriarcado, los valores femeninos se han visto desprestigiados.
La solidaridad, el cuidado de la vida, la intuición, la empatía, la aceptación del otro, la compasión, han sido considerados términos de seres débiles y cobardes como lo eran, según esos criterios, las mujeres y los hombres “blandos”.
Todo lo que provenía del universo femenino, hasta la naturaleza y la importancia de la vida misma, había entrado en una niebla de invisibilidad y menosprecio.
Sin embargo, la energía femenina, que constituye la mitad del motor espiritual humano, ha estado siempre presente, tanto en las mujeres como, en estado de latencia, también en el lado femenino de los hombres.
Para que exista una verdadera democracia sobre la tierra, la voz de la mujer debe ser escuchada y sus valores jerarquizados.
Si no, se seguirá produciendo este desequilibrio ético que nos ha conducido ya al borde del abismo y que toma el rostro del neo-liberalismo salvaje que destroza la naturaleza y aumenta las diferencias entre ricos y pobres.
Para las mujeres, que son las principales víctimas de la pobreza, la emigración aparece como una posibilidad de mejorar su suerte, y también la de sus familias y sus comunidades.
En muchos casos, las mujeres inmigrantes vienen a cubrir demandas de servicio doméstico que ya casi estaban extinguidas en España, como lo es la modalidad de internamiento.
También se convierten en cuidadoras de personas ancianas, en un país cada vez más envejecido cuyas políticas gerontológicas estimulan el cuidado domiciliario.
Algunas se ven obligadas a vender sus cuerpos.
Poco se reconoce, en los ámbitos estatales, ese fenómeno de la energía femenina que se ha manifestado sobre todo en la inmigración latinoamericana y que consiste en que, en una abrumadora mayoría, sean las mujeres las que emigran primero y luego, gracias a fatigosos trabajos, no sólo envíen dinero para mantener a sus familias sino que, cuando tienen sus papeles en regla, también se las traigan a España.
A pesar de la dura realidad que suele depararles la inmigración, ésta también les ofrece ventajosas oportunidades.
Al trasladarse a un nuevo país, las mujeres inmigrantes se ponen en contacto con nuevas ideas y nuevas normas sociales que pueden contribuír a hacerles tomar conciencia de sus derechos, y así, posibilitar una participación más plena en la sociedad.
En una etapa posterior, seguramente estas mujeres exportarán dichas vivencias a sus países de origen, y de esta manera ejercerán una influencia positiva en las cuestiones de género.
La globalización económica le ha impuesto a la mujer de hoy una triple carga: la de ganarse el sustento con el salario más bajo posible, la del trabajo doméstico acumulado cuando regresa a su casa y la de la maternidad sacrificada, por la dificultad en conciliar familia y trabajo.
Las avanzadas sociedades nórdicas han encontrado una solución a este dilema apoyando con generosas prestaciones económicas a todas las madres, casadas o solteras, para que puedan criar bien a sus hijos y, al mismo tiempo, trabajar con tranquilidad.
No es casual que sean los países escandinavos, Suecia, Finlandia y Noruega, los que tienen las economías más prósperas, las expectativas de vida más longevas y las tasas de criminalidad más bajas de Europa.
Uno de los objetivos que se ha planteado la colección Techo de Cristal es el de facilitar al colectivo de mujeres inmigrantes el conocimiento y el alcance de aquellos recursos que puedan facilitarle la integración.
Otro, el de ayudar a la difícil conciliación de trabajo y maternidad, sin duda uno de los retos más importantes que enfrenta la mujer de nuestros días.
Pero sin duda el más importante y que resume a todos es el de ROMPER el techo de cristal que la mujer ha tenido sobre su cabeza durante los últimos 5.000 años, para que pueda alcanzar la total igualdad con el hombre y una plena autonomía que le permita, simplemente, ser ella misma.
Muchas gracias.

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Es para mí una enorme satisfacción el poder participar, junto a Ana Zendrera, Mª Rosa Solsona, Rayda Guzmán, Lidia Heller, Rita El Khayat y tantas otras colegas, en este valioso proyecto que es la colección Techo de Cristal. Lo hago con un ensayo largamente pensado y trabajado, El vientre cósmico; la mujer en la posmodernidad.
En estos tiempos de la posmodernidad están aconteciendo en todo el planeta hechos aparentemente inconexos entre sí, pero que seguramente han sido gestados por el mismo impulso cósmico: el desencadenamiento de una fuerza sutil pero poderosa, la de la energía femenina, que despierta de su letargo después de un sueño de 50 siglos.
En Estados Unidos, por primera vez una mujer, la demócrata Nancy Pelosi, preside la Cámara de Representantes. También en ese país, una mujer, Hillary Clinton, acaba de postularse como presidenta de la nación. En Alemania, los destinos de la nación están actualmente regidos por otra mujer, Angela Merckel. En Francia, la socialista Segolène Royal, también por primera vez en la historia, acaba de perder por escaso margen la presidencia de la República. En Chile, la primera presidenta mujer, Michele Bachelet, está intentando cambiar el curso de la historia sudamericana hablando de sensibilidad y de cuidado entre los seres humanos. España también ha estrenado una mujer como vicepresidenta, Mª Teresa Fernández de la Vega. En México el antiguo partido del PRI, bajo la llamativa consigna “renovarse o morir”, acaba de decidir algo insólito: el ser dirigido por una mujer, Beatriz Paredes.
Barcelona, hace pocos meses, ha sido, asimismo, escenario de un hecho poco común: se han bautizado con nombres de mujeres catalanas notables los interiores de varias islas del Ensanche: Laura Albéniz, pintora y dibujante modernista; Ermessenda de Carcassona, mujer del conde de Barcelona Ramon Borrell; Magdalena Giralt, esposa del General Moragues; Anaïs Napoleón, primera fotógrafa profesional de Cataluña; Enriqueta Sèculi, profesora del Institut de Cultura y de la Biblioteca Popular de la Dona y Mercé Vilaret, realizadora de televisión. El presidente del Consejo del Distrito del Ensanche, Jordi Portabella, dijo durante el plenario que aprobó la medida: “A lo largo de la historia los nombres de las mujeres han estado ocultos. Ahora nos toca contrarrestarlo”.
No sólo los nombres han estado ocultos. Durante los 5.000 años de glorificación de lo masculino y hasta el fin de la modernidad, también los valores femeninos se han visto desprestigiados.
La solidaridad, el cuidado de la vida, la intuición, la empatía, la aceptación del otro, la compasión, eran términos mujeriles, de seres tan débiles y pusilánimes como lo eran, según esos criterios, las mujeres y los hombres considerados “blandos”. Todo lo que provenía del universo femenino, hasta la naturaleza y la importancia de la vida misma, había entrado en una niebla de invisibilidad y menosprecio.
Sin embargo, la energía femenina, que constituye la mitad del motor espiritual humano, ha estado siempre presente, tanto en las mujeres como, en estado de latencia, también en el lado femenino de los hombres. Durante milenios ha permanecido allí, agazapada, adormilada pero viva en nuestra memoria genética. Negarla, reprimirla, subordinarla para siempre puede ser muy peligroso para la humanidad. Ese desequilibrio ético nos ha conducido ya al borde del abismo.
La modernidad, con sus valores patriarcales en los que hemos sido educados, se debilita cada día más. Entre otros avances científicos, la física moderna nos ha revelado algo que las mujeres han sabido desde siempre: que no estamos separados del cosmos ni que somos unidades completas en nosotros mismos, sino que todos los seres que componen el universo, piedras, plantas, animales y humanos, estamos hechos de los mismos elementos y estamos ligados de una manera delicada pero importante.
La mujer siempre ha sido la guardiana de la vida. Una vez más, y sobre todo en este momento crucial que vive la humanidad, debe ocupar el rol protagónico que le corresponde en la escena planetaria. Para que exista una verdadera democracia sobre la tierra, la voz de la mujer debe ser escuchada y sus valores jerarquizados. Y ella debe recobrar la seguridad en sí misma, la autonomía y la libertad que tuvo ya en los primeros momentos de la humanidad, durante los 30.000 años de la hegemonía de la Diosa. Para superar la baja autoestima y la dependencia emocional que la vuelven sumisa debe ‘recordar’ más que aprender, para así poder hablar con su propia voz y recuperar su verdadera identidad y su fuerza.
Los símbolos unidos del Yin y del Yang constituyen un bello recordatorio del perfecto balance que debe existir entre ambas energías, la femenina y la masculina, para que los dos sexos anden juntos por un camino positivo y creativo y para que el mundo se convierta en un lugar más justo, más humano, más amable, más próspero y más sostenible.
Muchas gracias.

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