
El pasado sábado 11 de octubre, y convocados por el presidente estadounidense George W. Bush, se reunieron en Washington los países del G-7 (Estados Unidos, Canadá, Francia, Italia, Gran Bretaña y Japón), más los de las llamadas “economías emergentes”.
Algunas de ellas, en orden alfabético, son: Argentina, Arabia Saudita, Australia, Brasil, China, India, México, Rusia, Suráfrica y Turquía.
Junto al G-7 conforman el llamado G-20, o Grupo de los Veinte.
La importancia de los mercados emergentes en el momento actual se debe a que, aunque también afectados por la crisis, sus economías están en mejores condiciones que las de los países más desarrollados.
Además, lideradas por el grupo BRIC (Brasil, Rusia, India y China), habrían acumulado alrededor de 9 billones de dólares en reservas internacionales, efectivo u otros activos.
Ahora, el mundo necesita esos fondos.
Al respecto dijo Alex Patelis, el economista jefe de Merryl Lynch: “Los mercados emergentes son ahora los acreedores del mundo. Han estado ahorrando billones de dólares en el último par de años para los tiempos de vacas flacas y, adivinen qué, esos tiempos llegaron”.
Por eso en la reunión del sábado los países “ricos” del G-7 tuvieron que tragar la amarga píldora de las críticas a instituciones como el FMI (Fondo Monetario Internacional), que durante años obligó a las economías emergentes a privatizarlo todo y a realizar feroces ajustes para acomodarse al modelo que ahora ha originado tan tremenda crisis.
Y ahora ven, con estupor, cómo las economías avanzadas estén estatizando los bancos…
El G-20 dijo que sí, que ayudaría. Pero dejó bien clara su intención de participar, a partir de ahora, en todas las decisiones de la economía mundial.
El actual Director del Banco Mundial, el estadounidense Robert Zoellick, historiador, estratega político y economista, dice: “No podemos dar marcha atrás al reloj de la globalización, pero sí podemos aprender las lecciones del pasado mientras construímos el futuro”.
Y propone una nueva red multilateral que no sólo controlaría los excesos financieros.
También gestionaría los recursos energéticos para evitar el cambio climático (mediante un pacto mundial entre los grandes productores y los consumidores de energía), reforestaría el planeta, desarrollaría nuevas tecnologías sostenibles y proporcionaría apoyo financiero a los países más pobres.
“El destino”, afirma Zoellick, “ nos ofrece una oportunidad envuelta en una necesidad: modernizar el multilateralismo y los mercados”.
¿Será el comienzo de una nueva era, más humana y solidaria?
Esperemos que sí.
Y que una de las prioridades del G-20 sea la de atender a las urgentes necesidades del tercer bloque económico, el de los países subdesarrollados, que mientras EE UU y Europa sólo hablan de crisis financiera se enfrenta a una terrible crisis alimentaria y al sempiterno fantasma del hambre.
. Hacia una nueva era
Octubre 15, 2008 por María Eugenia Eyras
